Hay quien afirma que la democracia ha sido superada por la “mediocracia”. Los medios de comunicación se han vuelto el elemento central del poder político. Si bien no se puede gobernar desde los medios, tampoco se puede gobernar sin ellos: la política está absorbida por el espacio mediático. La importancia de las imágenes, la personalización de las opciones políticas y la utilización de estrategias de comunicación, son instrumentos indiscutibles de la lucha por el poder. 

Debido al constante bombardeo de información, los mensajes más simples -las imágenes- han adquirido gran potencia. La imagen política se encarna en personajes. De ahí que por encima de coaliciones y partidos, los electores aparentemente voten por las personas.

Por su parte, las estrategias mediáticas consistentes en la producción y difusión de informaciones favorables, desfavorables o destructivas sobre personajes o instituciones, parecen ser las más poderosas herramientas de combate político. La dinámica misma de los medios estimula esta realidad. Por lo general, nos imponen un monólogo que imposibilita la interlocución. Con sus reglas no sólo se forman la opinión, la credibilidad y la preferencia política. También se definen vencedores y vencidos. Los ininterrumpidos escándalos y acusaciones en los países democráticos lo demuestran.

Pero si los medios condicionan al poder, ¿quién los limita a ellos? Lo mismo pueden vender información verídica, manipulada o fabricada. La versatilidad de circuitos electrónicos, la libertad de prensa y el derecho a la información hacen casi impensable su control. Los códigos de ética y la autorregulación son un paliativo. Sin embargo, los poderes del Estado siguen sujetos a sus reglas. Por eso hay que encontrar la forma de reforzarse a través de los medios mismos. El comportamiento político de las personas no está determinado por las opiniones explícitas, sino por la información que configura su panorama. Si los gobiernos depurasen sus políticas de comunicación e información y construyesen canales eficientes de relación directa y abierta con los gobernados, podrían contrarrestar y aprovechar la influencia mediática. De no hacerlo, la tarea de gobierno seguirá transformándose en un campo minado de dimes y diretes.