Por un número limitado de razones, Vladimir Nabokov gozó de cierta fama en Cornell, donde fue profesor entre 1948 y 1959. Ninguna tuvo que ver con la literatura; en realidad, poca gente tuvo conocimiento de su obra, y aun menos había leído sus libros. Hacer trizas a Dostoievski delante de 200 alumnos puede impresionar a cualquiera, lo mismo que declarar que los buenos libros no deberían movernos a la reflexión sino al estremecimiento. Su fama también provenía del hecho de que no acudía solo a clase. Llegaba al campus conducido por la señora Nabokov, cruzaba el campus junto a la señora Nabokov y aparecía en clase del brazo de la señora Nabokov. De hecho, el hombre que tanto habló de su propia soledad fue uno de los solitarios más acompañados de todos los tiempos. En Cornell estuvo en compañía constante de su esposa, y por eso fue legendario.

La señora Nabokov se sentaba en las primeras filas del auditorio y, sobre todo, en el estrado, a la izquierda de su esposo. Rara vez faltó a clase, aunque también rara vez condujo la cátedra cuando Nabokov se enfermaba, y a menudo supervisaba los exámenes. No hablaba mientras su esposo estaba en el auditorio. Muy pocos la conocían. Cuando Nabokov se refería a ella, no sin un dejo de ironía, la llamaba su asistente. Sus comentarios eran de este tipo: “Mi asistente llevará el pizarrón al otro lado de la sala”, “Mi asistente sacará los registros”, “Quizá mi asistente pueda encontrar la página por mí”, “Mi asistente dibujará una cara oval de mujer —se trata de Emma Bovary— en el pizarrón”. Y la señora Nabokov lo hacía. Las acotaciones no figuran en los cursos de literatura que se publicaron a la muerte de Nabokov.

Vera Nabokov era una mujer llamativa, el pcabello platinado y la piel muy blanca, refinada y con una tenue figura. La discrepancia entre el color de su pelo y su aspecto joven era de proporciones dramáticas. Era “mnemogé-nica”, tal como Nabokov describió a Clara en La verdadera vida de Sebastian Knight, “sutilmente adornada con el don de ser recordada”. Y aquí comienzan los problemas. De acuerdo a los profesores y estudiantes de Cornell, Vera Nabokov personificó la luminosidad, lo majestuoso, la elegancia, y a la “mujer madura más hermosa que jamás se hubiera visto”; también a una peladita, mugrosa y medio muerta de hambre, a la Malvada Bruja de Oriente. A esos mismos estudiantes y profesores los asaltó la pregunta de rigor: ¿que hacía Vera Nabokov en el salón de clases de su esposo? Las respuestas podrían venir precedidas del recuerdo de Nabokov:

• La tarea de la señora Nabokov consistía en recordarnos que estábamos en presencia de la grandeza, y que no deberíamos atropellar ese privilegio con nuestra falta de atención.

• No era su esposa, era su madre.

• Porque Nabokov era alérgico al polvo de gis, y porque no le gustaba su letra.

• Para correr a las alumnas (antes, por supuesto, de la publicación de Lolita).

• Porque, cuando Nabokov olvidaba algo, ella le servía de enciclopedia.

• Porque Nabokov no tenía idea de lo que decía —ni memoria para recordarlo—, así que ella apuntaba todo para que él pudiera tenerlo presente a la hora de elaborar el examen.

• Nabokov era ciego, por lo que ella le servía de lazarillo; esto explica por qué llegaban del brazo.

• Todos sabían que ella era un ventrílocuo.

•Estaba ahí para defenderlo. Guardaba una pistola en el bolso.

Nadie estaba seguro de quién calificaba los exámenes, pero algunos de aquellos estudiantes admitieron que incluso llegaron a mostrarse simpáticos con la señora Nabokov, en la idea de que su gesto quedara registrado en sus notas. Era ella quien a menudo revisaba los exámenes, aunque esto no explica lo que hacía en clase. Era un misterio, una presencia intimi-datoria en el salón de lectura, y terriblemente exacta, aunque nunca fue un ogro. Al final de sus días en Cornell, Nabokov entrenó a varios asistentes, uno de los cuales recuerda haber leído 150 exámenes, evaluándolos con una rigurosa escala de calificaciones. Después de haber leído dos o tres veces cada examen, llevó la pila de papeles a la oficina del profesor Nabokov, con la esperanza de charlar con el gran hombre. La señora Nabokov lo recibió en la puerta, permaneciendo como un centinela entre su marido y el asistente. Tomó los exámenes, de inmediato aumentó las calificaciones por encima de ocho, y condujo al asistente por su camino.

 

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Traducción de Isaac Martínez