Carlos González Martínez. Investigador y profesor de la UNAM y la UIA. Su dirección electrónica es: carlosgm@servidor.unam.mx

Sucesora de la primera generación de norteamericanos nacidos en México, la del Nafta es la primera generación de mexicanos nacidos en Norteamérica. Poco más de dos décadas bastaron para invertir el orden de los factores y arrimar a la frontera del milenio el alumbramiento de una generación radicalmente distinta; pues lo es no sólo frente a las que le antecedieron y sucederán, sino también ante sí misma.

Nada para Gardel y todo para los Tres Mosqueteros, veinte años fueron suficientes para transformar al país y con ello a su juventud; divino tesoro ahora policromado y de sustancia inasible.

Si los nacidos en México durante los sesentas fuimos la primera camada de seres que habría de forjar su cosmovisión bajo el signo de la modernización como dogma y como redención norteamericanizante, los que lo hicieron en los setentas y principios de los ochentas, arribaron a un país donde tal dogma y redención había ya sentado sus reales, y a una patria cuyos diques protectores ya habían sido disueltos en el ácido frenesí del festín regional norteamericano.

Si en los sesentas había cambiado la forma de pensar y vivir el país; en los ochentas había cambiado el país. Ya no tan lejos de Dios -toda vez que el Estado reconocía a las iglesias y el país restablecía relaciones con el Vaticano- los mexicanos -y estos jóvenes en primera fila- celebrábamos la cercanía con los Estados Unidos como si de una ofrenda sacramental se tratase. El Fuego Nuevo, el Nuevo Fuego. Lejos, y sin embargo tan cerca, habían quedado los tiempos de nuestra hipersensibilidad postrevolucionaria.

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (o NAFTA que, por cierto, incluso en español se lee y suena mejor que el horrible TLCAN) habría entonces de situarse como un faro paradigmático de nuestra salvación nacional. Si Octavio Paz había señalado en el Laberinto de la soledad que la Revolución fue la forma en cómo el pueblo mexicano navegó en pos de sí mismo,1 Samuel P. Huntington asentaría en el Choque de las civilizaciones que la integración regional en Norteamérica habría de ser la forma en cómo dicha navegación arribaría a buen puerto,2 al adecuarnos al patrón cultural modernizador de la región norteamericana; quizá no la más transparente del aire, pero al menos la más transitable (¿transmutable?).

Como el mismísimo Nafta -que cruza, funde y estalla la línea de cristal que Carlos Fuentes reconoce en nuestros compartidos tres mil limítrofes kilómetros-, frontera y distinción radical habrían de establecerse como puntos ambivalentes de encuentro y distancia para los jóvenes que festejaron la entrada en vigor del TLC mientras coronaban con pasamontañas sus primeras reflexiones colectivas. Su drama: habitar un tiempo abierto, sin explicaciones y preñado de interrogantes, mientras resucitan crucificados en el punto de inflexión donde el nacionalismo-colectivizante dejó su lugar a la globalización-individualizante.

Fin de la historia, de las ideologías y del siglo, acompañan los referentes vivenciales de una juventud que puebla la aldea global de McLuhan y Powers -plena de insatisfacciones y promesas incumplidas antes de ser siquiera plenamente formuladas- mientras la inauguración del nuevo milenio anuncia la separación tremenda de las normas morales (colectivas) y las éticas (individuales). “Sálvese quien pueda”, reza el epitafio de la tripulación del último Titanic que cruzó los siete mares en busca de un nuevo mundo.

La condición fractal es su signo. La frontera, su esencia. Ir de un lado a otro, de un país a otro, de un siglo a otro, su destino. Hacerlo con distintas direcciones, su perdición. Son la generación de la transición; recorren un camino que une dos puntos que nadie sabe a ciencia cierta en qué consisten.

Destino y perdición, frontera y fractalidad, transición abierta; tal es la circunstancia de una generación que habita un país que cambia y que se transforma en región del mundo. Tal es la penitencia de una generación que se diferencia de sí misma porque su sustancia está tan fracturada como lo está la época que vive. Aquí está la residencia de unos jóvenes mexicanos que cambian al tiempo que lo hace su país. “Tú no eres tu ego”, advierte Douglas Coupland al retratar a una generación sin nombre, ni rostro propio: “la generación X, que busca de modo deliberado esconderse”. Una generación que habita en el filo de la navaja.3

En México, esta generación, la del Nafta, no es una generación sino varias generaciones a la vez. En realidad, ninguna generación ha sido nunca una sola generación, pero ésta menos que ninguna otra. Ciertamente la de Salma y los chicos de Time, pero también la de Aldape y los cholos, los chemos y la chilanga banda; esta generación Nafta se diferencia sobre todo de sí misma porque sobre todo es diferente a sí misma.

Su rostro: policromado, caleidoscópico y rehilete. Fractura que se vuelve unión de cuerpos diversos. Un aliento, sin embargo, los arrima e identifica: la irreverencia, un cierto sentido iconoclasta y exhausto, una proclama desencantada para un fin de siglo encantador.

Los supersónicos nunca llegarán a su cita del año dos mil; eso es evidente y -hay que decirlo, aunque nos duela- inevitable. No tendremos coches voladores ni máquinas tele-transportadoras. En su lugar, está aquí una legión de seres impertinentes, navegadores del Internet y la periferia de un mundo que súbitamente se volvió plano, con todo y sus precipicios tras los océanos (Columbus was wrong). Esta es la generación del crack que permea el ánimo milenario de Jorge Volpi (El temperamento melancólico), Pedro Angel Palou (Memoria de los días), Ricardo Chávez (La conspiración idiota), Eloy Urroz (Las rémoras), Ignacio Padilla (Si volviesen sus majestades), e incluso los perfiles irredentos de Edgardo Bermejo (Marco’s Fashion), Fabrizio Mejía (Pequeños actos de desobediencia civil) o Juan Villoro (Materia dispuesta).

Esta es una generación cuya principal fuerza unificadora radica en su dispersión. Una generación que se genera generándose. Ni el TLC o Nafta están haciendo de Norteamérica una sola región uniforme, ni los jóvenes que la habitan constituyen una sola generación, sino varias; muchas. Allí se gesta su principal desafío y ventaja; se trata de la reingeniería de los procesos mentales. Clonar lo irrepetible, consagrar en este otoño finisecular la sentencia del viejo Marx: lo único que permanece es que todo cambia.

Yupies, banda, fresas, cholos, chemos, dark’s, pachecos, cocos, nice casuals, tzetzales y culiches. Su policromía es, además, inasible, pues anida lejos de sus propios sentimientos. En un lugar cercano al exilio del alma, en medio de una carne que resguarda sus sentidos tras la textura del látex.

Una pareja que no logra enamorarse aunque lo intenta, quizá porque habita un tiempo siempre posterior, siempre al este del west side y el epicentro de Natalie Wood o Angélica María. Una existencia en un tiempo vacío, sin promesas ni explicaciones. Un divino tesoro al que el futuro le dice menos aún que un pasado que, de tanto gritar, se ha quedado mudo, inerte.

Un sudor que no huele. Citas que se consumen como comerciales de televisión. Tremenda aridez que anida tras los ritmos aeróbicos y las dietas macrobióticas de féminas seguras de sí mismas, o varones confundidos de sí mismos.

Pesas y lechuga para llevar; treinta minutos o es gratis. Si no: tú pagas y a’í te ves. Si sí: yo pago y doy gracias al cielo de que el sentido lúdico y hedonista de este fin de siglo tan neoliberal, tan mezquino, tan admirablemente egocéntrico y corporal, al menos ha sublimado con veinteañeras hermosas las calles de nuestro país hecho ciudades. Por ellas bien vale la pena el Nafta,4 y sus asideros policromados e inasibles, fronterizos y distintos de sí mismos.

1 Escribe Octavio Paz en 1950: “La Revolución Mexicana es un hecho que irrumpe en nuestra historia como una verdadera revelación de nuestro ser”.

2 Escribe Samuel P. Huntington en 1993: “México dejó de definirse a sí mismo por oposición a los Estados Unidos y en su lugar intenta imitarlo uniéndose al Tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte”, cuyo éxito “depende de la convergencia, ahora en curso, de las culturas mexicana, canadiense y estadu-nidense”.

3 Escribe Octavio Paz en 1950: “Nuestra soledad tiene las mismas raíces que el sentimiento religioso. Es una orfandad”.

4 Escribe Eusebio Ruvalcaba en 1997: “La mujer de veinte años se asume como centro del mundo porque es un prodigio de la naturaleza. Es inconmensurable. Nada le sobra ni nada le falta. Ejerce la belleza con la sabiduría y donaire que un águila ejerce el vuelo”.