Carlos Gutiérrez Ruiz. Presidente Nacional de Canacintra. Estas fueron las palabras pronunciadas durante la presentación del libro El papel del Estado en la economía, del doctor Ha Joon Chang.

La lectura del trabajo del doctor Ha Joon Chang -La participación del Estado en la economía- ha sido de gran utilidad para ubicar el debate contemporáneo sobre un tema tan importante. Como él mismo lo manifiesta, corresponde a las instituciones del Estado, en mi caso a la institución empresarial, participar en la conformación de una economía exenta de extremismos.

Si algún tema ha ganado una presencia permanente en el seno de las discusiones sobre la estrategia más adecuada para promover el crecimiento económico, éste es el del tamaño y papel que deben jugar el Estado y el mercado. 

En lo fundamental, no se trata de evaluar si el Estado debe o no participar en las definiciones económicas que afectan y enmarcan la vida de las naciones; más bien el punto medular se centra en definir y delimitar cuáles son los terrenos donde debe intervenir, mediante qué mecanismos y en cuáles espacios temporales.

Como necesaria contraparte del mercado, la institución estatal es necesaria para generar un entorno predecible, donde los agentes económicos cuenten con reglas claras, pero también donde la dinámica económica no genere riesgos y problemas de marginación social.

Es en la búsqueda de estas definiciones básicas donde la aportación de Ha-Joon Chang contribuye al allanamiento de un camino donde parece que las interrogantes son mayores, por su profundidad y número, que las respuestas.

A lo largo de su interesante libro, poco a poco vemos que, en la práctica cotidiana, los límites del Estado y el mercado son menos claros que nunca; pese a ello, las posiciones de quienes defienden una u otra alternativa se encuentran en dos extremos que además de lejanos resultan, por lo menos en primera instancia, irreconciliables.

Lo paradójico de este asunto es que son precisamente los países donde las leyes del mercado tienen una operación marginal, quienes se empeñan en que la práctica económica sea dirigida por el libre juego de la oferta y la demanda. Y es paradójico porque quienes con mayor énfasis las aplican son quienes se encuentran en las situaciones más comprometedoras respecto a su papel futuro en el escenario internacional.

Las discusiones entre los principales teóricos parecen orientarse a profundizar las diferencias más que contribuir a la definición de una concepción que prescinda de los valores entendidos y los juicios a priori, ambos tan propios de quienes se esfuerzan en mantenerse en una posición inflexible.

Al analizar cada una de las propuestas teóricas, Chang hace una interesante reseña de los procesos históricos que han hecho posible la generación de dos posturas tan extremas. No cabe duda que los periodos cíclicos de la economía mundial son aleccionadores para entender las preferencias, en un caso, por el mercado y, en otro, por el Estado.

Como quiera que sea, una de las contribuciones más importantes del libro tiene mucho que ver con lo desafortunado que resulta ubicarse en cualquiera de los dos extremos, sin considerar las conveniencias de un análisis más abarcante y de una concepción más incluyente.

Tanto los promotores del estatismo a ultranza como los defensores del mercado en su expresión más pura, han encontrado en la realidad concreta el desmentido a ese tipo de visiones sesgadas. Ni las naciones con regímenes burocrático-socialistas, ni aquellos países que se han aferrado a la práctica del mercado, han encontrado las posibilidades de un crecimiento sólido y sostenible.

Las reflexiones del autor nos permiten observar y constatar que, en ningún caso real, ni la intervención del Estado se ha dado de una manera que prescinda de cierto tipo de consideraciones de mercado, ni la operación del mercado se presenta de forma tan libre y transparente como plantean sus promotores.

Dos son los aspectos que considero se pueden aplicar de este gran trabajo documental a la realidad mexicana, toda vez que la experiencia de una intervención notable del Estado y el posterior impulso para la práctica de un régimen promotor del mercado, han sido formas de vivir y de seguir viviendo la realidad económica nacional.

El primero de ellos tiene que ver con la situación actual de la planta productiva. De una situación caracterizada por el poco interés por desarrollar posibilidades tecnológicas -en parte como consecuencia de la carencia de una política nacional dirigida a ese fin-, pasamos a otro contexto donde el deterioro de esa planta industrial se manifiesta en la desaparición de empresas y empleos.

Visto así, el panorama no es alentador. La decisión sobre una opción de intervención estatal o de mercado a ultranza resulta fuera de lugar. En cualquiera de ambas poco fue lo que se pudo hacer por la preservación de una estructura productiva que a final de cuentas se ubicaba en un lugar preponderante dentro del espacio productivo latinoamericano.

El segundo aspecto tiene mucho que ver con el desarrollo de instituciones, donde el mercado y el Estado forman parte de un conglomerado más amplio. Las definiciones de esta totalidad institucional, con una visión integral de largo plazo y un trabajo concurrente, pero no por ello exento de dificultades y conflictos, es lo que define la mejor manera de concebir el trabajo de las naciones que han sabido ganar terreno en el mundo global.

No es ni será por medio de las políticas dictadas a través de un Estado encargado de todo y responsable de muy poco, ni con la operación de las fuerzas del mercado en su sentido teóricamente puro, que en la realidad más que individuales son corporativas, como pueden avanzar las naciones en la construcción de nuevas posibilidades para sus habitantes. 

Queda claro que no hay un modelo a seguir ni una referencia que sea de utilidad para todos los países. Cada uno de ellos, en conocimiento pleno de su complejidad y posibilidades institucionales, debe seguir el camino que menores costos y más oportunidades ofrezca de cara al futuro.

Ante todo, debe prevalecer una visión de largo plazo, que sea compartida por quienes tienen en sus manos las decisiones de política más importantes y quienes se encargan de generar las condiciones de reproducción económica. 

Esta es una característica distintiva de los países que hoy se encuentran en una situación favorable en el escenario mundial. No ha sido por una rigidez conceptual ni por preocuparse únicamente de los problemas y conflictos inmediatos como han ganado terreno en la construcción de sus posibilidades económicas y sociales.

Esta es una referencia que no podemos perder de vista, porque en su adecuado entendimiento y eficiente operación se encuentran los sustentos que habrán de llevarnos -si somos capaces de incorporarlos adecuadamente a nuestra realidad- venturosamente al siglo venidero.