Transcurrió una semana entre los dos encuentros. El joven politólogo logró acercarse a ellos, intercambiar palabras, pretender elocuencia. Primero acompañó al Candidato el domingo de la gira por Iztapalapa. Comarca opositora, famosa por sus militares con traje de policía, esta delegación incluyó en las campañas el tema del agua potable. La ciudad más urbanizada del país regresó a los temas esenciales. Porque, acuaférico o no, en algunas partes de Iztapalapa el agua tiene la composición turbia de un sistema político cambiante: la transparencia se confunde con los residuos flotantes. El Candidato caminaba sin escolta, rodeado por la generosa muchedumbre de los asesores, los nuevos aliados y los candidatos locales. Hubo mítines de todos tamaños. Plazuela, plazoleta, plaza; mercado y casa comunitaria. Luego el himno. Las manos alzadas en señal de victoria. Ya en la camioneta, el silencio. ¿Qué se le dice al Candidato? ¿Se le pregunta por su idea de ciudad, por un problema concreto, por su concepto de la política? ¿O acaso el joven politólogo, como la maestra universitaria o el periodista que lo rodeaban, debe fingir un compromiso inexorable con los movimientos sociales, seducir al Candidato con frases condescendientes, continuar el ritual que envuelve al poder? 

Al Jefe lo encontró en una estación del Metro; una que todavía se está construyendo. La estación que unirá la inexplicable red ferroviaria del país con las viviendas en bloque del Estado de México. Política metropolitana pura. El Jefe hablaba sin falsas ataduras. Sabe que los días están contados, que los próximos meses serán lacerantes. Y sin embargo, como el Candidato, el Jefe tiene una respuesta para todas las preguntas. Todas sus reacciones son certeras; todas tratan de llenar el hueco entre lo deseable y lo factible. Son el destino final de las ecuaciones y los amarres, la negociación y los foros de consulta, de un visto bueno que siempre viene de arriba. 

Era en ese momento cuando el Candidato y el Jefe lucían bastante cercanos; incluso podría decirse que interesados. Respondían sin temor a todas las interrogantes. Tenían decenas de explicaciones convincentes. El politólogo tuvo la sensación de estar siendo escuchado. 

De regreso a casa, el joven científico social hizo propia la satisfacción de haber comprendido al Leviatán: organizaciones de base, liderazgos locales, drenaje profundo. A su lado, la gente caminaba con la cabeza sumida en los problemas del trabajo o la merienda. Ninguna parecía compartir su flamante estado de conciencia. Su preguntas eran otras. Algunas no tenían respuesta. Crudeza de la vida cotidiana: ni el Candidato ni el Jefe estaban ahí para explicarles.