Angeles Mastretta. Escritora. Su último libro es Mal de amores.

Para empezar por el final, debo decirles que la segunda parte del viaje a Italia que prometí describir este mes terminó en Chichén Itzá, la extravagante noche en que Pavarotti le cantó a la pirámide y al aire de la selva, acompañado no sólo por la Orquesta de Bellas Artes sino por todos los grillos y las ranas que pudieron congregarse, para no dejar solos a quienes desde nuestra silla murmurábamos como una oración la letra de las canciones que nos bendecían. Entre Venecia y Pavarotti medió una vertiginosa vuelta a México y un viaje de tres semanas por los extenuantes Estados Unidos de Norteamérica. Un viaje solitario y caviloso, cruel como una aberración, imprescindible en mi experiencia casi tanto como los desfalcos de un mal amor y, según mi juramento, irrepetible como tales desfalcos. ¿Por qué quiero empezar por el final? Para disculparme porque no cumpliré la promesa del mes pasado. No porque el viaje al Venetto sea poco memorable, no porque la cena en casa de la tía Angelina no haya sido elocuente y conmovedora, no porque no quiera recordar la algarabía de mi encuentro con lectores en un pueblo pequeño y remontado que responde al nombre de Conegliano, no porque Venecia haya sido menos hermosa que antes o porque sus calles torcidas y sus canales como un sueño anaranjado me hayan marcado menos que otras veces, sino porque volví turbada de aquel viaje y todavía turbada lo encimé con otro en el que amanecer era echarse a andar hacia un aeropuerto y anochecer era sólo el permiso de un breve desmayo antes de volver a empezar. Volví de esos dos viajes harta de andar vendiendo libros, harta de la distancia y segura, completamente segura de que disfruto nuestro país como al mejor del mundo, de que todos los lujos que ambiciono caben en él. Y eso quiero contarles, el regreso a esta trampa, a esta diaria, inagotable sorpresa, a esta paz llena de quejas, cercada por un volcán que echa cenizas y un cielo que a cada tanto amenaza con caernos encima con sus 300 imecas. Nadie puede creerlo, pero no volví cansada tras un mes de viajar sin tregua ni recato, sin siestas ni concesiones. Al contrario, una energía de montes se metió en mi cuerpo confundida con el afán de ver el mar, de subir un cerro, de andarme los alredores de Puebla, el cielo entre aquí y Guadalajara, la ciega luz que me devuelva los pájaros, las campanas, la certeza de que tengo un lugar en el mundo, un agujero en el cual reconstruirme, unos brazos en los que dar conmigo misma.

Créanmelo, tienen razón quienes afirman que no hay como la casa de uno. No hay alondras ni abismos, ni tangos ni boleros mejor plantados que los que uno se encuentra a la vuelta de su esquina. Esa certeza me tomó el corazón cuando llegué a Cancún desde Denver la noche del viernes anterior al concierto de Pavarotti en Chichén. Lo he contado mil veces a quienes han querido oírlo, pero es que me gusta el recuerdo de la brusca sensación de agradecimiento que me tomó al entrar al baño del aeropuerto y encontrarlo menos albeante y ordenado que aquellos de los quince aeropuertos pasados en Estados Unidos. “Podría lamer este piso”, me dije. Era tal mi nostalgia y tanta mi necesidad de dar con el país que tanto nos cuesta llamar nuestro. Les dará risa, pueden pensar que soy una patriotera mal agradecida con su viajador destino, pero nada me quitará de contarles que me sentí bendita por el sagrado aire de Cancún, mil veces más bendita que frente al público de Nueva York, mil veces más segura de estar donde quiero. Viajé cinco horas para llegar hasta la hacienda de Temozón, un lugar en el corazón de Yucatán que parece estar en la mitad de ninguna parte y en la cual encontré la deambulante y heroica recepción del historiador y nuestros dos hijos. Salieron a la oscuridad de las diez y media de la noche en una hacienda del siglo pasado, y los recuperé como si hubieran salido del fondo mismo del siglo pasado. Yo volvía de la cuna y la gloria de los errores y malos hábitos que este fin de siglo pretende imponer a sus habitantes. Así que los abracé como a la primera y más precisa representación de lo que según las reflexiones de Hans Magnus Enzensberger serán los lujos del siglo que viene. A su decir: el tiempo, la atención, el espacio, la tranquilidad, el medio ambiente, la seguridad. Ese fin de semana y desde entonces hasta el fin de mis precarios tiempos, me dispuse a hacer con mi tiempo lo que más me gusta y a poner mi atención en donde más se me antoje. Los dos primeros lujos que según Hans Magnus será cada vez más difícil encontrar. De remate había silencio alrededor, no imagino mayor tranquilidad y menos falta de ruido, el medio ambiente era impecable, sobre todo para quienes gustamos del calor, y la seguridad estaba a cargo de la nada que nos rodeaba. Tantos lujos de golpe me provocaron unos deseos incontenibles de celebrarlos, a las cinco de la mañana de un día que había comenzado hacía ventidós horas, que me había impuesto dos vuelos de avión y un largo viaje en camioneta, no había manera de contener mi contento ni de callarme la boca. Llegué a la noche de Pavarotti con diez horas de sueño divididas en tres días y ni una pizca de cansancio mostré en el largo peregrinar hacia su encuentro ni en el aún más largo regreso hasta la hacienda de Temozón. Hay quien se da el lujo, ese sí un lujo necio, de decir que Pavarotti cantó poco tiempo, que ya no tiene la voz de antes y quién sabe que otro bárbaro retobo. Yo no me quiero llevar a la tumba el agradecimiento para el historiador Aguilar y nuestro cómplice de licencias varias Alejandro Quintero, quienes me convidaron a las delicias de semejante sueño. Hacía muchos meses que mi tiempo, mi atención, mi espacio, mi tranquilidad, mi medio ambiente y mi seguridad no eran completamente los mejores. Lo único peligroso de tanta “completud”, que diría la China Mendoza, es que me gustó y me he propuesto alcanzarla al menos cada fin de semana, y si eso es pedir demasiado, digamos entonces que al menos cada dos.

Así que una semana después me permití una tarde entera caminando bajo la luz y las sombras de ese prodigio que ha sido siempre el volcán Popocatépetl. Ahora mejorado, cosa que nunca imaginé posible, porque escupe cenizas recordándonos la magnitud de su fuerza y su paciencia. Dijo Borges que no se puede contar la felicidad. Borges siempre dijo bien. A los otros les aburren la alegrías ajenas, a uno lo avergüenza permitirse la descripción minuciosa del cielo que lo trastocó. Peor aún, no sabe cómo reducir a palabras la ingenua dicha de caminar sobre la tierra en que nació con la boca abierta y las horas, el aire, el horizonte y la parentela como la más imprescindible compañía. Mientras caminamos mi cuñado se empeña en convencerme de que ha visto atardeceres más deslumbrantes.

-Porque se dedica a verlos todos -dice mi hermana que es una ecóloga mezclada de pintora, radiodifusora y financiera, una mezcla que se da pocas treguas.

-Los veo todos porque eso quiero hacer en la vida -aclara el cuñado que en su segunda educación está empeñado en ser el pescador de su historia. Una historia que oyó no sabe dónde y que dice así:

“Había una vez un pescador sentado a la vera de su mar con una caña y el paisaje por compañía. Al verlo ahí solo, concentrado y, en apariencia, aburrido, se le acercó el prototipo del hombre eficaz y le preguntó cuántos peces pescaba cada día. El pescador respondió que los necesarios para su comida.

“-Pero le sobra tiempo -dijo el emprendedor-. Podría usted pescar más y venderlos. Con eso pagaría ayuda y podría pescar más cada jornada. Podría usted incluso montar una compañía y vender lo que le sobre. Con lo que gane ahí puede conseguir financimiento y comprar varios barcos y exportar. Cuando consiga todo esto, tendrá dinero suficiente para dedicarse a hacer lo que quiera.

-Lo que sucede -dijo el pescador sin perder la paciencia- es que ya estoy haciendo lo que quiero”.

Bajo esta premisa, el viernes siguiente nos propusimos subir hasta la iglesia de los Remedios, en la punta de la pirámide de Cholula. Eran las vísperas del día de la Santa Cruz. Subimos todavía sin perder el aliento, llevando a nuestros hijos a cumplir con el rito de contemplar el mundo desde la cumbre en que tantos otros quisieron mirarlo. Arriba nos esperaba no sólo la sorpresa de que la tierra sigue teniendo el mismo color que tenía hace más de treinta años, sigue salpicada con los huertos de flores y las decenas de templos que honramos hace tiempo, sigue abrigando muy cerca el hospital para enfermos mentales al que nos asomábamos de niños como quien se asoma a un pozo de sorpresas. Un grupo de jóvenes ruidosos estaban a cargo de hacer sonar las campanas y tras ellas arrancó a tocar la banda más cautivante que hayan visto mis ojos. Una mezcla armoniosa y bien organizada de alientos de todos los tamaños tocados por el grupo humano más disparejo y acorde que haya formado nunca una banda. Desde un pulcro viejo de casi noventa años soplando sobre una flauta, hasta un niño de doce moviendo el pie al tiempo en que sonaba un saxo, desde un hombre cuya barriga sostenía un trombón y tres meses de mugre hasta una niña acicalada como mariposa tocando un clarinete como si fuera a volar.

-Antes de ir a Italia -pensé que debía decirle a mi hermana-, tenemos que pasear a nuestros hijos por todas estas tierras y todas estas bandas. No sea que terminen de crecer sin haberse saciado con los lujos esenciales de este lado del mar.