Shostakovich: Sinfonía no. 15

Gothenburg Symphony Orchestra. Neeme Järvi, director

Deutsche Grammophon

Dmitri Shostakovich (1906-75) fue quizás uno de los más exitosos y comprometidos compositores soviéticos, amén de dispuesto propagador de los ideales del Partido. Secuela de su devota responsabilidad nacional fue el Premio Stalin que en 1949 recibió por el oratorio La canción de los bosques op. 81, cuyo tema glorifica el plan quinquenal de reforestación y la restauración de las vastas regiones sedientas de la Unión Soviética. 

El inicio “oficial” de un trayecto esplendente en la creación data de 1926, cuando presenta para su graduación en el Conservatorio de Leningrado la Primera sinfonía op. 10. El compositor se acredita así el reconocimiento fuera de su país, cuando Bruno Walter la dirige en Berlín y el entusiasmo a ultranza de Stokowski la promueve desde los podios de los escenarios estadunidenses.

Opus concluyente en la producción de este género, la Sinfonía no. 15 entalega el mérito hercúleo de que su factura exigiera el constrictivo plazo de sólo un mes (julio del 71): fehaciente evidencia de la destreza lograda por Shostakovich casi al término de su vida. La partitura está construida sobre una estructura de cuatro movimientos, cuyas naturalezas se contraponen alternadamente: 1. Allegretto. 2. Adagio. 3. Allegretto. 4. Adagio-Allegretto-Adagio-Allegretto. La oscilación de estos planos emocionales (efectivo artificio entre luz y sombra) enriquece aún más la ya opulenta expresión de la orquesta; y es ésta una de las características superlativas del métier del músico soviético. Como en su Quinta sinfonía, donde se cuelan los grandes lineamientos dramáticos de Tchaikovsky coloreados con moderada disonancia, encontramos en esta sinfonía última, alusiones a dos músicos que, posiblemente, fueron reservorio de su devoción: Rossini y Wagner. 

Luminosidad del primero, y umbríos tonos del alemán. Citas de Guillermo Tell se reconocen en el primer movimiento, y rítmicos tambores acompañan la marcha funeral del Sigfrido del Ocaso de los dioses al comienzo del final del cuarto. 

La mixtura afortunada de la acentuación del sentimiento romántico con inclinaciones modernistas, y una deleitable sagacidad lúdica del ritmo, otorgan a la obra un rango de chef-d’oeuvre del último sinfonismo soviético. 

El registro y la interpretación del versátil Järvi, enaltecen sobradamente el adiós de un gigante indiscutible.