José Donoso (1924-1996). Escritor chileno. Es autor, entre otros libros, de El lugar sin límites, Coronación y Este domingo.

Presentamos a nuestros lectores el primer capítulo de la novela póstuma de José Donoso (que muy pronto aparecerá bajo el sello de Alfaguara), una historia alucinante sobre las relaciones entre el poder y la degradación. El escenario es la zona minera de Chile y el telón de fondo son los años de la dictadura militar. ¿Qué queda? La amarga sensación de que aun la identidad puede considerarse desaparecida.

Fue metiendo la ropa vieja de su padre en una caja que encontró en el basural: pantalones rajados, calcetines huachos, una camiseta tiznada, un gorro de lana, junto a sus documentos de identidad y la foto donde abrazaba a la Elba en la plaza de Lebu, tomada poco antes de que él naciera. Se veía rellenita con él adentro, calientita, no vacía. Blanqueó la caja: ¿para qué pintarla negra si era su recuerdo no más lo que iban a enterrar? Y con azarcón escribió en la tapa y en el rótulo, con una cruz, Antonio Alvayay Medina, que era el nombre de su padre.

Que le dijeran al chiquillo que ya estaba bueno, renegaba don Iván alzándose sobre su codo en la cama. Toño me irrita, lloriquea tanto, anda escarbando por todos los rincones a ver si encuentra más cosas que meter en su maldita caja. Todo esto era un ardid, un juego de la Elba. Ella se lo metió en la cabeza, contándole que bastan el nombre del finado, su retrato y un poco de ropa que haya estado cerca de su cuerpo y conserve sus olores, para sepultar a alguien. Lo decían los pescadores de antes cuando alguien naufragaba en alta mar y no se podía rescatar su cuerpo. Antonio no era pescador, alegaba don Iván, las flemas de su tos rabiosa desdibujando sus palabras y tumbándolo en el jergón.

El niño piensa, mientras busca más cosas que echar en su caja insaciable, que quedar sepultado en el fondo del Pique Grande con los otros cinco barreteros muertos no es lo mismo que quedar sepultado con su nombre y una crucecita de madera en un lugar definido. No busques más, Toño. Pero buscas y buscas porque tienes terror de que tu pensamiento no alcance a tocar a tu padre, a mi marido, en las tinieblas de la mina. Igual a los hijos de los pescadores que no podían encontrar el cuerpo del padre desaparecido en el mar, tan hondo y tan incierto y de noche tan oscuro como la mina. Después de que el estallido destruyó quién sabe cuántos kilómetros de galerías, me di cuenta de que los rumbos de la mina habían confundido el pensamiento de Toño. Giraba y giraba, y mareado no sabía qué dirección tomar. Entonces recordé esta pequeña ceremonia de mi niñez para que Toñito no siga tan perdido. A mí me irrita igual que al abuelo su insistencia quejumbrosa en que tiene pena porque no habrá sepultura para su padre, como si eso fuera lo esencial, lo único importante. Se me ocurrió que darle esta otra sepultura, la de juguete, la de mentira, le servirá por lo menos para pensar a su padre en un sitio fijo -así le dije para consolarlo- y para sentirse igual que la gente normal. Antonio siempre insistía: nos salió llorón y fantasioso este chiquillo, qué le vamos a hacer, no servirá para trabajar en nada cuando sea grande, ni en la pesca, ni en la mina, ni para tumbar árboles y definir la línea del tren. Pero cuando alguien suba las lomas de Chivilingo que miran hacia la bahía de Arauco por encima del pinar, verá las tumbas polvorientas con sus cercos de palitos blancos o malva en los cerros pelados, y cuando lea el letrero que pintó Toño y vuelva a bajar al pueblo, podrá decirle cuando se encuentre con él:

-Oye, vi la tumba donde pusieron a tu papá, Toñito…

¿Se quedará tranquilo con eso?

Fue idea mía sepultarlo en ese cementerio, aunque era minero. Le dije al niño: tu papá no se va a quedar solo en ese lugar de pescadores, pues el recuerdo de tu otro abuelo (mi padre pescador y creyente que hablaba de milagros y de San Pedro, no como este abuelo malo que no sabe más que predicar huelgas y rebeldías) está allá en Chivilingo, porque no se encontró su cuerpo. A veces jugaba a la brisca con tu papá sobre un cajón volcado encima de las conchas delante de la puerta de la casa en la caleta. Pero fue Toño el que dijo, como si fuera comunista: ¿por qué no va a ser una buena manera de sepultar también a los desaparecidos en otras desgracias, como los que perdieron la vida debajo de toneladas de escoria en el derrumbe de una mina?

El abuelo agarró su idea y la proyectó:

-¿Sólo tu padre? ¿Sólo los barreteros? ¿Por qué no enterrar así también a todos los desaparecidos, a los que se llevaron los generales para matarlos sin dejar huellas y tirarlos al mar o en fosas que nadie sabe dónde están?

Envuelto en su manta junto a la romana donde pesamos el carbón que traen los chinchorreros, el abuelo quedó apagado como un cadáver, pero al que le hubieran dejado los ojos encendidos. Dormitó un cuarto de hora antes de despertar vociferando que le alcanzaran la libreta de anotar el carboncillo, no se lo fueran a robar; que le sirvieran un plato de caldillo de jurel bien caliente porque tenía los huesos azules de frío, a pesar de la fiebre, aquí en su choza del Chambeque, demasiado cerca del mar y de los árboles del Pabellón. Al sentarlo en la cama para ponerle el plato delante mientras su boca harapienta, de barba y dientes amarillentos, sorbía la sopa, su mano alucinada acarició mis nalgas. Y yo dejé que su mano de muerto se consolara un instante en mi vida. Pero fue un instante. Después me aparté con el mismo gesto de fastidio de siempre.

No pude hacer callar al abuelo cuando me devolvieron al niño del Hogar. ¡Cállate, chiquillo de mierda! ¡No chilles más! Nos habíamos librado de tus mañas consiguiéndote plaza en el Hogar, en la ciudad, lejos de aquí, y ahora vienes a llorar por la tontería de que Antonio no va a tener un funeral como Dios manda. ¡Lloriqueando por lo del sepelio! ¡Como si eso fuera lo más importante que tuviéramos que afrontar!

El niño ve a su abuelo solo, febril, débil, perdido en sus propios sueños, y le contesta: si no hay cuerpo, no puede haber funeral. ¡Que lo entierren junto a mi otro abuelo, para que su alma no se quede rondándonos, confundida con las almas de los vivos! Y cuando oyó lo de todos los desaparecidos, ni Toño ni yo respiramos, porque fue igual que si el abuelo se hubiera quedado pensando con tal potencia que nosotros, fuera de su cabeza, oíamos crepitar la hoguera de adentro.

Afuera de la puerta entornada de la choza, la Elba revuelve el caldo de jurel sobre unas brasas en la arena, cerca del tumulto de las olas al final del día. Escucha los retazos del sombrío delirio del viejo: avanza el desfile con las cajas… ¿Cuántos desaparecidos en el pueblo? ¿Cincuenta, sesenta… cien…? Y cien madres y cien hijos y cien amigos marchando para protestar frente a la puerta de la Empresa… el ataúd de Antonio a la cabeza…

Lleva la escopeta de cazar, Elba, me mandó el abuelo, aunque esté mohosa. Y mandó a Toño a que corriera hasta el pueblo para llamar a esos chiquillones. ¿Cómo se llaman? Tú los conoces, el padre era clandestino en mi sindicato. Que lleven palas y chuzos, diles que yo les mando que vayan a los cerros de Chivilingo a hacer hoyos para las tumbas. Y mientras el puelche soplaba y hacía lamentarse a los pinos de la Empresa, los chiquillones cumplieron las órdenes del abuelo. El convocaba entretanto a sus incondicionales, los pocos que lo recordaban de tiempos mejores, para exponer sus planes, surgidos de las lamentaciones de su nuera y de su nieto.

-Raro les salió el chiquillo -comentaron luego los mineros al dispersarse-. Claro que el viejo siempre ha sido harto raro él también…

2

El abuelo está demasiado enfermo para darse cuenta de que mi madre y yo salimos de la choza llevando la caja. Lo veo agotado, como si en estos días lo hubiera dicho todo, gritándonos, amenazándonos, todos nos vamos a morir, ustedes también. Una muerte como la de Antonio en el derrumbe del Pique Grande es un destino que no descarta ningún minero, así es que no se vayan con el cajón de Antonio a Chivilingo; esperen a que se organice el desfile, con Antonio a la cabeza para que su muerte no haya sido en vano.

No le hicimos caso. No está nunca completamente despierto, ni sano. Casi no se puede mover de su cama porque tiene los pulmones podridos por sesenta años de trabajo y tabaquismo, arropado como un muerto en su manta pesada de humedad y áspera de arena. Ya no le quedan fuerzas para organizar nada, aunque en el pueblo se está hablando de una romería hereje. Pero la mayor parte de la gente no se acuerda de sus actuaciones, o jamás ha oído hablar de él: los comunistas de ahora son distintos a los de antes. Ya no gritan. Ya no hablan golpeado.

No quiero esperar, abuelo; quiero que en el Juicio Final, en el que usted no cree, mi papá aparezca conmigo de la mano para desmentir los rumores de que él me mandó al Hogar porque nadie en la casa me soporta. No, abuelo, no vamos a esperar ningún desfile: que sea mío no más este funeral, un juego en que mi mamá consintió como en otro de mis caprichos. No quiero que sea más que un juego.

* * *

Esperan un crepúsculo cerrado por nubes para que los proteja desde antes del anochecer, y así la gente del pueblo no identifique sus sombras. Dan una vuelta por la periferia del pueblo, abigarrado pese al cielo sucio y al tizne del carboncillo ya secular, y descienden otra vez, más allá de la casa de la Bambina, pasado la caleta donde la Elba nació, para tomar la línea recta del tren que se dirige hacia el sur por el borde de la playa. La Elba prefiere esta ruta más larga porque ya no le quedan fuerzas para enfrentar la hostilidad de las mujeres si cruza el pueblo… aunque la tarea cotidiana de sobrevivir las haya aplacado, y el odio con que la atacaron irreflexivamente en el primer momento -¡como si yo no hubiera perdido a nadie!, piensa la Elba- se esté transformando en un perdón borroso, también irracional.

No se mueve el aire. Un barco traza el horizonte del mar, a esta hora tan clemente. La Elba espera a llegar al roquerío de la playa de Chivilingo para empezar el ascenso a través del pinar. Me duele todo el cuerpo donde me pegaron, Toñito; mira, tengo los brazos negros de moretones debajo del chal. Al principio creí que las mujeres me buscaban para compartir mi pena: mis amigas, mis vecinas de toda la vida. Pero cuando me descubrieron encogida en la sombra, vieron mi culpa escrita tan nítida en mi cara que eso les dio derecho a azotarme, a tirarme piedras, primero una, después otras, después todas, y a castigarme con sus puños. Me arrancaron de la oscuridad arrastrándome de la ropa, del pelo; pude desprenderme y huir por la rampa que se cimbra. Ellas venían corriendo detrás de mí, con sus chales volando: criminal, tú los mataste, tú los mataste a todos, puta de mierda… Eso me decían, aunque todas saben que jamás fui más que de Antonio. Persiguiéndome enloquecidas, hambrientas, listas para descuartizarme. Huyo por las escalerillas de fierro, gateo hasta las bateas de lavar carbón, perdida en las pasarelas y los pasadizos y la maquinaria ensordecedora que no se detiene ni de día ni de noche, chimeneas negras, fierros, codos enhollinados, montañas del mineral negro que demasiado bien conozco, y la pesadilla de las cintas sin fin que lo transportan y lo vuelcan: voy a caer con el carbón volcado que me engullirá. ¡Que la Elba pague todas estas muertes! ¡Ella rompió la principal ley de la mina y bajó adonde ninguna mujer puede bajar sin producir un desastre! Me persiguen aullando por pasadizos menos tenebrosos que otros pasadizos que conozco, el trarilonco de plata de una mapuche patipelada tintineando, matarme porque yo maté, aunque no haya matado a nadie, ni quise matar, no puedo, no pude…

3

La Elba le dice a Toño que no sabe por qué está tan cansada esta tarde. Descansan un momento en la roca mirando el mar, antes de emprender la ascensión. Sentada, se arreboza con su chal. De un tirón se arranca el pañuelo que le contiene el pelo, volcando el mineral de su melena encabritada, más vigorosa que ella misma, nidal de víboras que le absorben toda su vitalidad con su enigmático crecimiento de matorral, de zarza. Es un profundo continente de mina cuyo brío la agota, cuya monotonía la debilita, la larga cabellera caliente que le hacía sudar el cuello cuando desplegaba para Antonio esa bandera negra del amor: allí incursionaban sus dedos, su aliento terrible, en la casa donde ahora ya no viven porque en los días que siguieron al derrumbe las vecinas garabatearon insultos en su puerta, rompieron vidrios, arrancaron tablones de los tabiques, desterrando a ese despojo de familia, condenándolos a vivir en una choza disimulada en la ingle que separa el cerro de escoria de la península donde don Arístides vive rodeado de la presumida vegetación del parque.

-¿Por qué se suelta el pelo, mamá?

-Para que se me termine de secar.

Es indecente que mi mamá se suelte el pelo, que se exhiba así. Rara vez suelta impúdicamente su intimidad, aunque hoy nadie más que yo la admira. Sólo nosotros, los de la casa, conocemos su alboroto. Y don Arístides, claro. Cuando ella se lava y se seca el pelo en la playa, él la espía con su catalejo desde el promontorio del parque. Ayer mi mamá me mandó a subir al pueblo a traerle agua dulce para lavarse el pelo y estar lista para esta ocasión funeraria. Busqué un surtidor en una esquina embarrancada para llenar los baldes sin que nadie me molestara, y después corrí cerro abajo. Se enjabonó el pelo en un balde y en el otro se lo enjuagó. Después, desenredó ese volumen embebido, que goteaba sobre sus hombros. La vi de espaldas, sentada en la arena frente al mar, mirando el sol que caía, esperando a que pasara un barco de vez en cuando, hasta que el viento de Marigueñu le secara el pelo mientras ella pelaba papas para el caldillo de la noche. Fue como si un extraño se lo acariciara: ella respondió a esa caricia con un sacudón de su cabeza, como una yegua que va a relinchar. Entre los magnolios y los aromos del parque, al lado de allá de la hondonada, vi encenderse el sol. Mi madre canturreaba muy bajito para él, porque estamos de luto. Alzó sus brazos de nuevo para sacudirse el pelo, ofreciéndole los nidos de vello debajo de sus brazos: como con chasquidos de fósforos, pasa una y otra vez la peineta por su pelo que se enrosca y desenrosca con brillosa vida propia, como un canasto de pescados negros. En el parque seguía prendido el reflejo del sol en la lente del catalejo. Era don Arístides, el Mocho; yo lo sabía.

-¿Quién será? -pregunté.

-No sé, hijo.

Ella sabe que don Arístides está enojado conmigo porque no he ido a saludarlo desde que salí del Hogar: lo sabe, lo siente todo.

-No me gusta el Hogar, mamá.

-¿Cómo decías que te gustaba?

-Es que si decía que no, se iban a enojar conmigo y me castigarían.

-¿Qué quieres hacer, entonces?

-Volverme para acá.

La Elba dejó pasar un poco de silencio.

-Espera… -murmuró después.

-¿Hasta cuándo…? -pregunté.

Sé que debo esperar hasta que el abuelo muera. No debe faltar mucho. El Mocho me explicó que me tengo que quedar allá en el Hogar para aprender a ser caballero. Pero no quiero ser caballero. Tampoco minero, ni pescador. Lo que quiero es vivir en el Pabellón del parque oyéndolo a usted, don Arístides, y que me cuente cosas.

Usted desprecia al viejo comunista de mi abuelo. Sin respeto por la gente decente que te da de comer, le dice, tienes las rodillas deformadas por la artritis, pero te deben pagar una buena pensión por tu famosa artritis que seguro no es más que una mentira, viejo sinvergüenza. Crees que todavía mandas aquí porque mandabas antes, cuando fuiste dirigente, pero eso era cuando las culebras andaban paradas, y ya nadie se acuerda de ti porque eres del tiempo de los politiqueros, que igual que tú no eran más que basura. No le hagas caso a tu abuelo, Toño, continúa don Arístides, aunque diga que soy un vendido. Está condenado. Oyelo toser. Mira cómo escupe sangre. No te importe que insulte a tu mamá, que es más gente, más señora de lo que fue su marido, más gente que él. Sus insultos no valen nada: ya ves, los gritos de unas pobres mujeres ignorantes lo hicieron huir de su casa en el bloque Mackay para refugiarse en su choza del Chambeque.

***

El niño se acurruca en el cuerpo de la Elba porque tiene frío. Anoche el abuelo, que no podía dormir porque los moribundos le tienen miedo al sueño, hizo que Toño se pasara a su camastro para que lo calentara, y le dijo que en el cementerio de Chivilingo no se congregan las ánimas, como la gente cree, porque las ánimas no existen. Acuden a ese lugar, eso sí, los prófugos que se ocultan en el monte para que no los tomen presos los militares, ni los torturen como a sus compañeros; o pobres clandestinos que acuden a una cita con sus mujeres solitarias para aliviar el corazón demasiado tiempo seco, o para enviar mensajes a los compañeros, de modo que sepan que no quedaron solos. Hay que transformar ese tranquilo santuario del recuerdo en un sitio de protesta ruidosa si queremos que las cosas cambien como dicen que van a cambiar, sueña el abuelo en su angustiosa noche de enfermo: hay que hacerle las cosas difíciles a la Empresa con la romería de los ataúdes falsos… ya deben estar avisados todos en el pueblo; hay que avisarles a los que se esconden en los bosques, entre los quillayes y los boldos, y a los que viven protegidos en las rucas de algunos indios amigos.

Toño despierta con el puelche que ruge en las cumbres de Marigueñu antes de lanzarse, mugiendo, al mar. ¿No oyes, le pregunta el abuelo, cómo están llamando para que les lleven plata o comida? ¿O noticias de sus compañeros de fila, más anheladas que la comida? ¿Cómo no vas a oír la voz del cacique de Trincao, el que venía a saludarme a veces, clamando por su primogénito, barretero como tu padre? Una noche fueron a buscarlo en un furgón y no apareció nunca más, pese a los abogados que contrató el cacique, que dicen que ahora se ha hecho rico… ¿Será por eso que ya no viene a verme? Ellos son los que nos llaman; todo el pueblo está dispuesto a ir a la romería. Con la caja de tu padre a la cabeza, se transformará en una manifestación política, como debe ser.

***

La Elba, sentada en la roca, le advierte a Toño:

-Mejor que no le cuentes a don Arístides lo de la manifestación.

-¿Por qué?

-Porque don Arístides es empleado de la Empresa y cuenta todo lo que oye por ahí.

-Pero usted lo quiere.

-¿Quién dijo que lo quiero?

-Yo… en el pueblo lo dicen todos…

-¡Qué tontería! Hace más de diez años que no hablo con él, y cuando uno quiere, habla.

-Pero él la mira desde el parque.

-No es lo mismo.

4

Ven dibujarse sobre las ramas del parque, allá lejos, hacia el norte, el minarete que agracia el Pabellón. Más acá, el larguísimo ciempiés del muelle se estira sobre el océano. A esta hora queda oculta hacia el norte, entre la península del parque y la colina de escoria excretada por un siglo de explotación de la mina, la hondonada donde están viviendo: la colina de tosca se desplaza lenta y tibia, como el cuerpo de un dragón resbaloso cuyos vapores enredan los fierros de las maestranzas y esa gigantesca polea que permite bajar el ascensor con cien hombres hasta el fondo de la mina, en un entrevero de fierros negros y cintas y escaleras y enormes ruedas, como la silueta de un Luna Park de pesadilla.

Mira, hijo, le dice la Elba a Toño, señalando el horizonte: va a comenzar a oscurecer. Y calla. El pueblo sobre los cerros comienza a iluminarse. Las luces trazan las calles, se encienden las ventanas miserables, el farol anaranjado de un bar invita a entrar a los que tienen plata o crédito. No vuelvo al pueblo porque allá se magnifica mi poder de destrucción, piensa la Elba. No soy poderosa: todos saben que es una superstición de los mineros que la mina sea una hembra celosa de cualquier mujer que baje a sus profundidades. Mina-hoyo, mina-hembra, mina-sexo, mina-útero, mina-diosa, mina-puta, mina-madre: mantiene doblegados a los obreros, que la temen y la odian y no pueden alejarse de ella ni de este pueblo que los alimenta miserablemente. Están anexados al sexo negro, y al cavar van dejando allí sus vidas esos hombres desnudos, tiznados, sudados en las galerías que se extienden diez kilómetros bajo el mar, arrodillados junto al rompimiento de carbón que con dinamita arrancan del interior del organismo donde quedan sepultados.

La Elba sabe que tendría que estar loca para postularse como rival de este continente subterráneo y prohibido. Toño le tiene miedo. Una vez, sin que usted, mamá, lo supiera, mi papá me llevó a mostrarme la mina: mira, Toño, la mina es tu destino; en ella vas a desarrollar tu vida. Y al final de muchas galerías los vi, obscenos, agotados, desnudos, abrazando el mineral más reluciente que sus músculos, acezando, robándole un poco de oxígeno al aire avaro. ¡No quiero ser como ellos! Y con mi padre y cien hombres sumidos en el silencio de la derrota volví de regreso a la superficie, en la jaula. Todos quedan marcados por el trabajo, mamá. El abuelo está marcado: la espalda blanca, la nuca blanca donde nunca le volvió a crecer el pelo desde que, en un estallido de grisú, tuvo la entereza de echarse boca abajo sobre el suelo al oír la detonación, medio segundo antes de que la lengua de llamas, hambrienta de oxígeno, pasara lamiéndole la espalda. Por eso se hizo famoso el abuelo. Pero ahora nadie lo recuerda.

La Elba reza una avemaría pulida por el uso diario desde la infancia. Así le agradece a la Virgen por no regresar al bloque Mackay hasta dentro de unas semanas. El tiempo del recuerdo es corto, y en el exilio del Chambeque se podrá ordenar antes de volver a su vida anterior. Quizás la bendita monotonía femenina, que sólo nos permite repetir el mismo gesto de siempre, me conceda sentir un espacio de verdadero dolor por la muerte de Antonio, no sólo esta confusión, y por fin sea capaz de encontrar el llanto que todavía anhelo y que, al no fluir, me deja seca. Quiero volver a bajar en la mañana al laberinto vociferante del mercado donde me crié junto a mi madre vendiendo congrios y jureles, canastos babosos de ulte y luche y cochayuyo, corvinas plateadas cuando los pescadores están con suerte, y jaibas remadoras. Miraré a las mapuches enlutadas que se instalan coronadas de plata en sus tronos de cilantro repetidamente rociado para conservar el frescor, oiré a los pregoneros que se rodean de cerros de fruta o de zapatos de plástico que mi madre trocaba por bolsas de piures y cuelgas de cholgas, y chismearé con las demás mujeres que padecen la misma diaria penitencia del lavadero. ¿Soy distinta de ellas? No, no lo soy.

A Toñito, en el Hogar, le iban a enseñar un oficio ajeno a la mina y al mercado: a cortar árboles, a comerciar con ellos, quizás, o qué sé yo qué. Lo entenderán mejor que nosotros, que tenemos tan pocas vidas entre las cuales elegir. Es cierto que ya no está Antonio para pelearnos porque el niño llora cuando él, su padre, lo acusa. Yo lo defendía. Y cuando Antonio lo zamarreaba y yo le gritaba que estaba haciendo un infierno de mi vida, el niño huía adonde Arístides, y entonces yo tenía que mentirles al abuelo y a Antonio para que no lo castigaran por irse al parque, que es de la Empresa. Desde la choza, en la noche, diviso al Mocho con su linterna recorriendo todos los rincones del parque, la laguna, el valle de las hortensias, el invernadero, la glorieta sobre el mar, comprobando que ningún turista se haya quedado dentro, rezagado después de la hora del cierre de la propiedad de los Urízar. Va armado con una varilla y dicen que con una pistola. A veces me desvelo en la noche en los brazos de Antonio, satisfecho y dormido, y salgo a mirar la luz de don Arístides moviéndose entre los árboles. A veces lo veo. Otras veces no, porque ya es demasiado tarde. Se ha ido a la casa de la Bambina para servirles cerveza y vino a los mineros y a las mujeres de la casa con las que a veces bailan.

5

Está demasiado oscuro para emprender la ascensión a las lomas de Chivilingo. Pero comienzan a subir de todos modos, ya que han llegado hasta aquí, entre los falsos ecos del pinar, resbalándose en las agujas del faldeo. Una telaraña atrapa la cabellera táctil de la Elba, no chille, mamá, no fue nada malo, usted está asustada pero subamos a sepultarlo para ponerle la cruz anunciando su nombre encima de la tierra, y entonces, cuando esté debajo, todo el mundo se olvidará de nosotros y podremos ser lo que de veras somos.

Rezan un salve antes de bajar de nuevo, muy rápido, porque tienen miedo de quedar atrapados en la noche. Abajo todo está negruzco, como si acabara de pasar el tren a Curanilahue dejando todo teñido con humo.

Entre los rieles, el regreso es fácil porque el terreno está aplanado. El niño ruega que no se apresuren. Sí, ella también está cansada, pero no quiere volver todavía a la choza ni a nada de lo que ha dejado allá: ni a la romana esclavizadora, ni a los antojos del abuelo… ni tampoco a la luz de la linterna paseándose por el promontorio en busca de malhechores ocultos, para castigarlos por transgredir la ley de los Urízar.

Al otro lado de la línea del ferrocarril la espuma bosqueja volutas en la playa. Quedan todavía dos chinchorreros, parados en el único trazo luminoso de mar. El viento viene templado. Mañana va a llover. O esta noche. Vuelan pájaros en la región de tinieblas sobre la cabeza de la Elba, que peina su melena para quitarse las agujas de los pinos. Apresura el paso por la línea del tren, tomando a Toño de la mano: ¿son pájaros los que vuelan por encima de mi melena? Chilla con un siseo el enjambre repentino, de vuelo anguloso y torpe: volar es una función ajena para estas criaturas que no pertenecen al dominio del aire.

-¡Cuidado, mamá…! -grita Toño, prendiéndose de su pollera.

-Fumaría… dicen que eso los espanta…

Se detiene un segundo para palparse entera.

-Se me deben haber quedado en la ropa antes de subir -dice casi llorando, y el niño la palpa también, urgido por los murciélagos desmañados que silban cada vez más abajo.

Echan a correr por la línea del tren hacia el pueblo, agitando los brazos sobre sus cabezas para espantar a los bichos que vuelan demasiado cerca. Un ser velludo choca contra mi mano y la rasguña y grito, se adhiere a mi codo y me detengo y manoteo; sácamelo del chal, Toño. Pero el niño solloza, no puedo sacárselo porque usted manotea para defenderse del enjambre que la persigue, los murciélagos rozan su frente, el niño quiere huir, se meten en el matorral de su pelo que los enreda con sus tentáculos, los siento revolverse, aterrados, chillando, para escapar de mis manoteos inútiles y grito sácamelos, no quiero tocarlos, y corro, y tropiezo al pisar la punta de mi chal denso de murciélagos, sácamelos, por Dios, Toñito, yo no hice nada malo, grito tirada en el suelo con mi champa viva, pero el niño no me oye, sordo con los latidos de su propio corazón. Me dan miedo, mamá, y asco. ¡Sácamelos del pelo! Son bichos del infierno: helados, resbalosos, no quiero meter mis manos en el pelo de mi madre porque se mean y se cagan y tienen infecciones, ¿cómo quiere que se los saque si patalea como una loca en el suelo? Se acercan los chinchorreros que desde la playa la oyen gritar: que se los saquen los chinchorreros, que son grandes y no tienen miedo porque no creen que sean animales del infierno, no les importa que sean velludos y fétidos. Tranquila, Elba. Te los estamos sacando. No menees la cabeza como una loca: metemos las manos en tu espesura podrida, pero no llores, Elba, nuestras manos están sacándotelos como si fueran garrapatas o liendres, se agarran de tu casco con dientes diminutos, con uñitas que rasguñan, pegan pestes, siento que laten mil corazones en la oscuridad de mis mechas, y de las mechas la sujetan los chinchorreros hincados junto a ella, escarban haciendo muecas de asco y lanzan lejos a los murciélagos, que se van volando esquemáticamente hasta perderse en la noche que les pertenece.

-Ya -dicen los chinchorreros acezando, acezando la Elba, acezando el niño encogido para que esos bichos más pesados que el aire no lo ataquen. La Elba se pone en pie dificultosamente. Dice:

-Quiero lavarme la cabeza.

-Cuidado -le advierten los chinchorreros-. Está mala la mar.

La Elba corre rocas abajo, salta a la playa y se lanza al mar helado. Se mete en el agua hasta la cintura, el chal navegando, la pollera inflada. Hunde la cabeza en el mar y los dos chinchorreros se la refriegan en la salmuera. Toño espera más lejos, sentado en la playa. De vez en cuando grita:

-Vamos, mamá, está casi oscuro.

Los chinchorreros se alejan para seguir sacando carbón del agua con sus redes negras. La Elba sale del mar chorreando agua salada y lágrimas y mocos, y va a sentarse junto a Toño. Arcadas, toses, tiritones, sollozos, vámonos para la casa, mamá. Hipos de frío y de miedo. Por la cara le corre el agua fétida a esos bichos del infierno, como si su pelo fuera la cueva más oscura de la noche. Yo no tengo la culpa, balbucea. No tienen por qué castigarme. No hice nada malo. Soy mujer y por eso los murciélagos me confundieron con su cueva, no tengo la culpa de que la mía se haya derrumbado sobre tantas vidas. No, mamá, no llore, no fue culpa suya. Todos saben que ésas son supersticiones. Sí sé, hijo, ¿pero cómo no voy a tener miedo si me eligieron a mí como nido? Toma la peineta, Toño, le digo, y me siento en la arena frente a lo que va quedando de crepúsculo, dándole la espalda a mi hijo, que también tiembla, y le digo otra vez:

-¡Péiname!

-Si se queda tranquila.

-Ahora sí, ya no lloro. ¿Ves…?

El pelo mojado le cuelga por la espalda casi hasta la cintura, compacto como una lámina de fierro. Toño hunde la peineta. Al deslizarla por las greñas le parece tocar un nudo furtivo que palpita aunque trata de ocultarse. Algo late aquí, mamá. Algo se va a mover. ¡Son muchos, un racimo que no quiere soltarse…! Es mentira, Toño, eres un chiquillo malo y mentiroso que me quiere meter miedo. ¡Mentiroso!, le grita la Elba, y el niño, parándose, le grita de vuelta: ¡endemoniada, maldita!, y lanza lejos la peineta y huye por la línea del tren. Lejos de su madre, que le está gritando: Toño, Toño, no nos has dejado vivir con tus mentiras y ahora quieres volverme loca, vuelve, ayúdame. Pero él se queda lejos, mirándola revolcarse en la arena y enmarañarse el pelo para secárselo. ¡No te vayas! ¡Ayúdame! No, mamá, no quiero tener nada que ver con esa loca que se revuelve el pelo y llama a los murciélagos, que vuelven a congregarse sobre ella. Me voy, mamá, soy chico, creo en los demonios, y desde lejos, huyendo por la línea del tren, el niño oye los gritos de la loca debatiéndose en el agua otra vez porque él le dijo que había vuelto a tocar murciélagos en su pelo.