A partir de este número, Nexos abre estas páginas a sus más jóvenes colaboradores: los integrantes de la Conferencia Mariano Otero (COMO).Cada martes, la Conferencia Mariano Otero invita al diálogo y al intercambio de impresiones a distintos personajes de la vida pública mexicana. Es un grupo de jóvenes estudiantes y egresados de varias universidades, sin ideología única. La página COMO ofrecerá cada mes un mosaico de colaboraciones de estos jóvenes con los más diversos asuntos e intereses.

Ojalá estuviésemos innovando, rompiendo esquemas, cambiando el mundo. Ojalá fuésemos por ahí descubriendo hilos negros, respuestas contundentes, fórmulas de gobierno incorruptibles. No parece ser el caso. Hemos cambiado alternativa por alternancia, inocencia por pragmatismo, conocimiento por innovación tecnológica. No hicimos caso de la advertencia de Henríquez Ureña: seguimos memorizando los nombres de los autos, las marcas del calzado, las listas plurinominales. Con frecuencia olvidamos a los clásicos. No importa nuestro origen, somos consumidores tanto como ciudadanos.

Vivimos un tiempo distinto. Nuestras narraciones son breves. Un musical ha de durar tres minutos. Desde 1981, MTV nos permite ver, antes que escuchar, veinte canciones seguidas en una hora. Cargamos el walkman. El discurso político nos resulta poco ágil, siempre lejano, muchas veces extenuante. Para muchos de nosotros, 120 segundos en la Internet es la eternidad, el hastío. Como Daniel Boorstin nos alertó hace veinte años, somos la sociedad de las imágenes, una sociedad que sigue recreándose con lo que parece. ¿Generación X?, ¿quién sabe? Tal vez sólo hiperkinéticos. Saltando de un lado al otro de la frecuencia hertziana o la televisiva. Viviendo con la conciencia de que quien se queda quieto, se estanca. El que se mueve no sale en la foto. Pero qué importa, para eso está el video o el cine; para retratarse en cámara lenta si es que así se prefiere.

Estamos acostumbrados al vértigo de vivir entre hampones y movilizaciones sociales. Si es que no formamos una generación, si es que no queremos ser tachados de homogéneos, cuando menos somos un grupo de personas que enfrenta día con día la tensión del paro laboral, la crudeza de una sociedad que se descubre poco inocente, muy poco solidaria y nada generosa. Nacimos en la crisis, vivimos desde nuestros respectivos natalicios las penurias de la inflación, las contrahechuras del poder, la sensación de saberse hijos, hijos lejanos, de una revolución que está de capa caída. Como grupo de jóvenes, tratamos con nuestros ancestros de burlarnos de la muerte, de esa muerte cotidiana que se llama autoritarismo. La lucha será enorme e interminable. Y en medio de un alud de ironías sobre nuestra desidia e indiferencia, estamos convencidos, si es que la vida al final del siglo XX permite estar convencido de algo, de que no podemos quedarnos sin hacer nada. 

Nuestras voces y escritos, que pueden leerse de forma salteada o independiente, son algo más que una forma sofisticada para deletrear A-R-R-O-B-A. Buscan ser un lugar donde el pesimismo sea capaz de autoinmolarse, una coordenada donde la inseguridad pública sea un estímulo para la creación, un escenario para un grupo de personas que, como muchos otros, buscan aquellas palabras que rasguen su ignorancia y acaso su pertinaz angustia.