Música detenida. Urbanismo

En 1954 Martín Luis Guzmán rememoraba la Tacubaya de su infancia, la de finales del siglo pasado y principios de éste, cuando la Ciudad de México, incluyendo las villas aledañas, tenía poco más de un millón de habitantes.

Tacubaya era entonces una villa rústica y señorial. No conocía el drenaje en sus calles ni el alumbrado eléctrico bajo sus techos, pero, en cambio, se deleitaba mirándose a sí misma en la belleza de sus calzadas y sus fuentes y en la lozanía de sus alamedas y sus parques, pues nada suyo carecía de luz. Florida toda ella, por sobre las tapias y las verjas de sus casas, chicas o grandes, se desbordaban los floripondios y las bugambilias, y al abrirse sus portones más anchos o sus postigos más estrechos se mostraba inmediata la visión, fresca y umbrosa, de algún jardín. El aroma de las flores era su atmósfera. La iluminaban los brillos del sol, sombreados por la humedad de la lluvia o su recuerdo, y el iris de la escarcha o del rocío. Era clara y armoniosa. Enriquecían su silencio el aleteo de las palomas en la transparencia del aire, el graznido de los patos en vuelo hacia la laguna, o el canto del jilguero y la calandria, el grito del pavo real. Era elegante, era bucólica. Uno que otro carruaje de hermosos caballos, tranvías diminutos tirados por mulitas veloces, algún jinete, burros cargados de arena o carbón, rebaños de ovejas o vacas, daban tono a la soledad de sus calles, sobre cuyo empedrado corrían o jugaban a lo lejos unos cuantos niños. Era apacible. De tarde en tarde transitaban por las aceras, hechas de baldosas, hombres que no ponían prisa en el andar y mujeres generalmente atareadas y menudas, humildes las más, pero todas con cintas de colores en el pelo y la gracia del rebozo caída a la espalda.

Lo grato y amable no paraba ahí. En torno a la primitiva placidez urbana se extendía, grandioso y sin término, el espectáculo de la belleza natural. Quedaban próximas, casi al alcance de los dedos, las inmensas cortinas de los bosques aledaños, inagotables en su verde ascensión por colinas y lomeríos. Se veía de dondequiera, remota y cercana a la vez, la mole del Ajusco, oscura e incomprensible, pero prescindiendo día y noche, con hosca majestad de su cima, hasta las más recónditas pulsaciones del valle. Y más lejos todavía, pero también más alto y armónico, y reflejándose en la superficie de los lagos como para levantarse a mayor altura y adquirir otra dimensión, completaba las luminosidades de aquel pueblecito un ritmo múltiple, doble de forma y de línea: el juego de colores de los dos volcanes, de cumbres de nieve.