Somos de una época -decía Ortega y Gasset- en la medida en que nos sentimos capaces de aceptar su dilema y combatir desde uno de los bordes en la trinchera que éste ha tajado. Porque vivir es (en esencia) el alistamiento bajo banderas y la disposición al combate. En ese mismo campo de batalla, se observa sobre todo a los autistas (¿serán mayoría?). Impulsados por la permanencia de su más inmediata comodidad, o por el indiferente abandono a la aceptación del mundillo de intensidades selectivas en que vierten sus emociones personales, no parecen aceptar, ni enfrentar, la desintegración y desorientación del cambio. Unidos en su propio impasse, se enfrentan al dilema que los ubica entre la trinchera de la transformación gradual de la realidad y la tranquila compasión ante el espacio más íntimo que les rodea.

Pero en cada una de estas trincheras no ondea una sola bandera, son varias y algunas de ellas se repiten en la zanja de junto. Quizá por eso ninguno se atreve al combate, a disparar una bala. Dispuestos a la refriega, temen que el tiro les salga por la culata. La inmutabilidad reina. Atrincherados, respiran un aire absurdo que oxigena su sangre de sed y desconcierto. ¿Estarán muriendo o sólo midiendo fuerzas para el momento preciso en que habrán de ponerlas a prueba? Les aterra no encontrar los asideros seguros y la información adecuada con qué saltar del parapeto. Conscientes de su momento, de tan insufrible situación, enferman. Pero, al cabo de un tiempo, comienzan a sentir que -como lo dijo Camus- lo importante no es curarse, sino aprender a vivir con la enfermedad. 

Comienzan a desesperar y se convencen de que no pueden postergar más el combate. Seguros de que sólo cuentan con lo que saben, con lo que no pueden negar, envían una declaración de guerra: seamos honestos, no lo podemos evadir, aunque nuestras certidumbres sean pocas y nuestros anhelos bastantes, debemos salir a combatir consciente y lúcidamente. Busquemos y aceptemos nuestro dilema. Y que la congruencia nos salve.