Cinna Lomnitz. Geofísico.Investigador de la UNAM.

He aquí la historia del refugio oceánico del jet set y una reflexión sobre el poder y las perspectivas de los movimientos migratorios.

Este artículo está dedicado primeramente a la hermana república de Fiji: hermoso archipiélago de palmeras, cañaverales y plantíos de piña, con parajes tan parecidos a los de México y sin embargo tan diferentes. Envío un fraternal ¡Mbula! a sus habitantes, negrísimos gigantes de macizas pantorrillas y de amplia sonrisa.

Hay 326 islas de todos tamaños en Fiji; se diría que las hay para todos los gustos y para cada uno de los habitantes. Algunas son arrecifes de coral, otras poseen altos volcanes. Hay selvas tropicales, cataratas e infinidad de playas desiertas. Más de la mitad de las islas son deshabitadas. La isla principal, Viti Levu, vive del turismo, de la caña de azúcar y de la minería del oro. Aquí, en la pequeña capital de Suva, se asientan los poderes de la nación independiente de Fiji, una de las nuevas repúblicas diseminadas por el ancho Océano Pacífico.

La cultura isleña original se basaba en la agricultura. La estructura política era tribal y la tecnología más o menos semejante a la del neolítico europeo, con un marcado desarrollo de la navegación, de la pesca y de las artes guerreras. Los primeros blancos llegaron con el explorador holandés Tasman, en 1643. Como muchas naciones polinésicas, los fijianos se convirtieron a la religión protestante; antes eran animistas y practicaban alegremente el canibalismo. Fue hasta 1874, bajo la reina Victoria, que Fiji se convirtió en colonia inglesa. Es independiente desde 1970.

Podría pensarse que un país tan idílico y de tan amplios recursos sería un paraíso terrenal, pero no es así, como lo comprueba la fuerte emigración de fijianos a Australia, Estados Unidos y otros países. La razón, como siempre, es la política. Bajo la superficie apacible de la vida isleña existe una tensión étnica muy fuerte. Hace cien años, los ingleses importaron a Fiji gran cantidad de trabajadores hindúes como peones para la zafra y las labores en los ingenios, puesto que los nativos no se prestaban a esta clase de trabajo. Hoy los descendientes de estos hindúes forman una ligera mayoría de la población, y han desplazado a los nativos del comercio, de las profesiones y de muchos empleos. La propiedad de la tierra sigue siendo mayormente de los nativos; y también los puestos públicos y los altos mandos en el ejército. Hace una década, los militares propiciaron un movimiento político anti-hindú y muchos fijianos de origen indio abandonaron el país, causando una depresión económica que no tiene vías de resolverse. Por otra parte, los principales capitales continúan siendo europeos.

Hoy casi todos los comerciantes, empleados y hasta taxistas y choferes de camión siguen siendo de origen hindú, pero la unidad nacional está agrietada. Es evidente que las dos mitades étnicas que constituyen el país son como el aceite y el agua: los hindúes se sienten fijianos, hablan el fijiano junto con el tamil y el inglés, pero no se mezclan con los fijianos originales. No es que los desprecien, pero la religión y la educación los mantienen aparte. El templo hindú dedicado a Durga, en las afueras de Suva, se ve moderno, de mucho colorido y lujoso en comparación con las modestas iglesias protestantes. Un marcado sentido familiar y de casta impide a los hindúes casarse con los nativos. Y los nativos siguen siendo pequeños agricultores en los poblados rurales, si bien muchos ya buscan trabajo como meseros y sirvientes en los hoteles.

Porqué somos lo que somos

Los expertos nos dicen que la explicación de la situación fijiana hay que buscarla en el subdesarrollo y no en supuestos factores étnicos o raciales. Sin embargo, ¿por qué hay pueblos que son señores y otros sirvientes? La pregunta no es políticamente correcta, ya lo sé. El determinismo racial está desprestigiado y no tiene sustento científico. Si Hitler hubiera visitado Fiji se habría convencido de la superioridad racial de los morenos. Le hubiera bastado ir a la playa y comparar a los turistas europeos con los magníficos ejemplares nativos.

Sin embargo, el profesor Jared Diamond,l fisiólogo de la Universidad de California en Los Angeles, decidió resucitar la antigua cuestión del porqué las naciones se desarrollan en forma desigual. Precisamente se interesó por la historia de Polinesia, ya que no existe un pueblo étnicamente más uniforme. Todos los polinesios se originaron a partir de una migración que partió en canoas desde las Islas Bismarck, al norte de Nueva Guinea, unos 1200 años antes de Cristo. Los polinesios fueron poblando las islas de una en una, y se tardaron 1700 años en completar el proceso. ¿Entonces, cómo explicar las enormes diferencias sociales de esa región? ¿Por qué unos se transformaron en señores y otros en súbditos o esclavos? Evidentemente el factor racial podía descartarse de antemano. Todos eran hermanos de raza.

Entre el 19 de noviembre y el 15 de diciembre de 1835, los pacíficos habitantes morioris de las Islas Chatham fueron brutalmente sometidos por una fuerza invasora de 900 guerreros maoríes, que llegaron de Nueva Zelandia en dos embarcaciones. Los morioris fueron cocinados y comidos, y los que sobraron se convirtieron en esclavos. Se sabe, sin embargo, que el origen de ambos pueblos era idéntico puesto que los morioris venían de Nueva Zelandia y eran maoríes. Se habían ido a colonizar Chatham hacía apenas unos cinco o seis siglos. Pero Chatham era una isla pequeña y su clima era relativamente frío. No se prestaba a la agricultura. Por eso los morioris nunca desarrollaron los excedentes económicos que les hubieran permitido sustentar una economía militarizada y una sociedad estratificada como la de los maoríes. Su tecnología se quedó en la etapa igualitaria de los cazadores y recolectores. Mientras los maoríes de Nueva Zelanda, bajo sus grandes jefes tribales, desarrollaron una feroz tradición guerrera, sus hermanos de Chatham se convirtieron en un botín ideal.

Lo mismo, dice Diamond, debe haber sucedido a escala continental. Hay un continente muy aislado, Australia, que no logró desarrollar grandes culturas. La historia humana depende sobre todo de factores ambientales. Si los negros africanos se hubieran asentado en Eurasia serían los amos del mundo.

¿Por qué Eurasia? Aparentemente los factores ambientales son de varios tipos. Primero, Eurasia es el continente con la mayor diversidad de especies domesticables en el mundo, tanto de animales como de plantas. En cambio, hay continentes más pobres por su aislamiento (como Australia y, en cierto modo, América) donde faltaron algunas especies críticamente importantes (trigo, lino, algodón, bovinos). Los soldados aztecas suponían que los caballos españoles eran venados. Pero el venado americano no se prestaba para la domesticación y no servía como animal de tiro, excepción hecha de los renos de Santa Claus.

En todas las sociedades, la innovación tecnológica ha dependido siempre de las migraciones. Un pueblo inventa una cosa y los demás lo copian. Nuevamente Eurasia fue el campeón de las migraciones, por el simple hecho de extenderse en sentido este-oeste y no norte-sur. Así pudieron desarrollarse en un mismo continente, y en zonas climáticas bastante similares, unas culturas tan diferentes como la inglesa, la francesa, la turca y la china. Unos inventaban el bronce, otros el hierro o la escritura. Todos se copiaban entre sí.

América es un continente norte-sur. Existen barreras geográficas casi infranqueables, que tienden a impedir los contactos entre diferentes culturas. Lo mismo sucedió en Africa donde hay franjas de desierto y de selva que dificultan la migración de los pueblos de norte a sur. Los incas del Perú nunca llegaron hasta Mesoamérica para comunicar sus hallazgos de ingeniería a los aztecas, ni los esquimales transmitieron su tecnología pesquera a los chibchas de Colombia. Había selvas, sierras y desiertos de por medio, zonas de climas muy diversos. La América se pobló de todas maneras, pero la difusión de los descubrimientos tecnológicos fue mucho más lenta y menos efectiva que en Europa. La escritura se inventó independientemente en Egipto, China y Yucatán, pero los sistemas egipcio y chino evolucionaron y hoy dominan la tierra mientras la escritura maya tuvo una influencia efímera y muy limitada.

México fue hasta cierto punto una excepción por su tamaño y su extensión de este a oeste. Los aztecas aprendieron de los mayas, de los olmecas y de los totonacas. México era como un pequeño continente. Más tarde, Estados Unidos logró aprovechar la enorme riqueza humana de su eje este-oeste, extendiéndolo a Europa y Asia Oriental.

Si la geopolítica se basa en realidades climáticas y en cuestiones de tamaño, el número de sociedades diferentes que conviven y rivalizan en un mismo continente tendrá mucho que ver con su competitividad. Nuevamente la ventaja de Eurasia fue notable en este sentido, ya que los pueblos y culturas de Perú o de Mesoamérica no se comparan en variedad con la diversidad cultural de Eurasia.

Por otra parte, la supuesta superioridad de los pueblos eurasianos era relativa. Cuando tuvieron que funcionar en ambientes confinantes y hostiles fracasaron al igual que otros. Un ejemplo citado por Diamond es el de los colonos nórdicos de Groenlandia. Estas colonias noruegas eran muy conservadoras y finalmente sucumbieron al aislamiento y a la falta de recursos. Fueron reemplazadas por esquimales cuya tecnología de supervivencia en el Artico resultó muy superior a la de los nórdicos.

En resumen, el subdesarrollo está condicionado por factores ambientales: tierras insuficientes para producir un excedente económico año tras año, climas extremos o muy diversos, aislamiento cultural. Por eso se producen las grandes migraciones, como la migración mexicana a Estados Unidos. El mecanismo de tales migraciones no debe buscarse solamente en problemas económicos momentáneos. Es la esencia misma del desarrollo. Es imparable.

Art Nacó

Entre los individuos como entre las naciones, el desprecio al derecho ajeno ha sido siempre la norma. Fueron los norteamericanos quienes, por casi dos siglos, desempeñaron el papel de “ajenos” para nosotros, y México se definía siempre en términos de las miradas de allende el Bravo. Si los mexicanos atacaban Columbus quedábamos como bandidos. En cambio, si los americanos se llevaban la mitad del territorio eran héroes y seguíamos siendo bandidos. Ellos siempre eran los puros. Los buenos de la película, los good guys.

Esta relación está a punto de cambiar fundamentalmente. No por la visita del presidente Clinton ni de ningún político. Son las fuerzas demográficas que están convirtiendo a ese “ajeno” en paisano, en reflejo de nosotros mismos. Dentro de treinta años, según algunas proyecciones, Estados Unidos será un país de minoría blanca, como Sudáfrica. El proceso que en algunos medios se ha dado en llamar el pardear de América (the browning of America) es irreversible. Dentro de la masa morena que decidirá los destinos de la república del norte y del mundo, los de origen mexicano formarán la principal mayoría.

Los latinos serán el grupo étnico mestizo dominante de Estados Unidos. Su competidor más cercano no serán los negros de origen africano, sino los asiáticos e isleños del Pacífico, grupo que pronto rebasará los 20 millones. No estamos hablando de un futuro hipotético e incierto sino del año 2020. Es prácticamente mañana.

¿Cómo nos afectará este cambio de interlocutor? ¿Dejaremos de ser bandidos y nos convertiremos en héroes de Hollywood, como los israelíes en los años 1950 y 1960? Ciertamente podrá haber algo de eso, pues la discriminación de los chicanos en su propio país (Estados Unidos) no podrá cesar de la noche a la mañana. En respuesta al ninguneo de que serán objeto, los “latinos” enarbolarán su orgullo de mexicanos. Y ese orgullo nos cambiará a nosotros.

No todos saldremos beneficiados. No serán los güeritos de nuestras clases altas quienes aprovechen la nueva situación. El México que está en el corazón de los chicanos es otro. Ellos son nacos, lo saben y lo tienen a mucha honra. Como los negros cuando reivindicaron su apelativo de black como el único políticamente correcto, los chicanos también afirman y afirmarán orgullosamente su naquitud.

Esa hueste de huercos será la que controlará la política del país vecino, y desde allí la de México y del mundo. Nuestros políticos harán bien en tomar nota. Los candidatos tendrán que afinar su sensibilidad. Si quieren ser presidentes, que cambien su vocabulario -o su troca acabará en el yonque.

Que el presidente sepa autografiar una pelota de beisbol. Que se vea su devoción a los valores mexicanos -y no me refiero nada más a la Virgen de Guadalupe como es lo justo, sino también al Santo Niño y al Señor de Mapimí-. En Los Pinos, junto a la efigie de Juárez, colóquese un gran retrato de Selena.

Habrá cambios también al otro lado. La Casa Blanca cambiará de color. En adelante será morena. El Modern Museum of Art de Nueva York organizará una exposición de Art Nacó: vestidos de 15 Años de organdí, invitaciones de bodas adornadas con imitaciones plásticas de flores de azahar, y una gran réplica del Monumento a la Revolución.

1 Guns, Germs and Steel: The Fates of Human Societies. W. W. Norton, 1997.