Gore Vidal ha terminado otra novela, The Smithsonian Institution.

En 1964 vi los resultados de las elecciones en un salón de baile del Hotel Savoy de Londres. Pamela Berry, esposa del propietario del Daily Telegraph, había rentado la sala. Como era de esperar, teniendo en cuenta los puntos de vista políticos de nuestra anfitriona, los invitados eran en su mayoría conservadores, aunque este extraño visitante transatlántico podía tener la vista fija en la enorme pantalla que, históricamente, las primeras elecciones inglesas “televisivas” llenaban de rostros y cifras. Siempre que los laboristas ganaban un escaño había abucheos y silbidos. Cuando ganaba un conservador, aplausos. Llegó el momento de la tremenda verdad: habían ganado los laboristas y el próximo Primer Ministro iba a ser Harold Wilson. Vidas y sagrados privilegios, por no mencionar fortunas, corrían el riesgo de quedar sepultados en las tinieblas universales.

Gladwyn Jebb, antiguo embajador en las Naciones Unidas, me dijo: “Política parroquial. Vamos a ver las verdaderas noticias”. Jebb me llevó al cuarto de junto donde en una pequeña pantalla se contemplaba con perverso regocijo la caída de Krushev y me dijo: “Esto es lo que en realidad sucede”.

Un tercio de siglo después yo estaba de nuevo en Londres cuando acababan de empezar las elecciones. Me había contratado la cadena BBC de televisión para hablar sobre ellas. La mayoría de los conservadores del Savoy -o sus hijos y nietos- votaban por algo llamado Nuevo Laborismo, encabezado por Tony Blair, mientras que al frente de los conservadores estaba John Major, un Primer Ministro que le sacaba todo el jugo que podía al hecho de ser un hombre cualquiera de clase media baja en oposición a un elegante elitista que había ido a una escuela privada. La asombrosa diferencia entre 1964 y 1997 era que el mismo Partido Laborista que había representado alguna vez a las clases trabajadoras y a los pobres (los “desfavorecidos” de hoy), ahora es el hogar tanto de prósperos habitantes de los barrios de las afueras como de escoceses y galeses descontentos. Al final, los conservadores no ganaron ni un solo escaño en Escocia ni en Gales, cosa que no había sucedido en un siglo.

El único y verdadero tema era si los ingleses, en caso de que satisfacieran las normas requeridas, debían unirse al proyecto de una moneda europea común. Pero ningún político estaba dispuesto a arriesgarse al respecto. Otro gran tema que la prensa local estaba removiendo era si las elecciones inglesas se estaban norteamericanizando, presidencializando o vaciando de contenido pertinente. La respuesta es, más o menos, que sí. Los tabloides han creado una pavorosa atmósfera clintoniana. “Mezquino” es la palabra principal que uno ve en todos los titulares. Desde que Rupert Murdoch, un devoto del gobierno honesto, ha abandonado a los conservadores para incorporarse al Nuevo Laborismo -y como a este australiano convertido en norteamericano se le permite ser propietario del diario más popular de Inglaterra, The Sun, así como de la publicación de fin de semana News of the World-, se vilipendia con violencia a los políticos conservadores tildándolos de degenerados sexuales y transas.

Con un equipo de la BBC hice las rondas de los tres partidos. Cada cual presentó su programa a la nación. El demócrata liberal Paddy Ashdown recibió a la prensa en un pequeño cuarto eclesiástico atiborrado de gente. “Para que dé la sensación de una gran multitud”, me susurró un periodista al oído. Se distribuyeron folletos. Ashdown es rubio, de aspecto atlético; también de ingenio rápido para lo que es habitual en los norteamericanos, pero cualquier alumno de una escuela privada en Inglaterra habla más articuladamente que cualquier político norteamericano salvo por el Gran Oval.

Ashdown jugó la carta de la sinceridad, algo bastante novedoso. Quiere mejor educación para todos. Admite que esto costará dinero. Los otros dos partidos juran que nunca subirán los impuestos, lo cual, por supuesto, sí harán…

Voy al Royal Albert Hall. Major señala las contradicciones y evasiones de Tony Blair. Sospecho que unas cuantas cabezas ancianas en el público estaban en el Savoy aquella noche hace tantos años cuando Harold Wilson ganó y el socialismo los iba a igualar a todos. (Ya en Downing Street, Wilson dijo rápidamente que, en realidad, nunca había leído a Marx.) Cuando el salón se llenó con la magnificencia de la música de Elgar, recité para la cámara: “Tierra de esperanza y renombre, de Drake y Nelson, de Clive y Crippen”.

El fascinante puntapié inicial lo dio Blair. Estábamos en un edificio de principos del siglo XIX con un domo, dedicado a los ingenieros. La prensa se arremolinaba en la rotonda del piso de abajo donde había de pie un hombre alto y de tez oscura, Peter Mandelson, supuestamente el Rasputín de Blair, que daba audiencia solemne a los periodistas del vestíbulo. Susurraba palabras a uno, tendía la mano por encima de la boca. Evitaba las cámaras de televisión, incluidas las nuestras. Tiene los modales insolentes de alguien que ha nacido en el peldaño de arriba pero de tres. El estado de ánimo de los laboristas era paranoico, sobre todo el de las elegantes muchachas rubias con trajes negros, de labios ondulados y ojos chispeantes. Blair llevaba la delantera en las urnas por tanta diferencia que sólo un error craso de su parte podía impedir su irresistible ascenso. Así que no se podía cometer ninguno. Aunque la BBC y yo habíamos sido autorizados por la oficina de prensa del partido, de repente yo tenía el aspecto de un posible error craso.

Tomamos nuestros asientos. Entra Blair seguido de lo que será gran parte de su gabinete. Se le ha dicho que no sonría. La sonrisa ha sido criticada por la prensa. Demasiado socarrona. Demasiado juvenil. Tiene 43 años, la edad de J. F. K. en 1960. Es esbelto, con una nariz corva tipo mini-Bonaparte. El pelo oscuro no acaba de convencer. Alza con la mano el manifiesto del partido con su propio rostro sonriente en la portada. Estoy lo bastante cerca de él como para darme cuenta de que respira casi sólo por la boca. Los labios apretados y juntos hacen que sus fosas nasales se ensanchen cuando trata de aspirar suficiente aire. El discurso, su programa, se nos dice que lo escribió -como si procediera de la mano de San Juan de Patmos- en su propio jardín y con su propia caligrafía. Al final resulta que no tiene programa. Pero las cosas irán mejor, nos dice. Más tarde, a cada pregunta contesta simplemente, “Confíen en mí”. Se va.

La prensa, al ver que soy todo lo que queda en la sala, me rodea. Las rubias tratan de echar afuera a los periodistas.

Pregunta: “¿Nos estamos norteamericanizando más?” Respuesta: “Bueno, ustedes se parecen a nosotros en que ahora tienen un solo partido con dos alas de derecha”.

Pregunta: “¿Qué ala está más a la derecha?” Respuesta (en mi voz más grave y más reverente): “Uno no lleva una vara de medir a Lilliput”.

Después nos echaron a todos. El Partido Laborista se quejó a la BBC de que me había apropiado en exclusiva de lo que era suyo para “zaherir a Blair”.

En las seis semanas siguientes, Blair no comete errores. Ahora tiene una inmensa mayoría en la Cámara de los Comunes. Aunque no tiene ningún plan, estoy seguro de que cualquier cosa que Mr. Murdoch quiera que haga, Blair la hará. Hablé con un miembro escocés del Parlamento que conoce bien a Blair. “Es otro Thatcher. Autoritario. Un estrafalario con las manos en los mandos”. Acudo a mi magnífico y antiguo amigo Michael Foot, expresidente del Partido Laborista. “Blair es excelente, realmente excelente”. Pregunto, “¿Con todo lo que pasó con el socialismo?”. Ante lo cual, la señora Foot pareció desconsolada. “Sí”, preguntó a su marido. “¿Qué pasó?”. El sonríe. “¿Socialismo? ¡Ah, socialismo! ¡Sí, sí!… Bueno, hay tiempo…”. Sigo. “Hasta en los Estados Unidos”, dije, “los jóvenes están leyendo a Gramsci”. Foot estaba encantado. “Bueno, bueno. Mientras usted y yo leemos a Montaigne”.

Pregunta que nunca he conseguido que me conteste nadie: usted es una isla costa afuera. ¿Pero de qué costa? ¿La de Europa o la nuestra?