Cinco salas del Palacio de Bellas Artes alojan durante los meses de abril y mayo una bien merecida retrospectiva de Fernando García Ponce, a diez años de su muerte.

El tiempo es un aliado devoto o un enemigo implacable en la permanencia de una obra de arte. Su arriesgada condición de tamizar entre sus fauces – porque en su oficio de vivir no es nada complaciente – un determinado espacio asaltado por la pasión, el espíritu y la inteligencia de un artista, como en el caso del pintor Fernando García Ponce, permite sopesar con larga paciencia y vasto entendimiento su significación real, el ansiado equilibrio entre fuerzas premonitorias líricas y conceptuales. La obra de García Ponce, como la de sus compañeros de generación Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, Vicente Rojo, está signada desde sus inicios por el feroz atrevimiento y la rabiosa concepción de romper viejos moldes en la búsqueda de una nueva forma de expresión que en su propio y amplio registro dé cabida a su obsesiva manifestación silenciosa de transformar la realidad en “otra” realidad, es decir en la suya. 

La abstracción no es una forma perversa de evasión sino la arriesgada perseverancia de asumir -con los riesgos que implica-, en un lenguaje pictórico que a algunos puede parecer críptico, el espacio vacío despoblándolo de toda certidumbre ajena, aunque todavía no exista en el lienzo, para habitarlo de nuevas resonancias que, con una mirada rápida, minuciosa o inquisitiva, depende del espectador, forman o sugieren un cuerpo, un todo. Fernando García Ponce supo a temprana edad que la abstracción no es huida o negación, y logró plasmar en la tela únicamente lo esencial de sus contradicciones. 

El lenguaje pictórico, al principio de tenues sonoridades y colores enteros, de cierto geometrismo, evolucionó hacia una mayor libertad de expresión y aquel silencio primero se convirtió en insistentes rumores y a veces en un mesurado grito de soledad al plasmar en los cuadros su soñada experiencia. Fernando García Ponce, contrario a sus compañeros de generación, fue afinando su obra abriéndola más hacia el desentrañable mundo de la razón, sin por ello alejarse de su mesurado lirismo, lo que le confiere a su pintura un sello muy original dentro de la plástica mexicana.