Jaime Ramírez Garrido. Escritor. Es colaborador del diario La Crónica.

Christopher Domínguez Michael

Antología de la narrativa mexicana del siglo XX

FCE. México, 1996

Tomos I y II

Segunda edición

corregida y aumentada.

1410 y 1707 pp.

Hace un lustro Christopher Domínguez Michael aventuró una antología que se proponía comprender la creación narrativa del siglo XX mexicano. En sus palabras preliminares el antologador ensanchó al máximo la capacidad descriptiva de la narrativa para adoptar textos híbridos, bastardos del afán taxonómico de la literatura. Como ése, amplió todos los criterios. Advierte que el carácter “mexicano” de la antología responde a una tradición literaria más vasta, aunque acepta las fronteras políticas como una realidad definitiva de las narrativas. La calidad de antología del libro, en contraste con la tradición de las antologías poéticas en México, apuesta por la vastedad y no por el gusto. Para argumentar esta decisión el autor lamenta la ausencia de una cartografía crítica previa de nuestra literatura. Ausencia en la que se funda el carácter de la antología como muestra representativa que ejemplificara un ámbito de nuestra historia literaria y no una selección mínima -a la manera del canon de Harold Bloom- establecida por el gusto y/o por la interpretación histórica del cuerpo literario.

Al principio [escribió Domínguez] quisimos hacer una antología iconoclasta, que sonara por el escándalo de las exclusiones y helara por el supuesto rigor de un gusto. Fue imposible. La ausencia de un cuerpo constituido que enfrentar dio a la antología un patrístico o consagratorio que lamentamos.

Las disculpas y advertencias preliminares acerca de la selección no corresponden a la otra parte de la labor del antologador. La ubicación de los textos en el contexto, en el ámbito, en la historia de la narrativa mexicana que el crítico procura proponen el trazo de una cartografía crítica; los ensayos que preceden cada libro en que están agrupados los textos de cada grupo de autores establecen relaciones, correspondencias, influencias que sugieren una historia de la narrativa mexicana; también hay una valoración crítica de la obra de los autores, sin restringirse a la selección, en la que el antolo-gador-ensayista dialoga con otros críticos. Estos ensayos invitan a considerar una gama de lecturas posibles de la literatura mexicana.

El principal riesgo que asumió el antolo-gador no fue ni su definición de la narrativa ni los lindes nacionales, sino pretender abarcar el siglo que todavía vivimos. Un siglo literario cuyos límites y consideración todavía están por establecerse.

En la década de los veinte se debatía el carácter de nuestra literatura, en especial de la prosa. Nacía, hasta entonces, con la divulgación de Los de abajo y con El águila y la serpiente, una narrativa del siglo XX. Sin embargo, el antologador se ciñó a un criterio estrictamente cronológico, que implica un primer capítulo donde las prosas de Quevedo y Zubieta, Gamboa, López-Portillo y Rojas y Frías, entre otros, más representativas del siglo pasado, nos sirven como antecedente de lo que será la narrativa del siglo XX. Hacia el otro límite, aquello que será la narrativa del siglo XX está en proceso, lo mismo que la consideración crítica de las obras con las que contamos. Un canon narrativo mexicano del siglo XX comenzaría con Mariano Azuela y con Martín Luis Guzmán, se establecería en medio del camino cronológico: Arreola, Yáñez, Revueltas, Rulfo; quizá hasta el Fuentes de La región más transparente, quizá, incluso, hasta La muerte de Artemio Cruz. A partir de entonces, incluso cuando se considera la obra de Salvador Elizondo o hasta la de José Agustín, domina el disenso entre los lectores, la ambigüedad crítica, la duda comparativa, los riesgos de confundir nuestra avidez de novedad con la originalidad o nuestra costumbre con la calidad.

Al acercarse al presente [advirtió Domínguez Michael] una antología hace crecer geométricamente su margen de error. Pero como es imposible atenernos al juicio de una posteridad imprevisible escogimos la vastedad por encima del gusto.

El objetivo declarado era que el lector no se percatara de las anteojeras del antologador y gozara de “un libro manual y popular”, una suerte de catálogo con ejemplos de lo que los lectores pueden obtener fácilmente y gozar según sus gustos. Pero los designios editoriales atajaron la intención divulgadora de la Antología. Curioso destino padecen los libros de divulgación de Christopher Domínguez -esta antología y La literatura mexicana del siglo XX, donde aparece como coautor junto a José Luis Martínez-, que propuestos como libros de divulgación se publicaron en ediciones de lujo, notablemente costosas.

Entre la primera edición -fechada en 1988 y publicada en 1989 (tomo I) y 1991 (tomo II)- y la segunda mediaron una considerable cantidad de críticas y la publicación de ciertos libros que bautizaron o confirmaron la vocación narrativa de ciertos autores. El valor de esta nueva edición radica en el registro de ese hecho en la inclusión de un apéndice con “Diez narradores de los noventa”. Fabio Morábito, Ana García Bergua, Pablo Soler Frost, Julián Meza, Pedro Angel Palou, Sergio González Rodríguez, Mauricio Molina, Luis Humberto Crostwaite, Ernesto Alcocer y Enrique Serna. Estos autores, considerados como mero suplemento de la narrativa mexicana del siglo XX, mostrarían en sus obras los restos de la literatura de nuestro siglo o los atisbos de la literatura del porvenir. En el ensayo introductorio -que peca, respondiendo a la propuesta de considerar en perspectiva la narrativa de nuestro siglo, de atender sólo descriptivamente a unos autores y sólo críticamente a otros- Domínguez Michael apuesta, efectivamente, porque la decena propuesta alcance el próximo milenio. También los retrata -“como Jano”, describía Jaime Torres Bodet la literatura mexicana en 1929- mirando en direcciones opuestas. Morábito, García Bergua, Soler Frost, Meza, Palou y González Rodríguez serían heterodoxos, el resto, tradicionales. Clasificación apresurada y, a diferencia de los ensayos anteriores, escasa de argumentos.

El presente, además, vuelve a hacer de las suyas, a rebelarse ante los límites que precisa el antologador; se han publicado nuevos libros que, además de las obras en proceso, requieren de la consideración del antologador de un siglo que, al menos en su narrativa, no se agotará, como el siglo pasado, en su final cronológico.