La ciudad y el espejo Cine y video

El cine acaba de rescatar a El Santo de su pasado televisivo. No nos referimos al “enmascarado de plata”, no, claro, sino a Simon Templar, el único caballero andante de este siglo.

Lo habíamos visto encarnado por la figura 100% británica de Roger Moore. Lo habíamos visto en locaciones especialmente diseñadas para televisión, con el ambiente opaco que solían tener las series de los setentas. Lo habíamos visto con la elegancia que se volvió sello de identidad para una generación que también creyó en El agente de Cipol y Espías con espuelas. Pero ahora el cine nos entrega un Santo renovado, con toda una industria tecnológica a su servicio, y quizá demasiado joven o muy norteamericano.

En efecto, Val Kilmer es el nuevo Santo. ¿Mejorado? Al menos interpretado por un actor que ya demostró -en Batman, por ejemplo- que la seriedad no le va tan mal. “Muchos me tildan de perfeccionista. Yo lo considero una lucha contra el abuso”. Ya veremos. Por el momento, lo que uno podría esperar sin querer jugar al exquisito, es que el filme sepa captar la esencia del personaje, quiero decir, que tome en cuenta que estamos frente a un camaleón, frente a un maestro del disfraz, y que hace falta una buena dosis de talento para serlo con la justeza debida. Quizá no podamos esperar que Philip Noyce -el director de Patriot Games- haya respetado la vena de humor inglés que impuso Roger Moore, pero sí que respete a los conocedores y fanáticos de la novela policiaca en una de sus manifestaciones clásicas: la del caballero metido a combatir la vulgaridad del crimen.

No es fácil caracterizar a un personaje cuya virtud consiste en que, sin dejar de ser él mismo, es capaz de asumir un número ilimitado de identidades y de rostros. Para ello, Kilmer debió modificar un 80% del guión original. Sí, por supuesto, al parecer casi todo estuvo en sus manos. Y esta percepción se vuelve más clara si añadimos que además tiene que interpretar siete personalidades distintas, siete ánimas desdobladas de El Santo.