The Concert for the Rock and Roll Hall of Fame

Columbia

Música para camaleones, el rock es también un lugar poblado por templos y templarios, sacerdotes y fieles. Y al igual que el boxeo o el beisbol, el rock cuenta también con su propio Salón de la Fama, un templo erigido para mostrar cómo el rock es un espacio público generoso, capaz de expandir sus elásticas e irregulares fronteras para absorber (casi) cualquier nuevo sonido que se produce en la aldea global.

Fundado en 1986 en Cleveland, Ohio, el Salón-Museo persigue convertirse en algo así como la Meca del rock and roll. Por ello, en septiembre del año pasado se realizó en esa ciudad un concierto que reunió a algunos de los miembros vivos (y varios candidatos) del Salón, en una noche en la que dos decenas de grupos y cantantes celebraron un moderno ritual politeísta. El resultado: una ventana a un panorama extenso, exuberante, poblado por algunos de las y los autores, cantantes y grupos que han contribuido a construir parte de la arquitectura sonora del siglo de las drogas, el sexo y el rocanrol.

En los dos discos que capturan el sonido de esa noche septembrina, confluyen cuatro de los movimientos seminales que integran el rock. Desde la esquina del soul, el reverendo Al Green, Aretha Franklin, y, desde luego, James Brown; desde el campo del rocanrol más ortodoxo, Jerry Lee Lewis, Springsteen, Melissa Etheridge, John Mellencamp; desde el folk-rock, Johnny Cash, John Fogerty, Jackson Brown; desde el rock-fusión, Pretenders, Lou Reed, Dylan; por el blues, Natalie Merchant, Sam Moore, Iggy Pop, Soul Asylum, y The Allman Brothers Band.

Como se ve, el álbum reúne una colección de voces que reflejan pedazos del paisaje sonoro con el que han crecido varias generaciones de distintos territorios. A través de ellas se constata el hecho de que el rock es, entre otras cosas, un instrumento que gobierna la fe y las creencias de tribus enteras.