José Joaquín Blanco. Escritor. Su más reciente libro es Crónica literaria.

Uno de los motivos más exitosos de la poesía simbolista francesa (Baudelaire, Verlaine) fue el amor lesbiano. Ocurrió también en la pintura impresionista, con su larga colección de “bañistas”. Y en el mármol, como todavía las vemos hasta en Bellas Artes: las ninfas con peplos delgados y transparentes, desceñidas, mostrando minuciosamente senos, caderas y piernas, incluso el pliegue del pubis, aparecen en grupos eróticos sin varón.

Se trata un poco de la escuela de Safo, es decir, de un lesbianismo púber y casi inocente de colegialas -sin penetración, ¿qué puede ocurrir realmente, en serio, entre las chicas?, se preguntaba la moral sexual falocrática de la época-, anterior al matrimonio; y que se suponía habría de desaparecer con él: travesuras de niñas antes de que conocieran hombre.

A pesar de la censura, de algún reclamo judicial (Baudelaire), la sociedad europea culta de la segunda mitad del siglo XIX fue no sólo tolerante sino consentidora de este “estético” lesbianismo juvenil como exquisitez, como excentricidad casi oriental. Hay quien se pregunta si realmente ocurre un verdadero tema lesbiano en esos poemas, cuadros y estatuas de “amigas”, o si son meros pretextos para encender al público masculino, que ve muchachas erotizadas, pero en una acción que juzga sin culpa, sin penetración y sin verdadero rival.

Ya venía desde antes: todos los circos de Sade, desde luego; Balzac, en La muchacha de los ojos de oro, inaugura y acaso culmina ese tema; Delacroix pinta escenas de harén, con hetairas lánguidas, que algo han de hacer entre ellas para no aburrirse. No ocurrió sólo en Europa: están Las bostonianas, de Henry James, y los poemas mexicanos al amor lésbico de Tablada y Rebolledo.

Todo el arte y toda la literatura del siglo XIX persiguen expresar nuevas libertades sexuales: adulterio, amor libre, amor lesbiano. Todavía no llegaba el turno (salvo en resquicios, como el Vautrin de Balzac, en Esplendores y miserias de las cortesanas, en alguna escena de Salambó de Flaubert, en ciertos guiños de El retrato de Dorian Gray de Wilde) a la homosexualidad masculina. Pero se anuncia. Flaubert escribe en sus cartas las escenas -chistosas, monstruosas- que todavía no caben, sin escándalo y sin problemas con los tribunales, en las novelas; Verlaine y Rimbaud componen poemas más pornográficos que eróticos, en páginas secretas, escritas para diversión de un grupo de iniciados. Se parecen a los albures y a las obscenidades de nuestros días.

Pero en Las amigas, el grupo de bellos sonetos lesbianos de Verlaine, deslumbra no tanto su arrojo cuanto su delicadeza, su ternura. No se han escrito en nuestro siglo poemas más refinados sobre las chicas que físicamente se aman. Uno se pregunta: ¿por qué los atributos viriles y el amor homosexual masculino no compartieron tal devoción artística? Refinamiento, seriedad, delicadeza, ternura. Verlaine escribió una treintena de poemas sobre falos, testículos y hombres que se aman, en Parallèlement y Hombres, pero en un tono completamente diverso: deliberadamente soez y cantinero. Circulan profusa-mente, para reírse, los dibujos de los chicos de grandes falos de Aubrey Beardsley.

El mismo camino siguió Proust: ofrece delicadas acuarelas de sus perversillas “muchachas en flor” y espantables aguafuertes de Monsieur de Charlus y de Jupien. Dice Edmund Wilson en El castillo de Axel: “Proust no trata de vendernos la homosexualidad haciéndola aparecer atractiva y respetable, como por ejemplo André Gide… [En las novelas de Proust] desde luego se nos hace sentir la atracción femenina de Albertine y de Odette, mientras que, por el otro lado, ninguno de sus homosexuales masculinos aparece jamás sino en formas horribles o cómicas”.

Igual en Verlaine. El gran hurra de la homosexualidad masculina del siglo XIX, en literatura, fue casto: Walt Whitman y sus camaradas, también bañándose en los ríos, pero como boy scouts, sin genitales, sin ambigüedades sexuales que enturbiaran su fraternidad pura. Puros equipos deportivos. Whitman se indignaba, y no tenemos razón para dudar de su sinceridad, cuando alguien trataba de leer en sus Hojas de hierba “otras cosas”.

¿Sólo autorrepresión, gazmoñería en esta decisión de expulsar los atributos viriles y la homosexualidad masculina de los reinos de la belleza artística? Bueno: ante todo, falta de éxito estético -hasta la época de los modelos de calzoncillos Calvin Klein, al menos- de los genitales masculinos. Han escandalizado siempre, de modo que la mayoría de las estatuas antiguas que los mostraban fueron mutiladas desde los primeros tiempos del cristianismo. 

Pero también han disgustado. A diferencia de los sinuosos y musicales perfiles femeninos, el falo y sus bolsas echan a perder los cuadros. Dicen algunos pintores: es sencillamente feo. Encogido, ¿qué chiste? Erecto, cosa de cantina o de burdel. Incluso en la antigüedad grecorromana, los príapos o términos que se usaban como amuletos para atraer la fertilidad agrícola, eran monstruosos y risibles. Escenas idílicas: las “amigas” que se tocan los senos, pubis, caderas… ¡qué cochinada las puñetas! 

Se necesitaba muchas veces de todo el talento de los pintores y escultores clásicos para mostrar los falos y los testículos (como en escenas de guerreros y jugadores olímpicos) sin atraer las carcajadas o el disgusto -a veces los reducen, o los esconden en la mata de vello (así es de discreto, en nuestros días, David Hockney)-. Los racimos colgantes no caben en las simetrías ni en las áureas proporciones del arte sublime. Hasta en el David de Miguel Angel: qué majestad de las manos, qué humildad del capullo. Lorca y Cernuda pintaban a sus gitanos, muchachos andaluces y jóvenes marinos con los calzones bien puestos.

Las liberadas mujeres artistas y escritoras de nuestra época no han superado el escollo: rara vez logran celebrar la genitalidad masculina. Hablan de la Pareja. Celebran, sabias, su experiencia de ser amadas… por tan antiestético instrumento. Se cantan eróticamente a sí mismas, ¡ni modo de cantarle a eso! ¡Y la estética gay de Francis Bacon! (Acaso los strippers de los bares exclusivos para damas gocen de mejor fortuna: aunque su show concluye en cuanto se quitan la tanga, y entonces de plano hay que apagar la luz. Las coristas, en cambio, pueden lucir sus atributos enteros y bien aceitados toda la noche…)

Por lo demás, al hombre heterosexual siempre le ha gustado (y lo vemos hoy en el table dance) cierto lesbianismo en las cortesanas. ¡Pero contemplar falos ajenos, incluso el propio! Asunto de risa o de franco disgusto, como ver que alguien defeca. Muy natural, pero no es arte. Incluso disgustan otras partes del cuerpo masculino, que la plástica suele androginizar un poco, depilándolas: una cosa son caderas y senos jugosos y alabastrinos, y otra nalgas y pecho exiguos y con pelos. Para no hablar de barrigas. Cierta gordura en la mujer siempre ha encontrado sus escultores prehistóricos, sus cultos étnicos, sus Rubens. La panza de los hombres, ¿cuándo? Sólo en la comedia, al amparo del comprensivo dios Baco. Y las calvas, y las papadas… La poesía sublime sigue siendo monopolio de las Gracias; apártate, joto feo, entona la Sátira de Salvador Novo.

Nada de malo hay en los desnudos femeninos, nos dice algún liberal “curador” de museos: son pura música. Pero en los masculinos mejor esconder los genitales, y acentuar el talle juvenil y los músculos atléticos, para que los sustituyan como ideal de prepotencia y servicio eficaz. A veces, como en conocidas fotografías eróticas de principios de siglo, se tolera que efebos, pastorcillos, exhiban sus cositas como si no las tuvieran. Nada de tocárselas. Y sin erección, o de plano ya es puro porno.

Incluso en el siglo XX, la mayoría de los relatos de homosexuales varones se han andado por las ramas (E.M. Forster, Cocteau, Julien Green), o han preferido la picaresca sobre el idilio (Genet). Y cuando han intentado el amor sublime, oscurecen toda genitalidad. Esos higos. Esos pepinillos. Esos apéndices. Esos rabos. ¿Cómo hacer arte con eso? Que se tapen sus vergüenzas, por inarmónicas, y queden casi lisos como “amigas”; apenas cierta curva discreta en las mallas de los bailarines, en los calzoncillos de los concursantes del bodybuilding. (Quienes de plano no se miden son los toreros: ahí traen todo el paquete chorreado, atamalado, omeletteado, sobre un muslo, como un paliacate hecho bola.)

La conclusión es simple y conocida. En la cultura occidental, y probablemente en todas las culturas, el ideal de belleza es femenino. Se reservan al varón los más prestigiosos ideales de la fuerza y el carácter. Cavafis, García Lorca o Tennessee Williams hacen atractivos a sus galanes no con la pintura de sus atributos sexuales, sino mediante odas a su carácter y a su fuerza. Los hacen intensos personajes dramáticos. (La metáfora fálica de Marlon Brando, en Un tranvía llamado deseo, fue su T-shirt sucia y muy mojada de sudor.)

Al sexo bello se le suele regatear personalidad, tanto como se celebran sus dones estéticos: las “amigas” y las “bañistas” del simbolismo y del impresionismo esplenden como flores carnales, sin distraerse con tanta psicología. Y que, por favor, no hablen porque se rompe el embeleso estético. 

Se puede divagar cuanto se quiera. El hecho conciso es que hemos cumplido más de un siglo de celebraciones sublimes, exquisitas, armónicas, del amor de las bellas “amigas”, desnudas, con sus exuberantes atributos sexuales plenamente expuestos. Los amigos, en cambio, saben que su feo sexo da pura risa, lo mismo erecto que encogido. (Nada tienes que ver con el arte, gallito inglés.) La gran musa de la genitalidad varonil es la cómica. Lo que, bien mirado, ¿por qué considerarlo demérito? 

Fuentes: Johns, Catherine: Sex or Symbol. Erotic Images of Greece and Rome, Austin, University of Texas Press, 1991; Luce-Smith, Edward: Sexuality in Western Art, Londres, Thames and Hudson, 1991; Ariès, Philippe et al (eds.): Historia de la vida privada, 4. De la Revolución Francesa a la Primera Guerra Mundial, Madrid, Taurus, 1989; Reade, Brian (ed): Sexual Heretics, Male Homosexuality in English Literature from 1850 to 1900, Nueva York, Coward-McCann, 1970; Coote, Stephen (ed.): The Penguin Book of Homosexual Verse, Londres, Penguin Books, 1983.