La pluralidad y la tolerancia nacieron de la mano en la historia de Occidente. Al surgir la conciencia de la pluralidad, surgió también la tolerancia, o su contrario: la intolerancia. En este sentido, la primera fue —es— una condición de la segunda. La pluralidad es un hecho, no un valor. Los individuos y los pueblos tienen, en efecto, ideas muy diversas —a veces contradictorias— sobre el bien y el mal. Este hecho puede ser reconocido o puede ser reprimido. Quienes abrazan el principio de la tolerancia renuncian a sujetar a los demás a la tiranía de una sola doctrina, ya sea política, moral o religiosa. Están en favor del pluralismo, no del monismo. Saben que hay formas de vida, válidas para muchos, que pueden no compartir, que pueden incluso contemplar con horror. Lo asumen sin resignación y sin indiferencia, pero con serenidad. Tolerar es, según los diccionarios, “sufrir, llevar con paciencia, permitir algo que no se tiene por lícito sin aprobarlo”.

La tolerancia estuvo siempre vinculada con el problema de la convivencia de las religiones en Europa. Fue reivindicada bastante tarde como idea, aunque no como práctica. Los griegos y los romanos eran relativamente tolerantes. Tenían una religión politeísta, con muchos dioses y, por lo tanto, muchos dogmas. Ello no obstante, la idea de la tolerancia nunca dominó su pensamiento. Su manera de pensar estuvo permeada por conceptos que surgieron en sociedades homogéneas, no plurales: en la Grecia de Pericles, no en la de Alejandro; en la Roma de la República, no en la del Imperio. La situación cambió con el triunfo del cristianismo. Los cristianos, salvo los más antiguos, no fueron casi nunca tolerantes. Tenían una religión monoteísta, con un solo Dios y, por lo tanto, un solo Dogma. Durante la Edad Media, a lo largo del Renacimiento, el principio de la tolerancia fue repudiado por todos los cristianos, quienes empleaban a menudo la tortura y la pena de muerte para lograr sus fines. Algunas sectas —como la de los cátaros— fueron exterminadas sin misericordia.

La Reforma y la Contrarreforma marcaron un hito en la historia de la tolerancia en Occidente. La primera rompió la unidad del cristianismo; la segunda fracasó en el intento de restaurar esa unidad. Así, la creencia de que la verdad era una sola —creencia que justificó por siglos la persecución de los herejes— perdió de pronto todo su sustento. Los protestantes eran tan poderosos como los católicos, y no menos intolerantes. Hacia fines del siglo XVII, entonces, resultaba para todos claro que la represión del otro ya no era factible. Los europeos reconocieron su pluralidad, y este reconocimiento fue el punto de partida de la tolerancia. El primer pensador en tratar con rigor el tema fue John Locke, que publicó en 1689 su Epistola de Tolerantia. En este libro, Locke, un hombre profundamente religioso, expuso sus razones en favor de no reprimir las creencias que podían ser consideradas reprobables. Retomó el pensamiento de los primeros cristianos, quienes sostenían una idea muy sencilla, que la fe podía ser enseñada, demostrada, pero no impuesta.

El defensor más conocido del principio de la tolerancia fue sin duda Voltaire. Fue también la pluma más brillante de la Ilustración. En 1763 publicó su Traité sur la tolérance, donde repudió la condena del protestante Jean Calas. En ese tratado quiso demostrar que la intolerancia no estaba justificada por ninguna tradición, ni por la judía ni por la clásica, ni tampoco por la evangélica. Así, al igual que Locke, también Voltaire concibió la tolerancia, más que nada, en el ámbito de la religión. Fue más tarde, en el siglo XIX, que la filosofía la relacionó por vez primera con la política y, después, con la moral. El principio de la tolerancia se convirtió, de hecho, en la base del pensamiento liberal. Uno de sus exponentes más inteligentes, John Stuart Mill, escribió con elocuencia sobre la necesidad de proteger al individuo frente a las acciones del Estado y, en concreto, sobre la necesidad de proteger sus gustos y sus inclinaciones frente a los prejuicios de la sociedad. El principio de la tolerancia, con él, creció para comprender no sólo las ideas, sino también las costumbres.

La aceptación del principio de la tolerancia no fue general en Europa. Hubo países que nunca lo practicaron. España, en especial, al cerrar los ojos a la Ilustración, renunció a la confrontación de las ideas, a la pluralidad, para implantar en su lugar el dogma. La intolerancia fue, en la metrópoli, la norma de su conducta, como lo fue también en todas sus colonias, entre las que destacaba México. Ese rechazo de la disensión contó, desde luego, con una ideología que lo respaldaba, ideología en la que destacaba un concepto muy perverso. Algunos sociólogos lo llamaban, hoy, falsa conciencia. La intolerancia, en efecto, ha querido ser justificada con la idea de que, cegados por una falsa conciencia, los hombres y las mujeres pueden desconocer lo que son sus intereses objetivos. Es entonces indispensable protegerlos contra sí mismos. En tiempos lejanos, la Inquisición torturaba a los cristianos para salvar sus almas. En tiempos recientes, la Revolución reprimía a los trabajadores para salvaguardar sus intereses. Dos ejemplos diferentes de una misma actitud.

La tentación de proteger a los demás contra sí mismos puede surgir de la más noble voluntad. Sus consecuencias, sin embargo, son nefastas la mayoría de las veces. Frente a ella, por eso, es indispensable defender un derecho elemental: el derecho a equivocarse. En el acto de tolerar existe una condena implícita. Aquel que tolera piensa que el otro está equivocado, pero acepta su derecho a equivocarse. La tolerancia, en este sentido, es distinta de la indiferencia. No somos indiferentes a lo que toleramos: lo sufrimos. Es distinta también de la resignación. No estamos resignados a lo que toleramos: lo resistimos. La tolerancia es una actitud activa, no pasiva. Exige reciprocidad. Toleramos porque queremos ser tolerados. ¿Hasta qué punto, entonces, debemos tolerar a los intolerantes? Es una pregunta difícil de responder. En general, el pensamiento liberal se inclina a conceder esta gracia a los enemigos de la libertad, aunque no siempre. Es posible tolerar a la intolerancia desde una posición de poder, pero no de debilidad. En el primer caso, la libertad resulta fortalecida; en el segundo, debilitada.

 

Carlos Tello Díaz
Escritor. Es autor de El exilio: Un relato de familia y La rebelión de Las Cañadas. Palabras pronunciadas en la mesa redonda “Los valores de la democracia: pluralidad y tolerancia”, organizada por el Instituto Federal Electoral el 18 de abril en la Universidad de Puebla.