Fernando Escalante Gonzalbo. Escritor. Es investigador de El Colegio de México. Entre sus libros, El Principito o al político del porvenir.

Las memorias políticas de Ireneo Paz revelan que la ambición y el interés personal juegan un papel de primera línea en la historia de México. Ese es un tributo a la verdad, no a la candidez.

Ireneo Paz

Algunas campañas

FCE

México, 1997

2 vols.

Con el paso del tiempo, es natural, la historia del país se nos ha venido acartonando hasta quedar convertida en una cosa rígida, desabrida, con algo de caricatura de trazo mediocre, que interesa sólo a los políticos, cuando no tienen nada que decir. Hablo de la historia que podemos leer (y de hecho no leemos) los que formamos el “público en general”. No me quejo porque, la verdad, parece cosa inevitable; para disfrutarla y aprovecharla del mejor modo, a la Historia habría que pillarla justo antes de que se hiciera de bronce: elaborada, ordenada ya como Historia, en trance de muerte pero sin momificar. El problema es que tiende a solidificarse con una rapidez enorme; tanta que los propios testigos y por supuesto los protagonistas cuentan ya las cosas con un envaramiento muy característico, insufriblemente aburrido.

Es por eso una noticia muy plausible la publicación de las memorias políticas de Ireneo Paz, un libro muy apropiado y justo para los aficionados a los relatos de aventuras y un libro de historia enormemente útil. Los eruditos encontrarán lo suyo, sin duda, pero hay mucho más en el texto, para mucha otra gente: páginas abrumadoras, como las dedicadas a la campaña republicana de Antonio Rojas, otras divertidas, de una comicidad espontánea, retratos exactos, memorables, de Lozada, Corona, Rubí, Lerdo. Y hay también la posibilidad, que se antoja obvia, de usarlo como término de comparación con la historia del día, precisamente porque es un relato directo, personal, sin envaramiento, pero también inquisitivo, analítico, mordaz, peleonero y preguntón.

Por mi parte, encuentro sobre todo una larga, compleja, matizada meditación acerca de la política. El hilo del relato y su participación inmediata en lo que cuenta lo llevan a hablar de campañas militares, elecciones, pronunciamientos, pero a hablar sobre todo de los detalles, la trama menuda. Describe por eso las prácticas políticas con una naturalidad y una franqueza que son bastante infrecuentes; habla de lo que tiene que hablar sin aspavientos, con un realismo llano y sensato, como quien está sólo narrando una aventura. Como parte del relato, los arranques heroicos y las pillerías, las traiciones, las trampas más aparatosas e indecentes resultan lógicas y entendibles, naturalísimas; y desde luego, los juicios categóricos parecen desproporcionados si no directamente imposibles.

Puestos a teorizar, a hablar en abstracto, todo es sencillo, claro, hacedero. Puede distinguirse sin dificultad a los buenos de los malos y se antoja obvio, a la distancia, lo que deberían haber hecho unos y otros. Con lo cual no se entiende nada y la historia queda ridícula, de cartón-piedra. Y lo peor, por cierto, es hacer teoría “realista”, que es igual de chata y superficial, pero además inconsecuente. La realidad efectiva de las cosas, ya se sabe, tiende a ser incierta y problemática, y rara vez amerita juicios definitivos. Ahora bien: el contraste no dice que sea imposible juzgar ni que convenga la indiferencia; tan sólo eso, que es preciso andarse con cuidado, que no hay otra virtud intelectual que sustituya al sentido común.

Ireneo Paz, por su parte, no pierde dos renglones en discutir el asunto: va a lo suyo y se limita a contar su historia procurando, como se dice, ponerse en los zapatos de Juárez, de Ramón Corona, de Díaz, porque quiere entender lo sucedido. Es lo que, con mucha pompa, se suele llamar “lógica situacional” y que cualquier narrador avisado y competente ha hecho desde siempre. El caso es que eso, como se le llame, permite a Paz acercarse a los problemas políticos con una mirada comprensiva, cuidadosa, sumamente matizada.

Uno de los problemas obvios, y de los menos manejables, que se plantean de inmediato a una aproximación semejante es el de la complicada trabazón de los asuntos públicos -el poder, la Patria, la Libertad- y las inclinaciones, intereses y deseos de los individuos que se dedican a ellos. Digamos, por ponerle un nombre, el fondo o la trama personal de la política. 

Es evidente, salvo acaso para los moralistas más aéreos, que la ambición, el interés, en casos la paranoia o la envidia, deciden los comportamientos políticos tanto o más que las ideas (seguramente mucho más). Pero es difícil sacar de ello alguna conclusión general significativa. Sería tonto pretender que la ambición de Napoleón es algo secundario, o el resentimiento de Robespierre; también, por la otra parte, imaginar que los negocios de Talleyrand invalidan su quehacer político. Y haría falta una candidez verdaderamente obtusa para buscar en esto un “término medio”.

Paz plantea el tema a su manera, es decir, contando historias y procurando ser exacto y, si no imparcial, honesto. El resultado es desconcertante.

La historia de la guerrilla republicana de Antonio Rojas, por ejemplo, ofrece dificultades muy considerables y bastante típicas; es el caso del patriotismo interesado, desaprensivo y abusón. Se trata de una horda de bandidos particularmente salvajes, violentísimos, que luchan contra el Imperio de Maximiliano. Van a la guerra porque algo sacan en ella; de hecho van con la condición de que se les permita saquear las poblaciones ocupadas. Una atrocidad, por supuesto, pero no tan insólita ni tan fácil de condenar, porque raras veces se verá el término de la comparación: la abnegación absoluta, el puro sacrificio patriótico.

Rojas, además, tiene sus razones. Ellos se cobran por anticipado lo que después no les pagaría nadie. La paz, ya se sabe, es de los licenciados y los comerciantes, de los que se esperan debajo de la cama a que pase la bola y a los que, pasado el peligro, les faltaría tiempo para formar juicio a los bandidos. Con razón, seguramente.

“Este hombre -concluye Paz- que debió haber muerto cien ocasiones en un patíbulo, pereció gloriosamente disparando su rifle contra los invasores”. A menos que se escoja un punto de vista angélico, de las más pura y teórica indiferencia, no hay nada que decir: nada sensato. 

El de Juárez es otro caso de parecida complejidad. Descontando sus probables virtudes cívicas, es muy lógico y verosímil que su terquedad, su ambición, su resentimiento, el placer que encontraba en el mando influyeran en su decisión de defender la causa republicana como lo hizo. También en su capacidad para hacerla triunfar y en su obsesivo deseo de seguir después en la Presidencia, a trancas y barrancas. Lo malo es que no vaya lo uno sin lo otro.

Juárez sabía, por otra parte, que las leyes no bastaban para gobernar, no habían bastado en todo el siglo. De modo que le era forzoso, de todo punto de vista, disponer de otros recursos de control político. Y eso significa que tenía que transigir con los negocios de mucha otra gente y alentarlos, tenía que tolerar chanchullos, fraudes y desvergüenzas, cuando no participaba directamente en ellos.

Esa realidad la conocían también los inconformes que, por su parte, hacían otro tanto. Conspiraban a gusto, cobrando sueldos públicos, pactaban todo tipo de arreglos y usaban los recursos del Estado para preparar pronunciamientos y rebeliones. Algo que, si perdían, se convertía en peculado y malversación de fondos, abuso de autoridad, corrupción; si ganaban, no era nada. Ireneo Paz lo refiere con un desapego notable: no es indiferente, pero tampoco cínico, no incurre en la desvergüenza -tan conocida- de alegar que los desafueros de su partido eran buenos porque ellos sí querían el bien de la Patria. Sabe que hay algo de interés personal en los arrebatos del patriotismo, y sabe también, como decía Martín Luis Guzmán, que hay algo de los destinos de la Patria agitándose en el fondo de la grilla más mezquina. 

Se me ha quedado grabado un párrafo, que da bien el tono del relato, donde comenta el desasosiego que produjo entre los rebeldes de La Noria la amnistía de Lerdo: 

Es decir, que quedábamos otra vez separados de la comunión política, de los destinos del país o, para decirlo como deben decirse estas cosas, quedábamos eliminados del presupuesto.

Lo más intrigante, lo más incómodo es que ese mundo de un pragmatismo crudo, riguroso, inapelable, no está desprovisto de toda moral. Ni siquiera en el sentido vago y sentimental que se le suele dar a la palabra. Son fundamentales, por ejemplo, de una importancia fabulosa, las reglas de la obligación y la lealtad: reglas tan sofisticadas, de una sutileza tal que debía ser difícil saber de qué lado estaba uno, en definitiva, así como era directamente imposible ser del todo consecuente.

Hay muchas cosas más que recomiendan el libro, para cualquiera. La lectura más ligera, superficial, distraída, no puede más que encontrarse con mucho de lo que es este país, en un relato extraordinariamente ágil y amable. El segundo volumen se cierra con una semblanza escrita por Octavio Paz: mesurada, puntual, emocionante.