El famoso discurso de Rousseau contra las ciencias termina con una súplica a Dios. Le implora que le restituya la ignorancia al mundo. No ruega por otros saberes sino por una cálida y fraternal inocencia. La luz tan celebrada apagaba la virtud. Todo conocimiento nacía de una vanidad, cada ciencia era hija de algún vicio. Aprendemos a sumar y restar por envidiosos, recordamos la historia para celebrar nuestros crímenes, inventamos palancas y poleas para satisfacer nuestro delirio de grandeza. Regrésanos nuestra ignorancia, pedía Rousseau, porque solamente ella nos hará preciosos y felices. Para el romántico, la ignorancia era el resguardo de la pureza y del bien.
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