Guillermo Ramírez Hernández. Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México.

“Se puede entender que el libro tenga todas las virtudes y todos los defectos de ser el producto de un académico que ofrece consejos de manera gratuita”.

David Ibarra

¿Transición o crisis?

Aguilar

México,

1996

El examen del interesante y concentrado libro del profesor David Ibarra hace necesario establecer varias premisas, tres para ser exactos, con el objeto de ubicar al autor, su tiempo y su obra. Por lo que se refiere al autor, no se puede menos que reparar en el epígrafe de Tito Livio: “En nuestros tiempos no podemos tolerar nuestras faltas, ni los medios de corregirlas”, y recordar con Maquiavelo, estudioso del autor latino, que el consejo debe darse “con no mucho entusiasmo… modesta y calmadamente”. 

Ante la arrogancia fatal del poder,1 los economistas adoptan la costumbre de recomendar a los responsables del gobierno lo que tienen que hacer; la consecuencia de tales consejos es, posiblemente, ser leídos y encomiados por una audiencia profesional y no ser considerados seriamente por los gobernantes, acaso porque no es lo que quieren escuchar. En la práctica, las solicitudes de consejos por parte del gobierno consisten en requerimientos a economistas consultores internos de comentarios sobre la conveniencia de las propuestas que emanan de un amplio número de fuentes, y quizás a algún economista consultor extranjero (si éste es el autor del libro de texto que el funcionario estudió en el extranjero, mejor). El peligro es que los economistas extranjeros se acostumbren y, sin considerar los tiempos políticos locales, den sus consejos gratis, pues no querrán ser llamados “mercenarios”.2

La segunda consideración versa sobre la relación del consejero con los políticos que tratan de encontrar economistas con ideas mágicas para incorporarlas a campañas y a planes y programas de gobierno; es posible que tales exorcismos se traduzcan en votos, pues los economistas pueden desarrollar esas ideas y traducirlas en factores políticos.3 

Las ideas acerca de la economía están en los economistas. Pero no todos los economistas son iguales, algunos son académicos y otros, la mayoría, economistas políticos. Los “académicos” son los economistas profesores en los centros de enseñanza superior. De hecho, hay pocos. Sus ideas se diferencian lo suficiente para que valga la pena atisbar quiénes son y por qué piensan de la manera como lo hacen. Construyen sus reputaciones, reconocidas por otros académicos, mediante la publicación de trabajos y, por lo mismo, publican mucho. La mayor parte de esas ediciones no son interesantes y, aunque elegantes, son casi imposibles de leer porque se llenan o con material matemático denso o con un lenguaje todavía más espeso. Pero no se progresa como académico resolviendo los problemas de la economía real, se progresa al convencer a sus pares de que se es un experto. 

Tales limitaciones son un problema para los políticos, quienes quieren respuestas positivas. Pocos políticos navegan en las aguas de los académicos, buscando ideas que puedan llegar a convertirse en votos. Los académicos no dicen lo que los políticos quieren o necesitan oír. 

Aquí aparece un grupo diferente de economistas, denominados, en ausencia de una mejor definición, economistas políticos. Ellos, como los académicos, son intelectuales profesionales, pero de una clase diferente: lo que los distingue no es tanto de dónde vienen, sino su lenguaje y el público al cual se dirigen. 

Un académico escribe para sus iguales. Aun al hacerlo para un público más extenso tendrá en cuenta la reacción de sus colegas, que lo inhibirá de decir cosas que suenen bien, pero que sabe equivocadas. Y tras de sus palabras habrá conceptos que ese público no entenderá. 

El economista político escribe y habla para un público amplio. Ofrece diagnósticos ambiguos ahí donde los académicos están inseguros; respuestas fáciles, donde los académicos dudan. 

Los economistas políticos venden libros al público en general; aparecen en la televisión. Hoy es regla general: si se ve a un especialista muchas veces en la televisión, probablemente no sea un experto; los expertos reales están ocupados investigando. Además, es más fácil llegar a ser un economista político, si la mente no se le ha nublado por demasiados conocimientos de los hechos económicos o por las teorías económicas existentes; sólo así se puede ser completamente sincero al decir a los políticos lo que éstos quieren oír. 

Una vez minada la influencia del paradigma del pensamiento keynesiano, los economistas han propuesto una gama de nuevos prototipos que luchan por reemplazarlo. La división es artificial y los participantes se encuentran en más de un campo. El conflicto no tiene visos de resolverse y la búsqueda del cimiento teórico-paradigmático de la ciencia es motivo de enconadas diferencias. La economía ha de recrear un periodo que permita la unidad teórica y el avance en el desarrollo de las ideas. En todo este embrollo teórico aparece el concepto “neoliberalismo”, que parece tener más un contenido propagandístico que científico. 

Es en este contexto de calificación del economista y de confusión teórica en la ciencia, en el que el libro de David Ibarra debe leerse con esmero y cuidado, para descifrar los conceptos escondidos en una prosa que aparenta ser simple y llana, pero que dice más de lo que un lector descuidado puede encontrar. 

Una estudiante de la Universidad de Chicago, al mencionarse el papel que desempeñó el profesor David Ibarra en la elaboración del plan de estudios de la entonces Escuela Nacional de Economía, hoy Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México, interrumpió para preguntar si “seguía siendo cepalino”. 

No es extraña la pregunta en un medio donde los adjetivos funcionan mejor que los sustantivos. Es posible que David Ibarra sea todavía “cepalino”, pero eso no importa, lo que interesa es la congruencia de sus supuestos, la validez de sus planteamientos y la universalidad de sus conclusiones. De acuerdo con ello, para evaluar los supuestos, los planteamientos y las conclusiones es necesario considerar la situación de la ciencia económica. 

Dentro de la confusión teórica, los economistas políticos usan elegantes y confusos modelos económicos para esconder las debilidades de sus análisis; sin embargo, en la obra que comentamos, a pesar de que el autor maneja “el modelaje económico” ha renunciado a él, prefiriendo el discurso retórico, utilizando las cifras sólo para apoyar sus puntos de vista. 

Sin pretender encasillarlo en una escuela específica o en un paradigma determinado, el enfoque utilizado por David Ibarra se ubica en las variantes del institucionalismo, pues son precisamente las instituciones las que definen la obra, sin dejar de reconocer el esfuerzo de análisis de las variables económicas, que en última instancia son pasado. Lo que importa es el andamiaje de las relaciones de las estructuras económicas con las estructuras jurídico-políticas y con las ideológicas, dentro de las cuales se definen y autodeterminan. 

Para David Ibarra es urgente darse cuenta que “la conducta de los hombres… es una expresión de la red de los valores, leyes, normas, regulaciones o prácticas que se han dado a sí mismos”. Y que “la ruptura con los valores del nacionalismo y la apreciación de las fuentes del progreso futuro del país provocan discontinuidad cultural, porque alteran los significados de las prácticas sociales y porque modifican la integración misma de las élites nacionales y de sus intereses”. 

En la experiencia de México, el gobierno seleccionó los objetivos sociales y la remodelación de las instituciones económicas; determinó el sentido y el ritmo de esas reformas, y consideró erróneamente una condición de “ceteris paribus” la estructura institucional y sociopolítica. 

El elemento que se destaca es la importancia de reconsiderar el balance entre los sectores público y privado, donde el primero sea revaluado. En otras palabras, el contexto esencial significa reconocer la expansión de la intervención pública, pues en la legitimación del sector público dentro del sistema capitalista descansa la crisis de la visión contemporánea. 

Ibarra reconoce que “pasar de un régimen casi autoritario a otro de modernidad democrática entraña el aprendizaje del arte de debatir, ceder, acomodar y arribar a soluciones compartidas”. Y acepta que “impulsar el cambio estructural y arrostrar sus consecuencias temporales (percibidas en débil crecimiento, deficiente distribución de las actividades productivas, menor empleo o mayor concentración del ingreso)”. En cuanto al papel de la educación superior señala que: “la educación superior se bifurca, los centros privados ganan terreno, tecnifican la enseñanza, pero angostan la crítica, mientras las universidades públicas pierden status académico y ceden terreno en cuanto a constituir núcleos independientes de cultura y de formación de valores”. No ofrece alternativa, lo que se comprende no es fácil. 

El análisis empírico le sirve para ratificar su planteamiento general: para que “el Estado logre encontrar el justo balance entre sus nuevas funciones de mediador de los acomodos globalizadores y la atención de las demandas postergadas de la población a la que sirve”. 

En este contexto, se puede entender que el libro tenga todas las virtudes y todos los defectos de ser el producto de un académico que ofrece consejos de manera gratuita, aun corriendo el peligro del ostracismo; se dirige a un público que será difícil aprehender, pues cuida el examen de sus correspondientes; no expresa lo que los políticos desearían escuchar: ofrece ideas que los economistas empresarios aprovecharán, y se debate en el pantano de la ciencia económica, decidiéndose por un análisis histórico e institucional. 

1Definida por Hayek como “el convencimiento de que el orden existente ha sido creado deliberadamente, y lamentando no haberlo hecho mejor”. (Friedrich A. Hayek, La fatal arrogancia. Los errores del socialismo, Unión Editorial, Madrid, 1990.) 

2Rudiger Dornbusch, entrevista al periódico Reforma, 16 de octubre de 1996. 

3Paul Krugman: Peddling Prosperity. Economic Sense and Nonsense in the Age of Diminished Expectations, W. W. Norton & Company, Nueva York, 1994, pp. 13-19.