La ciudad sin muros

La desaparición de los jardines públicos y el cambio de sus usos han convertido a estos espacios en oásis de nostalgia en el desierto de la ciudad.

En los parques de la Ciudad de México aún es posible hallar declinantes carritos de paletas y helados a la espera de niños fantasma de otra era vestidos de marinero y con aro, luego ula-ula, luego hastío y ahora ausencia, pues son los papás los que prohiben las paletas de limón de agua puerca, y los que, en un gesto de latosa iniciativa, organizan fiestas infantiles, reacios a admitir que sus hijos prefieren mil veces los videojuegos a las rudimentarias, casi agrícolas, rondas de antaño al aire libre. Cada sábado y domingo se pueden ver, digamos en el parque de Churubusco, aledaño al ex convento, letreros fosforescentes colocados en los árboles a modo de guía que dicen, por ejemplo, “Fiesta de Paquito”, pero después de Lowry, resulta inevitable leer en el fondo una advertencia misantrópica en pos de la conservación del esperanzador coto vegetal: “¡Evite que sus hijos lo destruyan!”, como si nosotros engendráramos a nuestros propios enemigos_ En la fiesta no se divierten ni Paquito ni sus amiguitos ni la mamá de Paquito, quien pastorea a los niños mientras sorprende a su marido relamiendo con la mirada las piernas de Queta, la fiel amiga de la infancia que siempre prefirió ejecutar el salto del tigre a jugar a los encantados y la única que no ha engordado. Descruzando las piernas para zafarse los zapatos y volviendo a cruzarlas descalza como ninfa, le espeta Queta a su amiga al advertir la hostilidad con que ésta la trata:

-Le decía a tu marido que deberías venirte en las mañanas aquí al parque a correr conmigo. Vieras cómo te cambia el ánimo.

Algunas mañanas el parque de Chu-rubusco se halla convertido en set de filmación televisiva al aire libre: ciertos prados se llenan de muchachas aeróbicas capaces de contabilizar las gotas de sudor pagadas en cada rutina -¿quién lava sus prendas untuosas?, ¿se quita el fermento femenino de las fibras elásticamente impúdicas?- A unos metros del eventual gimnasio lésbico, un grupo de ancianas ensaya lentas coreografías asiáticas, justo en el modesto foro desde el que es posible apreciar un monumento al mestizaje: una pareja de europeos con india precedida por su crío, y, custodiando a la familia, figuran un león y un águila a los costados. Resulta fácil identificar en este recóndito bronce a Hernán Cortés y a la Malinche asumiendo apaciblemente su unión, sólo que ningún señalamiento confirma este aserto. De modo que quizás el único reconocimiento cívico a Hernán Cortés no tachado o escondido de la Ciudad de México sea el mosaico de azulejos que, limitando la hilera de retratos de otros notables de los siglos coloniales, se halla en lo alto de la fachada que da a Bucareli del edificio Gaona.

Cerca de una de las entradas secundarias de este jardín público sito en el límite oriental de Coyoacán, se encuentran los bustos en bronce de Lázaro Cárdenas y del camarada Dimitrov. Se miran uno al otro, como anhelando el hoy arrumbado latido de la urssofilia.

En el parque de Churubusco, ni tan grande que admita venados ni tan vasto que se hunda, es posible escuchar en la tarde el rumor de agua antigua del río entubado de junto. Herrumbrosos tubos apenas erectos entre los prados parecen estar a punto de eyacular su agua metálica. En todo caso “El agua cae en otra fuente”, como advirtió un oráculo veracruzano, ya que las del parque de Churubusco son fuentes de ornato íntimo, tímidos vestigios resecos de lo que acaso fueron los jardines privados de una quinta. La cueva de los jardineros municipales está en medio del coto, como un manchón de hollín en medio del verde procurado. Hay también, en el parque de Churubusco, una pista de patinaje, un estacionamiento de camiones de basura, un kiosko de malas tortas y una virgen.