La crisis mexicana de 1995 ha generado una gran cantidad De interpretaciones y críticas. Muchas de ellas aparecen en el libro que aquí se comenta, y avanzan en dos direcciones: sobre el programa de ajuste y sobre los paradigmas del desarrollo.

Rolando Cordera Campos

(compilador)

1995: La economía mexicana en peligro

Cal y Arena

Colección Los Libros de la Condesa

México, 1997

Para contribuir al análisis y al debate sobre el rumbo que seguirá la economía mexicana, es necesario remitirnos a las lecciones y experiencias derivadas de la crisis reciente que vivió el país. En ese sentido, el libro 1996: La economía mexicana en peligro, que compila Rolando Cordera, tiene la virtud de ofrecer un seguimiento de la evolución de la crisis de la economía mexicana, de los matices que fue tomando y las propuestas que fueron surgiendo, pero lo más importante fue hacer públicas las opiniones y el sentir de los actores económicos y políticos. 

El libro es resultado de la sistematización de una serie de mesas redondas realizadas durante 1995 en el programa televisivo Nexos donde Cordera reúne y sienta en la mesa de discusión a connotados especialistas, académicos, consultores, así como a funcionarios públicos y representantes de partidos. Las mesas fueron jornadas de reflexión, aprendizaje, polémica y deliberación con el compromiso común de sacar lecciones para el futuro y contribuir al debate nacional sobre la economía y el desarrollo de México. 

Destaca asimismo la oportunidad en el abordaje y discusión de los temas seleccionados, logrando con ello establecer un diagnóstico coyuntural de la problemática que enfrentaba nuestro país después del derrumbe financiero de diciembre de 1994. En efecto, la emergencia económica obligó al gobierno a tomar una serie de medidas orientadas a reducir y eliminar en el menor tiempo posible los devastadores efectos del proceso devaluación-inflación-recesión. 

Grosso modo los temas desarrollados se pueden ubicar en dos vertientes: el debate sobre el programa de ajuste y los paradigmas del desarrollo. Así, se reflexionó sobre las decisiones económicas, el paquete de apoyo financiero, el empleo y la política industrial, el régimen cambiario y las propuestas de los partidos políticos y de los empresarios para superar la crisis y recuperar el crecimiento. 

El Programa de ajuste

En la primera parte del libro se efectúa un interesante análisis sobre la crisis, sus causas y el programa de ajuste económico y las perspectivas que en ese entonces se vislumbraban. Inicialmente las posiciones de los participantes, aunque en algunos momentos antagónicas, confluían en la perspectiva de que la crisis era de corto plazo e incluso que en ese mismo año se podría alcanzar la estabilidad y un crecimiento de la economía. 

Los que sostenían esta posición argumentaban que el programa económico, la fortaleza del aparato productivo y el respaldo financiero, abrían un panorama positivo, capaz de incrementar las exportaciones y de mantener y generar empleo. No obstante, se corría el riesgo de que si la sobrerreacción de los mercados financieros era más duradera, el ajuste en el sector productivo sería más fuerte; situación que finalmente se dio; la caída de 6.9% del PIB en 1995 es fiel reflejo de ello. 

La profundidad y dimensiones que tomaba la crisis mexicana y sus efectos sobre los mercados internacionales, motivó a que los Estados Unidos otorgara un paquete de apoyo financiero del orden de los 50 mil millones de dólares, temática que generó gran controversia en las mesas de análisis y discusión, ya que se argumentaba que era limitado pues sólo resolvía la coyuntura, pero no resolvía la crisis de confianza y la estructural, que tiene que ver con la deficiencia del ahorro interno. Finalmente los participantes reconocían que el paquete salvó al país de una crisis financiera mucho mayor. El secretario de Hacienda advertía que el ajuste económico sería intenso pero que hacia finales de ese año se podía retomar la senda del crecimiento. 

Otro de los temas a debate y que generó gran polémica fue el análisis del Programa de Ajuste Económico (PARAUSE) aplicado por el gobierno, por parte de los representantes de los partidos políticos. La pregunta obligada en esos momentos era: ¿había otras alternativas para enfrentar la situación económica? Aquí se manifestaron en mayor medida las posiciones antagónicas que existen entre los partidos políticos. 

La posición del PAN era que el gobierno absorbiera el mayor costo de este ajuste y no trasladarlo a la sociedad. Señalaba que una de las críticas más sólidas al programa era la ausencia de un proyecto económico integral, de largo plazo, un paquete compacto que pudiera prever medidas fiscales, financieras, crediticias, pensadas para el desarrollo de la planta productiva, el empleo y el salario. 

El PRI, en defensa del programa, argumentaba que no se podía pensar en una política de largo plazo porque los tiempos se acortaban, por lo que frente a esa coyuntura hubo necesidad de un programa coherente en el que todos tenían que sacrificar ingresos y gastos. Por su parte, la propuesta del PRD consistía en buscar un modelo alternativo basado de manera fundamental en nuestra capacidad de crecimiento. 

Uno de los temas relevantes abordado en los paneles y que aún se encuentra en la mesa de discusión, es el tipo de cambio, variable que ha sido el detonador de las crisis económicas en la historia reciente de nuestro país. David Ibarra ha señalado que a partir del cambio en el modelo hemos experimentado devaluaciones que se han convertido en traumáticas. Por ello, preguntas como ¿qué tipo de cambio, qué régimen cambiario debe tener México para salir de las recurrentes crisis de desestabilización, inestabilidad financiera y monetaria que aquejan no sólo a nuestro país sino a muchos otros del mundo?, hoy continúan vigentes. 

En esos momentos, sobresalía la propuesta de crear un “consejo monetario” basado en tres normas: que la total convertibilidad del peso frente al dólar fuera garantizada por México; un tipo de cambio fijo sencillo; y que el aumento de la base monetaria no excediera la cantidad que había en reserva, que en nuestro caso es casi en su totalidad en dólares. 

Lo anterior implicaba, en palabras de V. Brailovsky, que el Estado decidiera no ejercer su soberanía monetaria para manejar la economía. Argumentaba que hacerlo, dada la libertad de capitales existente, sería muy complicado y tendría resultados adversos. Por su parte, Roberto Salinas señalaba que lo atractivo del consejo monetario era que los verdaderos propietarios de las reservas serían los mexicanos, no el gobierno, que se trataba de un esquema que podía mejorarse, y que sería importante tenerlo presente para adoptarlo en el esquema cambiario de México. 

Otro de los temas tratados y que es ineludible en el debate actual, es el del empleo. Con la crisis, las empresas enfrentaron serias dificultades para mantener el número de trabajadores, lo que contribuyó a agudizar el problema del empleo. Baste recordar que el número de trabajadores asegurados en el IMSS que perdieron su empleo durante 1995 fue de 814 465, y se supone que adicionalmente demandaron trabajo 900 mil personas que ingresaron a la PEA. De esta forma, el desempleo se incrementó en 1,700,000 personas sólo en ese año. 

Las propuestas para tratar de resolver el problema del empleo fueron de un extremo a otro. Algunas señalaban que la devaluación del peso posibilitaba retornar al esquema de sustitución de importaciones. Se decía que con esa coyuntura se presentaba una oportunidad “extraordinaria” a una gran cantidad de empresas, y por tanto también se podían generar muchos empleos. Otros participantes argumentaban que se debía fomentar en un primer momento el autoempleo, para que después se evolucionara a la formación de microempresas, que se insertarían a la cadena productiva, pero para ello se requería capacitación y una simplificación administrativa para este tipo de trabajos. Para otros, la generación de más empleo requería de una productividad alta que debería ser impulsada como un programa nacional.

Finalmente, Carlos Márquez señalaba que no existe un problema de empleo en México, porque muy pocos pueden darse el “lujo de estar desempleados en este país”. Lo que habría que hacer, es que esos empleos que están subremunerados mejoren, que tengan acceso a los factores de la modernidad, para que de esta manera se resuelva el problema, que es básicamente de distribución inequitativa del ingreso y no tanto de empleo.

Por mi parte creo que en cuestiones de empleo hay mucho por hacer. Se trata de igualar las oportunidades entre los trabajadores que han tenido acceso al mercado formal y los que laboran en el informal. No sólo es obligación del Estado ofrecer capacitación, sino también de las empresas. A lo que tenemos que aspirar es a contar con información sobre los mercados ocupacionales: salarios, horarios y calificaciones requeridas. 

Al abordar el tema de política industrial, se manifestó un consenso entre los participantes, en la necesidad de definir a la política industrial como ayuda al mercado, a la competitividad, a la articulación del aparato productivo. Se pronunciaron por una política que esté encaminada a promover la inversión privada en infraestructura, una política de promoción a la exportación y a la planta productiva, centrada en especial en la pequeña y mediana empresa, ya que constituyen la columna vertebral de nuestro sector productivo. 

Actualmente, a pesar de haberse dado a conocer oficialmente el Programa Industrial y de Comercio Exterior, no se ha logrado, en los hechos, concretar una política industrial que permita al aparato productivo avanzar y desarrollarse. El reto en lo inmediato es lograr establecer una mayor articulación entre los distintos sectores capaz de generar encadenamientos hacia atrás y hacia adelante, cuyos beneficios tecnológicos y productivos se socialicen. Como señala Cordera, “las lecciones que quedan en todo caso es que las oportunidades sólo se lograrán con base en una real cooperación de los sectores y con una efectiva, rigurosa, intensa y muy abierta deliberación sobre las decisiones públicas”. 

Los paradigmas del desarrollo

La segunda parte del libro es una invitación a la reflexión y análisis sobre los paradigmas que enfrenta el desarrollo. El desarrollo es imperativo en sociedades, que como la nuestra, se encuentran con graves problemas de desigualdad económica, de atraso, de pobreza. Los aspectos que debe tomar en cuenta la política de desarrollo son múltiples: económicos, sociales y culturales. 

En el debate sobre el desarrollo, destaca la propuesta de Jaime Ros que deja entrever tres aspectos económicos prioritarios: tener altas tasas de inversión y de ahorro; eficiencia para utilizar los recursos económicos, y generar una estructura de incentivos económicos que promuevan el aumento de la demanda y en general el crecimiento de los sectores que puedan servir como motor del desarrollo. Al respecto señala que las políticas de desarrollo instrumentadas en México han puesto énfasis en alguno de los tres aspectos, descuidando los otros. 

En los años cuarenta y cincuenta las políticas de desarrollo se enfocaron a alcanzar altas tasas de inversión y a promover una estructura de incentivos que generara un crecimiento rápido de ciertos sectores. En los setenta y ochenta, se le otorga un papel más amplio al mercado para generar la eficiencia en la utilización de los recursos en lugar de adoptar políticas que cubran los tres elementos. 

Por su parte, Urquidi señaló que en la cuestión del desarrollo hoy, es necesario volver a definir o precisar hasta dónde debe llegar la función del Estado. 

En esa búsqueda del desarrollo, se incita al análisis respecto a los planteamientos, propuestas y los dilemas que enfrenta el Plan Nacional de Desarrollo. El Plan constituye para algunos de los analistas, un planteamiento radical, un golpe de timón en la acción gubernamental, pues sin alterar los propósitos reformistas esenciales, la variación consiste, entre otras cosas, en apartarse del economicismo que caracterizó a los planes anteriores y tomar una perspectiva de largo plazo, con una combinación de metas que abarcan el complejo medular de la vida social en México. 

En este primer acercamiento, se abordan temas que tienen que ver con el empleo, el ahorro, la política industrial, las exportaciones y en general con el crecimiento para arribar a la conclusión, si así podemos llamarla, de que la contribución central del Plan Nacional de Desarrollo 1995-2000 reside en el intento por recomponer las dos fisuras más importantes del modelo de desarrollo nacional implantado desde principios de la década de los ochenta. Una sería la falta de relación entre la macro y la microeconomía, al negarse el imperativo de una política industrial como ingrediente del ajuste del aparato productivo. La otra se refiere a la desigualdad distributiva cuyo origen primario debe situarse en los trastornos inevitables asociados con una reforma económica de fondo. 

Prosiguiendo en la búsqueda del desarrollo, David Ibarra habló de la necesidad de que el desarrollo más que un tema económico se vea en su dimensión humana: como el medio para superar la pobreza, para transformar las diferencias en oportunidades y en capacidades para tener una vida medianamente buena. Señaló que el desarrollo está sujeto a un mundo nuevo de percepciones y a una separación cada vez más tajante entre el Primer y Tercer mundo. 

En los países desarrollados ya no interesa el crecimiento cuantitativo, los niveles absolutos de bienestar, sino la calidad de vida, que no se destruya el planeta. En los subdesarrollados, hay una doble preocupación: la necesidad de crecer y progresar, de cerrar esa vieja brecha entre pobres y ricos que se ahonda cada vez más y las acciones que se toman del Primer mundo. Estamos presenciando a escala mundial, concluye, la segunda reforma liberal. 

Ibarra destaca cinco ingredientes necesarios para el desarrollo: una política industrial, el reconocimiento de la dualidad pobreza-riqueza, tener programas de empleo activo, el mejoramiento del capital humano y la necesidad de fomentar una sociedad más austera. El diálogo termina con la invitación para integrar la nación bajo características más solidarias que permeen a los grandes estratos de la sociedad. 

Para finalizar con la exploración del desarrollo, se analizan las “Propuestas para el crecimiento sostenido de la economía mexicana” que es la oferta de los empresarios, como un importante esfuerzo por articular un conjunto de políticas que conlleven al desarrollo. El debate giró sobre todo en torno a las insuficiencias o lo poco desarrollado de algunas propuestas 

Un tema central en la propuesta empresarial, es el énfasis en la necesidad de promover la inversión productiva para el crecimiento. El mérito más importante del documento, sin duda, es que propone una agenda para la discusión en materia económica. 

Lo que podríamos concluir en la búsqueda del desarrollo, es que nuestro país requiere de una serie de objetivos de los cuales se pueden esperar resultados de corto plazo, pero que en el largo plazo lleguen a concretarse en un desarrollo incluyente, que se refleje en los niveles de vida de la población y atienda todos los aspectos de la vida económica, política y social de nuestro país. 

Con el propósito de evaluar lo ocurrido en el ámbito económico en 1995 y analizar las perspectivas para el siguiente año, la serie de mesas redondas de las que da cuenta el libro, finaliza con la exposición por parte del secretario de Hacienda del desempeño de la economía y las medidas de política económica adoptadas para enfrentar y superar la emergencia económica. 

A manera de conclusión, Rolando Cordera realiza una excelente recapitulación de los aspectos fundamentales que caracterizaron lo que denomina la peor recesión de la historia económica moderna de México, detonada por el derrumbe financiero-cambiario a fines de 1994, lo cual vino a cuestionar la estrategia aperturista, ante el movimiento no programado de capitales que padece hoy la economía mundial. Señala que a la luz de la crisis existe una enorme dificultad del gobierno y en general del sistema político para cambiar de táctica y dar paso a otras posiciones y propuestas que permitieran reforzar una estrategia de cooperación e inclusión positivas frente a la emergencia. 

Una de las lecciones que nos deja la lectura del libro es la dificultad que implica hacer estimaciones sobre los fenómenos económicos. Finalmente la pregunta que queda en el aire es ¿cómo hacer crecer a la economía y cómo garantizar que el crecimiento se mantenga en el tiempo? Lo cierto es que, en las actuales condiciones, difícilmente podemos seguir con expectativas sobre estimaciones económicas que se diluyen rápidamente; hoy es cada vez más necesario que tengamos un grado de mayor certidumbre sobre nuestro futuro, para evitar, como dice Ludolfo Paramio (nexos, febrero 1997), que la incertidumbre económica se convierta en incertidumbre social y ésta, a su vez, en incertidumbre política.