Rolando Cordera Campos. Economista.Es director de nexos TV. Este texto fue leído en el Homenaje a Pablo Pascual, Auditorio Narciso Bassols, Facultad de Economía, UNAM, 6 de mayo de 1997.

Hace quince días depositamos las cenizas de Pablo junto a las de sus padres y su hermano Pepe. Hoy nos reunimos para recordar al amigo que fue hermano de muchos de nosotros y que no queremos dejar ir.

Todos los sentimientos que produce la muerte de un ser querido se han juntado y de modo implacable, como olas inclementes, golpean mi memoria, mi capacidad de ordenar recuerdos y mi habilidad para tejerlos en una fórmula retórica inteligible y con sentido. Otros, muchos en verdad, han podido hacerlo ya, en especial para mí, Fito y Raúl, y a ellos me atengo por ahora. Ya vendrá para mí el tiempo de hilvanar la vida de un amigo, con quien, sin metáforas, conviví cotidiana e intensamente los últimos treinta años. Será en las veladas y desveladas colectivas, así como en la irremediable vigilia solitaria y acuciante, donde podré aspirar a darle un sentido mayor, político e intelectual, como debe hacerse con un hombre como Pablo, a la vida plena y potente de nuestro hermano. Ante la muerte, única certeza con que contamos, no tenemos más recurso que llenar de significados y recuerdos grandes y pequeños la vida del amigo ido.

Pero homenajeamos hoy a un hombre político de izquierda, a un luchador social comprometido hasta el tuétano con la democracia y tenemos que intentar, desde la tristeza enorme que ahora nos cerca, hacer honor al dicho recurrente que obsesionó y dio calor y contenido a la vida pública de Pablo. “Hay”, decía con insistencia metódica, “que hacer política”. No había, para él, contradicción insalvable alguna entre ser de izquierda, ser luchador social sindicalista y ser político de este mundo y de este México.

¿De qué política se trataba y se trata? De una que buscara coincidencias donde las hubiere, armara acuerdos y convenios, abriera la puerta de amplias convergencias de intereses, actores, fuerzas políticas y sociales. Y, a la vez, esa política siempre práctica no podía, no debía, ser sinónimo de grilla, simulación, chalaneo. Tenía que ser una política inspirada en una visión y hacerse una política férreamente inscrita en una convicción que, renovable como tenía que serlo y fue, estaba amarrada al núcleo duro de la lucha contra el privilegio y la injusticia, contra el abuso del poder y la explotación económica y social.

Cada vez con más precisión y tino, Pablo habló y con él lo hicimos muchos, de una política popular que no podía sino ser, en rigor, una política nacional. Más allá de derivaciones simplistas y deducciones apresuradas, de caricaturas fáciles tan comunes en nuestros medios, este planteamiento fue el fruto de una experiencia singular, individual y colectiva, pero sin duda también del encuentro fulgurante, que nos templó a tantos, con don Rafael Galván y la Tendencia Democrática. Más allá del nacionalismo, revolucionario o no, con Galván encontramos al lector y practicante del Gramsci extraordinario que nuestro también inolvidable Carlos “Tuti” Pereyra ya promovía. Era desde aquí, pensábamos y proponíamos, que la idea de lo nacional-popular llevaba de modo coherente al planteamiento de la democracia política, entendida como el vértice articulador del esfuerzo y el proyecto nacional-popular.

De la resistencia clandestina a la furia estatal de Díaz Ordaz, a Punto Crítico y los expresos políticos que encarnaban la ambición y la emoción del 68; del Consejo Sindical y el sindicalismo universitario, a la marcha con Galván, la Tendencia, la insurgencia obrera y el Frente Nacional de Acción Popular. Y de ahí, desde el Movimiento de Acción Popular, que ha sido nuestro inacabable estado de ánimo todos estos años, a la organización política partidaria en el Partido Socialista Unificado de México, a la exploración difícil, rejega y hasta hostil, de una fórmula socialista para México. Desde, en y para la democracia.

Político práctico y empedernidamente realista, Pablo no coqueteó siquiera con el prag-matismo vulgar, hoy tan de moda como base del cinismo corriente. Coincidencias y amistades múltiples, buena vida y buena mesa y mejor vino, búsqueda interminable de vivir en y con el mundo ancho que él no quería ajeno sino propio. Pero, a la vez, el recurso inflexible a la crítica y la reflexión, con una visión y una convicción que no se arrugaron nunca.

Político plebeyo e irreverente, si se me permite, pero no renuente sino siempre comprometido con la reflexión histórica y política sobre México y el mundo. Enemigo de la vulgarización y banalización de la política, pero siempre reacio a entender la política como un juego de salón, para exquisitos y autoelegidos.

¿Podemos renovar y actualizar la fórmula? ¿Podemos darle sentido de futuro y volverla atractiva para las nuevas generaciones y este nuevo, complejo país en que se ha convertido México en los últimos lustros? Esa es, me parece, la pregunta que abrumó a Pablo los últimos tiempos, en su relativo, pero muy fructífero, exilio de la política partidaria. No hay más camino que volver atrás, en compañía de su siempre generoso, estruendoso recuerdo, y reconstruir su experiencia y afanes, fallas y excesos, todos nuestros como si fuéramos uno, para intentar sacar la conclusión que buscaba con angustia: una conclusión que, insistiría hasta quedarse ronco, nos lleve a hacer política; a ser un nosotros con significado colectivo y, de ser posible, histórico y a ser, como decía burlonamente, “eminentemente plurales”.

Pablo trajo siempre consigo, a todo lo largo de su vida pública, la “V” del 68. Pero cuando llegó a la Cámara de Diputados, a deslumbrar y enternecer, a “matar de amor” a propios y extraños, como solía presumir, Pablo llevó también el “venceremos” ronco y fuerte, que fue el himno de la dignidad, de la inolvidable lección de historia vuelta pueblo y nación, que dictó hasta su muerte su entrañable compañero y amigo, nuestro inolvidable don Rafael Galván.

Hombre excesivo en el uso del sarcasmo, la burla o el chiste disolvente. Hombre de excesos en la entrega comprometida a una visión y una convicción que compartimos como el pan, el vino, la sal, la admiración y el culto a las mujeres y el amor, tan loco como se pudiera. Dispuesto a pelear y debatir, pero más, siempre más, a querer, apoyar, a dar toda la solidaridad que le fuese posible.

Al terminar su bello recuerdo de Pablo en Etcétera, Raúl Trejo se pregunta para qué cuenta todo eso que contó. Cuando lo leí, emocionado hasta el llanto (a esas alturas Pablo ya me habría dicho: “Corderas, el llorón soy yo”), me hubiese gustado estar engarzado a su red y decirle: lo haces por ti, Raúl, por mí, por nosotros, por Pablo. Gustábamos volver una y otra vez al final de la novela de Hemingway, tal vez como un pretexto para recordar a Gary Cooper y a Ingrid Bergman. Hoy es él quien toca las campanas por todos nosotros.