Noé Cárdenas. Escritor. Secretario de Redacción del suplemento cultural El Semanario del diario Novedades.

“Escribir una crónica de la Ciudad de México es ya una tarea imposible” -dice Noé Cárdenas-. Pero no lo es la de los encuentros de uno mismo con sus vestigios y sus nuevos modales.

Héctor Perea

México: crónica en espiral

Consejo Nacional

para la Cultura y las Artes

Colección Cuaderno de viaje

México, 1996

91 pp.

En algún capítulo de esta “crónica en espiral”, Héctor Perea dice, haciéndose eco de las palabras de José Emilio Pacheco, que “la ciudad más grande del mundo, la más contaminada, la más llena de historia de América, celosa como pocas, puede cobrar, y de hecho lo hace con saña, su tributo de atención. Tributo prehispánico, colonial, cotidiano”. Residente de Madrid durante largas temporadas, el regreso -o los regresos- de Perea a su natal Ciudad de México le exigen un tributo de reconocimiento que el autor resuelve revisitando los lugares que, o bien son los biográficamente suyos, o bien los que se ha apropiado con arreglo a sus gustos, curiosidad y sensibilidad. El breve volumen México: crónica en espiral sería, por este camino, la materialización literaria del tributo que México, como imantador “ombligo de la Luna” o “hijo de la Luna”, le ha exigido -o despertado- a Perea.

Menuda tarea, ya que si hay que coger al toro por los cuernos, primero habría que identificar los cuernos. Y los habitantes de esta ciudad sabemos más de manchas voraces, de leviatanes y de behemotes que figuran la condición inabarcable de un lugar, que del ensueño acuático y de transparencias atmosféricas que mítica y poéticamente le adjudicamos a esta zona, cuando albergaba espléndidos palacios, jardines y zoológicos hoy invisibles. Somos testigos, también, los habitantes de esta región de lagos desecados, de la merma sempiterna propagada por las medidas gubernamentales, así como de la multiplicación abominable de las fritangas y las fayucas que se extienden sobre el suelo como antes el agua. De modo que escribir una crónica de la Ciudad de México es ya una tarea imposible por ser nuestra mancha urbana inabarcable, pero no es una labor desdeñable, al menos literariamente. Para la Ciudad de México, de superpuesta historia, sólo caben los itinerarios personales: el registro íntimo resultante de conjugar vestigios con recuerdos y con esperanza o, mejor, con expectativas.

Héctor Perea sorteó su obligación para con la capital apelando a itinerarios citadinos de sus mayores: el lector de esta “crónica en espiral” hallará progresivamente citas librescas en las que Perea fundamenta o justifica sus opiniones acerca de la ciudad. En este sentido, el autor afinca su visión en las descripciones clásicas o tradicionales que han dicho al respecto poetas, cronistas, historiadores y novelistas: Nezahualcóyotl, González Obregón, Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, además de las visiones plasmadas plásticamente por distintos artistas. Así, por ejemplo, Perea echa mano del palimpsesto al rehacer ciertos itinerarios que alguna vez hicieron en la ciudad algunos personajes de Carlos Fuentes, como el marido de Elena que recorre el Periférico en su MG hacia Las Lomas con la otra Elena en la mente. En otros momentos, es el Dr. Atl y sus amores ardientes con la Mondragón en las habitaciones del Claustro de la Merced quien atrae los pasos de Perea.

Que Héctor Perea haya escogido la espiral como artificio formal para escribir su crónica -el texto comienza con la excursión nocturna de unos presos en el año 1914 y concluye con el mismo episodio- responde a que de esa manera lo mismo quedan integrados lugares y tiempos. En alguna de las vueltas de la espiral el lector asiste a las remodelaciones maravillosas que el rey Nezahualcóyotl hizo en Chapultepec y a la creación del bosque artificial de Tetzcotzinco del que hoy sólo queda el registro documental; de pronto, en otra vuelta de la espiral, el lector “navega” junto con el autor en la Internet en busca de datos acerca de México, experiencia frustrante que Perea describe así: “Flota por el hiperespacio un México falso; o, cuando menos, uno apenas entrevisto, muy, muy apretado y parcial”.

Los prestigios de barrios como Coyoacán, San Angel y Mixcoac; de colonias como la Condesa, la Juárez y la Roma quedan suscritos por el autor, en cuya crónica en espiral no caben, más que entrevistas en perspectiva, las zonas marginales y paupérrimas de la capital. La cuestión es que la miseria es monótona. Y la monotonía no es competencia de esta crónica en espiral. La visión de Héctor Perea es egregia: “Venecia o Pompeya americana, México se oculta cuando más se muestra. Y siempre deja mucho, lo deja todo por decir”.