Carlos Castillo Peraza. Periodista. Acaba de aparecer su libro Disiento.

Hace años que sigo con atención y respeto las huellas que a base de talento y sintaxis va dejando Luis González de Alba. En marzo derrochó erudición y capacidad de divulgación en las páginas de Vuelta, donde abordó el tema de “la mente, el cerebro y la física”. Texto deslumbrante para quien de esos asuntos sabe poco, casi nada, como es mi caso. Antes, en Nexos, encontré sus reflexiones en torno de las barbaridades que le recetaron sus profesores de historia, una veta que sentí a cual más próxima. No en balde la vida me puso del lado de quienes han tenido que cargar, como si fuesen culpas propias, las verdades a medias y las mentiras de la historiografía oficial y oficiosa. En ambas ocasiones le hablé al autor para decirle mis felicitaciones y mi gusto.

También he disfrutado de su humor en efímeras tertulias cabe los muros de su taberna, lugar geométrico de la cocina griega y los recuerdos de las ruinas extra-americanas por las que siento más nostalgia. Lo que queda del templo a Poseidón en el Cabo Sounion, el mar que se ve desde esa colina, la tumba de Kazantzakis en Creta, el paisaje azul y blanco de Santorini condimentados con aceitunas negras, aceite de oliva, orégano y queso de cabra vuelve cada vez que Luis aparece entre las mesas y dicta las cátedras que le apetecen.

Pero ahora el amigo -los fax irónicos que me envía de vez en cuando son más sabrosos que su comida- lanza, en Nexos de abril, las que llama “preguntas inmorales” a quienes somos candidatos a la jefatura de gobierno del Distrito Federal. Como además hizo el favor de enviarme el texto antes de publicarlo, creo que estoy obligado a contestar. Espero que con la misma perspicacia y calidad que mi estimado interlocutor. 

Lo primero que quiero precisar es que, en el fondo, no hay en el artículo de Luis las preguntas que promete el título bajo el que su texto transcurre. Las interrogaciones que uno imagina aparecerán en alguna parte, no están en ninguna. El autor nos entrega, eso sí, sus propias opiniones en materias tan diversas como la tolerancia, la prostitución, la pornografía, la reglamentitis que irrita al más ecuánime de los hombres y otras más relativas a la eventual frivolidad de tales temas, así como a los temores previsibles de los candidatos a pronunciarse al respecto, vistos los nichos de mercado en que andan los votos deseados. 

En cualquier caso, mi opinión es que una verdadera pregunta, ese acto por el cual una persona trata de averiguar lo que otra sabe en torno de algo, no puede ser inmoral. Puede ser indiscreta, molesta, impertinente, inoportuna… Pero no inmoral, si es genuinamente pregunta y no solicitud de glosa a la opinión o al prejuicio propios. Las preguntas por la moral pública no son, no pueden ser inmorales.

Yo comparto con Luis la afirmación relativa a que, en una ciudad, cada quien tiene derecho de dormir en paz si así le place, y a desvelarse tan bélicamente como quiera, si esto no priva a un prójimo de su descanso. Las vigilias desaforadas de los unos deben ser inviolables en la medida que no alteren el sueño de los otros. Legislar en la materia es urgente, como lo señala el autor, pero lo es más que las leyes existentes se respeten en tanto no haya otras, y que las nuevas no pasen a la lista de los preceptos vanos.

Comparto sin matices las aseveraciones de González de Alba en lo que atañe a la prostitución. No es posible prohibirla sin generar una cauda de males sin fin. En mi ciudad natal, un gobernador priista -Loret de Mola- clausuró la zona de tolerancia. Los efectos de la decisión siguen siendo lamentables. Otro gobernador priista -Cuauhtémoc Cárdenas- hizo algo análogo en Michoacán. Ninguno de los seis panistas que han ocupado gubernaturas han hecho algo semejante. Luis tiene asimismo razón cuando añade que la actividad de referencia debe estar sujeta a las normas que rigen actividades comerciales en materia de uso de suelo, higiene e impuestos. Añadiría que lo que sí debería perseguirse es esa forma infame de explotación esclavista que es el lenocinio.

En lo que toca a la pornografía, la fórmula González de Alba me parece impecable: “el derecho de los adultos a ver no puede limitarse más que por el derecho de otros adultos a no ser obligados a ver”. El asunto es de adultos. Incluso en las fotos: no admite este autor que se utilicen modelos menores de edad, ni que se publiquen fotos que los retratados no hayan sabido que se les tomaron.

Por lo que toca a una pregunta, esa sí, de Luis en torno de la “ultrarreglamentación” que inhibe a cualquier aspirante a héroe de la creación de empleos, respondo con el compromiso de llamar al propio autor a que estudie el laberinto y la carrera de obstáculos que ahora es el intento de abrir un negocio, y proponga un procedimiento verdaderamente simple, ágil y definitivo que permita no sólo comenzar a laborar, sino salvarse de los acosos sistemáticos de revisores, inspectores, neoautoridades y demás rémoras. Si González de Alba tiene ya una idea en negro y blanco, bienvenida. 

Aprovecho el viaje para comentar los comentarios que desencadenó un artículo mío, publicado en Proceso bajo el título “Reflexiones condoecológicas”, en el que planteaba una pregunta: ¿es posible ser ecologista y partidario del uso de preservativos? Mi interrogación, basada en algunos datos, molestó a los partidarios de la distribución masiva de condones, así como a don Jaime Sánchez Susarrey. El artículo fue juzgado con base no en lo que decía, sino en lo que no decía, y el escritor de marras lo calificó de “artimaña”, es decir, de trampa destinada a engañar. Nadie impugnó las cifras, nadie negó los datos, nadie respondió a la pregunta planteada. Sánchez Susarrey me aplicó a mí los criterios descalificatorios que utilizaron en otra época contra él los militantes de doctrina o inspiración marxista, cuando criticó los regímenes del “socialismo real”. Y una vez descalificado, adujo en mi contra lo que, a su juicio, le faltó a un texto que desde el título hizo saber qué ángulos del tema trataría, y cumplió con tal oferta.

Yo estoy convencido de que la autoridad política tiene como tareas propias el cuidado de la vida humana, la promoción de la justicia social y la garantía de las libertades. No es competencia suya imponer la virtud, y menos la idea de virtud de quienes gobiernan. También creo que, abstinencias y castidades aparte -a las que la autoridad no puede obligar-, el preservativo es barrera efectiva contra el virus conocido como VIH o del sida. Asimismo estoy convencido de que el Estado no puede prohibir su uso, ni podría arrogarse el derecho de obligar a nadie a utilizar éste o algún otro método profiláctico o anticonceptivo. Le compete poner a la disposición de las personas la información suficiente al respecto: eficacia, consecuencias, costos, opciones diferentes, etcétera. 

También sostengo que preguntar lo que pregunté es mi derecho, como lo es asimismo escribir del tema desde la perspectiva que escogí hacerlo. Los datos que dan base a mi pregunta, tanto como ésta, pueden ser objetados, refutados, negados, pero no utilizarse para montarme un proceso de intención. Mi pregunta, como las de Luis, no es inmoral. Es pregunta.

González de Alba tiene razón: 

Una cultura de la tolerancia hará más por la vida ciudadana que la imposición de un solo criterio a una población plural.

No tengo una frase propia mejor que ésta para expresar lo que pienso.