Diarios de los años de la guerra (1939-1944)

Después de un largo periodo berlinés, Christopher Isherwood -el antivanguardista y el amante de un estilo llano, casi desprovisto de atributos- emigró a California. Llegó ahí en enero de 1939, cuando ya se presentía la guerra. Ofrecemos una selección del primer volumen de sus diarios, aquella que narra el periodo en el que Isherwood se integró a la vida cultural en Estados Unidos.

Christopher Isherwood (1904-1986), el gran narrador inglés de “la generación de Auden”, tuvo dos épocas, claramente discernibles en su obra y en su biografía: la berlinesa y la californiana.

A finales de los años veinte y buena parte de los años treinta, residió en Berlín y cantó en libros como El señor Norris cambia de trenes (o Lo último del señor Norris) y Adiós a Berlín (traducido al castellano por Jaime Gil de Biedma, y popularizado mundialmente por la película Cabaret), esa época libérrima y terrible, ese frenesí vital de vísperas de apocalipsis, ese mundo instantáneo poblado por antihéroes vitalísimos de la preguerra en Alemania.

Isherwood transformó la prosa inglesa, en opinión de Cyrill Connolly, al abandonar el estilo mandarín y narrar sencillamente, con un tono casi coloquial, racional y claro, siempre irónico, los secretos de la vida cotidiana, lejos de las altas pretensiones intelectuales o estetizantes tanto de los mandarines como de los vanguardistas, tan lejos de Bloomsbury como del Café Voltaire.

En esos años, como sus amigos Auden y Spender, se acercó al socialismo, a la lucha antipuritana inspirada en Freud, al antiimperialismo y al teatro satírico de propaganda social. Ensayó incluso, con Auden, el reportaje de guerra, con un libro sobre China.

Todo ello parecía terminado en 1939, al borde de la guerra. Desilusionados del socialismo (los escándalos de Stalin, pero también de la izquierda en España y en Alemania); un tanto irónicos ahora ante las posibilidades liberadoras del sexo antipuritano, disgustados con la irreformable Inglaterra, Auden e Isherwood se exiliaron voluntariamente en los Estados Unidos, en pos de un nuevo comienzo para sus vidas. 

Ambos buscaron una nueva filosofía de la vida, que encontraron en la religión (Auden volvió al cristianismo oficial anglicano; Isherwood encontró la revelación del yoga o Vedanta), y eligieron ya no representar nada, ya no hacer “grupo” ni política literaria, sino obras solitarias radicalmente personales.

Mientras Auden se consolidaba como el mayor poeta inglés posterior a Eliot, Isherwood continuó su obra de narrador llano, sincero, casi coloquial, irónico, con libros que fundaron y culminaron la contracultura norteamericana: Prater Violet (Violetas del Prater), Down there on a Visit (traducido al español como Andanzas), A Single Man (Un hombre soltero), Christopher and his Kind (Christopher y los suyos), en lo que respecta a la literatura que abiertamente enfoca vidas homosexuales; y diversas traducciones de textos hindús (Baghabad-Gita), divulgaciones del yoga (Vedanta for the Western World, Ramakrishna and his Disciples) y relatos de esa opción espiritual (My Guru and his disciple). 

Su pacifismo beligerante, su hinduísmo y sus relatos limpios y profundos sobre vidas amorosas fuera del orden, se convirtieron en la inspiración para nuevas generaciones, desde los años cincuenta (los beatniks, los hippies, los opositores a la guerra de Vietnam, los autores y artistas de la contracultura en los años sesenta y setenta). Sus nuevos camaradas literarios -ya no “el grupo de Auden”- fueron Aldous Huxley, Tennessee Williams, Gore Vidal, Paul Bowles, David Hockney, pero a quienes ya sólo trataba a distancia, desde su retiro en Santa Monica. Susan Sontag tomó de su novela The World in the Evening (El mundo al atardecer) toda su teoría sobre “el camp”. 

Graham Greene celebró la “inevitable legibilidad” de la prosa de Isherwood; otros, la transparencia, exactitud y profundidad de sus relatos, que siempre se cuentan entre los mayores de la narrativa en inglés de este siglo. Además de perfectos y entrañables, son obras de búsqueda moral: historias que buscan mejorar la vida. Hay algo de Krishnamurti, de Cristo y de Angelus Silesius en sus cuentos de aventureros sexuales, traficantes, prostitutas, drogadictos, hombres solos, freaks emotivos.

Esta faceta religiosa de Isherwood queda profusamente registrada en sus Diaries. Volume One: 1939-1960, Ed. K. Bucknell, Harper Collins, Nueva York, 1996. Son el registro muy reflexivo de una trayectoria espiritual, en el que no está ausente el magnífico narrador. En estos diarios reconocemos material que posteriormente usó el autor en novelas y libros autobiográficos, pero también se encuentran muchas sorpresas minuciosas, la dificultad de remontar una vida personal auténtica en algunos de los periodos más difíciles de este siglo y viñetas alegres de quien supo ver el mundo con una sonrisa entrañable e irónica, y pretendió inventar menos que ver con claridad: “soy una cámara”, se definió alguna vez en cuanto escritor.

En esta primera entrega de los diarios, vemos notas sobre los años de la guerra. Isherwood se ganaba la vida como guionista de Hollywood (ninguno de sus guiones fue respetado, sino estropeado por otros guionistas, como la Diana de Poitiers, estelarizada por Pedro Armendáriz), y se ocupaba de buscar un orden yogui a la conciencia occidental que esa guerra había resquebrajado; colaboraba voluntariamente en causas pacifistas -la ayuda a emigrados y refugiados- y hacía nuevos amigos, ahora ya al filo de sus cuarenta años, en el variadísimo mundo de California.

Me he ocupado ampliamente de la obra de Isherwood en Sentido contrario. Ensayos de literatura moderna (Puebla, Universidad Autónoma de Puebla, 1993). 

Marzo 18, 1939. Dos meses desde que partimos de Inglaterra. Y aquí estamos, todavía en el Hotel George Washington. ¿Qué ha pasado?

Este tiempo en Nueva York ha sido para mí un periodo malo, estéril. Prácticamente no he hecho nada. Pienso cada día: ya tengo que ocuparme en algo, ya tengo que ponerme a trabajar. ¿Pero en qué? Mi dinero -incluyendo el anticipo que conseguí de Cerf- se está agotando rápidamente. Wystan [Auden] todavía tiene varios miles de dólares, y luego un prospecto de trabajo como profesor. Yo no tengo prospectos. Ni siquiera sé qué tipo de trabajo quiero. Todo mi instinto se opone a dar clases, o conferencias, y a explotar mi reputación de cualquier modo. Me gustaría algún tipo de ocupación regular y humilde. Pude conocer Berlín porque estaba haciendo algo funcional -la ocupación natural de un extranjero pobre-, enseñar su propia lengua. Si no hago aquí algo semejante, nunca podré conocer los Estados Unidos. Nunca seré parte de esta ciudad.

Entre tanto, como tantas veces antes, estoy hipnotizado por mis propios miedos. Al leer sobre el golpe de Hitler en Checoslovaquia y sobre sus planes contra Rumania, siento: ¿y a final de cuentas, qué caso tiene? En una semana, o en un mes, acabará todo. Wystan está decidido a regresar a Inglaterra si estalla la guerra -y yo iré con él, supongo-. Si yo estuviera solo a lo mejor no iría. Lejos de tener miedo, estoy completamente desilusionado con el tipo de guerra que va a ser. Simplemente otra lucha por el mercado mundial. Pero todos están ahí -todos mis amigos- y el impulso de unirme a ellos es muy fuerte. 

El propio Wystan atraviesa una fase curiosa. Está tan enérgico como yo perezoso. Toma benzedrina regularmente, en pequeñas dosis, seguidas, por las noches, de seconal. Dice que “la vida química” resuelve todos sus problemas. Escribe mucho -poemas, artículos, reseñas-, hace discursos, asiste a reuniones y cenas, anda de platicador brillante. Es un poco como si hubiésemos trocado lugares. Wystan dice, sin embargo, que odia todo esto. Pero no quiere regresar a Inglaterra porque ahí sería el centro de una publicidad aún más intensa.

Hay mucho de majestad, pero nada de gracia en esta ciudad -este enorme esqueleto funcional, esta capital fortaleza, esta jungla de la competencia absolutamente libre-. Cada calle es parcialmente una barriada. Donde terminan los bancos y los edificios de ladrillo, empiezan las viviendas miserables con sus oxidadas escaleras de emergencia y su muchedumbre de chamacos beisbolistas. Más allá, tierra adentro, está el desierto de barracas y lotes de desechos. Este país está insanamente sucio.

Mayo, 1939. Llegamos al atardecer al centro de Los Angeles -quizás la ciudad más fea del mundo-. Era una tarde de sábado y las calles hormigueaban de borrachos. Vimos a tres marineros que metían a fuerzas a una chica en una casa, como si fueran a comérsela viva. Desde el hotel telefoneé a Chris Wood. Me contestó: “¡Qué maravilla oír una afeminada voz británica!”.

Si Gerald [Heard, el filósofo] no hubiese estado tan interesado en el yoga y tan opuesto al cristianismo, nunca habría podido influirme tanto como lo hizo. Mis prejuicios eran en gran medida semánticos. Yo solamente podía acercarme al tema de la religión mística con la ayuda de un vocabulario completamente nuevo. Y el sánscrito lo proporcionó. Ahí había un montón de palabras exactas, antisépticas, no contaminadas por su asociación con los sermones de los obispos, las conferencias de los maestros de escuela, los discursos de los políticos. Tener que desandar todos los viejos caminos, recoger las viejas frases y limpiarlas, despojándolas de sus asociaciones sucias -tal tarea habría sido demasiado repulsiva para un principiante-. Pero ya no era necesario. Cada idea podía ser trasvasada, reformulada en un nuevo lenguaje.Y la reformulación era lo que yo más necesitaba -como una disciplina mental, incluso como una coartada, pues me era embarazoso admitir ante mí mismo que había sido tan intolerante.

Siempre había considerado la filosofía Vedanta, o yoga, como la más extrema charlatanería de los tratantes de misterios. (Como la vasta mayoría de los críticos externos, identificaba el yoga con hatha yoga, e imaginaba que consistía completamente en posturas complicadas y ejercicios de respiración.) Ahora se revelaba como un sistema filosófico preciso, práctico, claramente formulado -el único que yo había llegado a comprender-. Ahí había una especie de álgebra metafísica, en cuyos términos cualquier experiencia religiosa, de San Francisco a Charles Kingsley, podía ser expresada adecuada y tersamente.

Junio, 1939. Nunca me gustó el lugar [la casa en Sycamore Trail], desde el principio. Era extrañamente siniestro. Quizás hay más casas embrujadas en Los Angeles que en cualquier otra ciudad del mundo. Están embrujadas por los miedos de sus habitantes anteriores. Huelen a divorcio, contratos rotos, politiquerías cinematográficas, deudas pesadas, falsa amistad, adulterio, extravagancia, whisky y mentiras. Cada clóset esconde el pobre fantasmita de alguna reputación nacida muerta. “¡Fuera! -susurra-. Regresen por donde vinieron. Aquí no hay sitio para ustedes. Yo fui vano y ambicioso. Me adularon. Fracasé. Ustedes fracasarán. Váyanse”.

Noviembre, 1939. El mayor evento social del otoño fue un día de campo de puras estrellas, organizado por los [Aldous] Huxley en el cañón Tujunga. Había cerca de treinta invitados: Aldous, María, su doctor con la familia, Bertrand Russell, su mujer Peter y dos o tres hijastros, Krishnamurti, Rajagopal y su esposa Rosalind, Anita Loos con amigos, Salka Viertel, Berthold y la Garbo.

Ya había conocido a la Garbo en casa de los Viertel, pero sólo habíamos estado juntos unos cuantos minutos. Ella estaba llena de secretos qué discutir con Salka, su mejor confidente. Traía el famoso sombrero de paja, de jardinera, pantalones amplios, y un pequeño parche entre las cejas, para impedir la formación de arrugas. Andaba un poco traviesa, lo que nos confundía un tanto, y su falta de maquillaje y general desaliño estaban obviamente calculados. De cualquier modo, me gustó y me sentí muy a gusto en su compañía. Se trepó a la higuera del jardín de los Viertel y cortó para mí unos higos especialmente maduros. Recuerdo que se refirió a ciertos tratos de negocios con el estudio cinematográfico, y dijo que uno siempre decía hacerse pasar por un niñito en el momento de discutir con la oficina principal. Ella tenía su propio tipo de astucia de niña chiquita.

La Garbo había sido convocada al picnic con promesas falsas. Se le había dicho que se trataba de algo muy tranquilo, y que sólo iban a asistir los Huxley y Krishnamurti. Garbo estaba ansiosa por conocer a Kirshnamurti. Se inclinaba naturalmente hacia los profetas, auténticos o no. Salka dijo que ella era muy infeliz, que andaba inquieta y asustada. Quería que le contaran el secreto de la eterna juventud y el sentido de la vida, pero rápidamente, en una sola lección, antes que su atención de mariposa volara nuevamente hacia otras partes. Eso explica a Stokoski, y las dietas del doctor Hauser.

Hicimos el picnic hasta arriba del cañón, en un pedregoso lecho de río, donde termina el camino. Era un lugar hermoso, con precipicios forestales sobre nuestras cabezas, una escena no diferente a la de los Alpes menores. Ella y Krishnamurti se sentaron juntos, pero no platicaron mucho. Creo que ambos estaban algo intimidados.

Krishnamurti era un hombre bajo, frágil, pálido, con un mentón pequeño y ojos bastante irritados, en cuyo rostro sólo quedaban débiles rastros de la extraordinaria belleza que debió haber tenido de muchacho. Era modesto y tranquilo, y nunca platicaba de filosofía ni de religión con personas comunes y corrientes. Parecía muy aficionado a los animales y se sentía muy cómodo entre los niños. Gerald [Heard] se quejaba de que se irritaba violentamente por naderías -como tomar un tren- y que entonces mostraba pocos signos de tranquilidad interior. Ciertamente no me impresionó tanto como Prabhavananda, pero tenía una especie de sencilla dignidad muy agradable. Y -no había modo de eludir esto- había hecho lo que ningún hombre vivo de hoy ha realizado: se había negado a convertirse en un dios.

Después del lunch, la mayor parte del grupo vagó un poco por el cañón, hasta el sitio donde los guardabosques habían levantado una alambrada, del otro lado del río, con letreros que prohibían el paso. (Creo que la razón era que se estaba construyendo una presa, para controlar las crecidas anuales del río Los Angeles). Alguien dijo que eso parecía una barricada en torno a un campo de concentración. Anita Loos [la autora de Los caballeros las prefieren rubias] propuso que hiciéramos un hoyo bajo la cerca, como refugiados que escapan. Era una broma bastante siniestra, y nos reíamos forzadamente, mientras algunos escarbaban con las manos o con piedras. Recuerdo que Bertrand Russell le explicaba a Aldous algún tópico filosófico, mientras escarbaba, con el aire de un papá que se une al juego para divertir a los niños. Sólo que en este caso él era al mismo tiempo el papá y el niño. 

En pocos minutos ya estaba listo un hoyo grande y estrecho. La mayoría de nosotros se metió y reptó bajo la alambrada. Fue chistoso ver cómo, una vez hecho esto, la gente volvió a ser adulta, y se dispersó a pasear en grupos de dos o de tres, hablando de la guerra. No sé por qué se tomaron todo este trabajo, pues no le concedían atención alguna al paisaje. Especialmente Berthold – el citadino nato-, quien parecía andar paseando por la Quinta Avenida. 

Me retrasé hasta la cola de la procesión, pues quería platicar con la Garbo. Me había tomado varias cervezas en el lunch y andaba algo desvergonzado. En cuanto empezamos a caminar, dijo la Garbo: “En tanto estemos de este lado de la cerca, pretendamos que somos otros personajes, completamente diferentes”. “¿Sabes?” -anuncié solemnemente-, “en verdad me gustaría que tú no fueras la Garbo. Me caes bien. Creo que podríamos haber sido grandes amigos”. En este punto, la Garbo emitió una risa burlesca, tipo Mata Hari: “¡Pero somos amigos! Tú eres mi querido hermanito. Todos ustedes son mis hermanitos queridos”. “¡Oh, cállate”, exclamé, enormemente adulado.

Supongo que todo mundo que conoce a la Garbo sueña con salvarla -ya sea de sí misma, o de la Metro-Goldywn Mayer, o de algún amigo o amante-. Y ella siempre elude a todo mundo con sólo montar una escena. Esto es lo que la ha hecho un personaje universal. Es la mujer en cuya vida todos queremos interferir.

Precisamente cuando habíamos terminado nuestro paseo y regresábamos a la alambrada, nos encontramos con un guardabosques que estaba cortando leña. Apenas si podía creer en mi suerte. ¡Qué situación! Desde luego, el guardabosques iba a reconocer a la Garbo de inmediato. Ella evidentemente pensó lo mismo, pues bajó la gran ala de su sombrero de paja para cubrirse parte del rostro. Yo estaba lleno, ancho, de galantería. Cuando nos preguntó qué demonios estábamos haciendo ahí y apuntó nuestros nombres, me puse en frente de ella y juré que se trataba de la Señorita Smith de Ocean Park, o quizás de la Señora Isherwood -y le di mi propia dirección para que me mandara la multa-. Pensé que esto iba a impresionarla de veras.

El guardabosques nos volvió a mirar, ahora con cierta simpatía, y dijo: “¿Saben lo que estoy haciendo aquí?” 

“No”, contesté. (Esto sonó como una manera de endulzar nuestra invasión de propiedad reservada.)

“Estoy matando dos pájaros de un tiro. Este terreno ha de ser limpiado, de modo que estoy haciendo algo de leña para mi cabaña”.

Seguimos nuestro camino. Berthold, quien no tenía sombrero de paja, ni era el querido hermanito de nadie, se topó con otro guardabosques, y fue fichado, con severos regaños por andar fumando en una zona que puede incendiarse. Y más tarde, recibió la notificación de su multa.

Enero 20, 1940. ¿Tengo miedo de ser bombardeado? Todo mundo tiene ese miedo. Pero dentro de lo razonable. Sé que, desde luego, no me iría de Los Angeles si los japoneses fueran a atacar mañana. No, no es eso… Si le tengo miedo a algo, es a la atmósfera de la guerra, al poder que les da a las cosas que odio -los periódicos, los políticos, los puritanos, los guías scout, las solteronas de edad mediana y sin pizca de piedad-. Le tengo miedo al modo en que podría comportarme si estuviera expuesto a tal atmósfera. La oposición, en cuanto deber, me confunde. Creo que me vería reducido a un mono chillón, enfurecido, que responde al odio de esa gente con gritos de odio. 

Julio 12, 1940. Un cable de mamá dice que ayer enterraron al tío Henry. Muchas veces me pregunté cuándo iba a ocurrir -y siempre medio supe que cuando ocurriera, cuando Marple [la propiedad del tío en Inglaterra] y todo el dinero pasaran a mis manos, sería demasiado tarde-. Y ya es demasiado tarde -no sólo a causa de la guerra, sino porque el absurdo sueño juvenil de riquezas se ha acabado para siempre-. Es demasiado tarde para invitar a mis amigos a un banquete, para quemar los tapices flamencos y los lechos isabelinos, para convertir la mansión en un burdel. Le escribí a mamá hace varias semanas para decirle que Richard [su hermano menor] ha de heredarlo todo, la mansión y el dinero. Son suyos, y no míos, por derecho, ya que ama la propiedad y está dispuesto a habitarla. Hoy lo confirmé por cable.

Julio 14, 1940. Oración para escritores: 

Oh fuerza de mi inspiración, enséñame a extender a todo ser vivo el interés fascinado, no-sentimental, amoroso, que siento por los personajes que creo. Que llegue yo a identificarme con toda la humanidad, como me identifico con estas personas imaginarias. Que el arte se vuelva mi vida; y mi vida, un arte. Líbrame del snobismo y del Premio Pulitzer. Enséñame a practicar el verdadero anonimato. Ayúdame a perdonar a mis agentes y a mis editores. Hazme atento con mis críticos, y paciente con mis admiradores. Pues tuyas son la concepción y la ejecución. Amén.

Enero 2, 1941. Cuando “la paz” regrese, ojalá no me vuelva a olvidar de que el sufrimiento siempre está con nosotros. Esta guerra no es algo excepcional. Durante los más felices periodos de mi vida, hubo gente asesinada, hambrienta y agonizante. Cuando te veas envuelto personalmente, no seas provinciano y exclames: “Esto es extraordinario!”. Tal tipo de conversación está bien para los periodistas y negociantes que aprecian más el bombardeo de Londres que el de Chungking, porque en Londres los bienes raíces cuentan con seguros más altos.

Marzo 21, 1942. [Isherwood está realizando trabajo social en beneficio de los emigrados de la guerra, a quienes enseña inglés y costumbres de los Estados Unidos. Un grupo de emigrados y los trabajadores voluntarios conviven en la misma casa, regida por los cuáqueros.] Hace dos días, Pete [José Martínez] y yo nos cambiamos a la gran recámara de arriba, para que ocupara nuestro cuarto un nuevo inquilino, que llegaría hoy, el señor Jacoby -un bibliófilo panzón que fue abogado de distrito en Berlín-. Ayer me metí a la cama con gripe, y aquí me quedaré al menos hasta mañana. Nunca la he pasado tan bien como enfermo en mi vida. Pete se pasa prácticamente todo el día conmigo. Se disfraza con las cobijas y anda payaseando por aquí y por allá, o canta canciones mexicanas, o nos contamos cuentos el uno al otro. Ayer subió a verme Caroline [otra trabajadora social voluntaria, cuáquera]: no sabía qué hacer con nosotros, particularmente conmigo, porque había desaparecido completamente mi personalidad de hombre laborioso. Yo no podía contener la risa, las bromas. En un rincón del cuarto hay una pequeña reproducción a colores de La última cena de Leonardo.

Caroline, que es bastante miope, preguntó qué cosa era eso. “Ah, eso -contesté-; es sólo una fiestecita de año nuevo, que hice para unos cuantos amigos de negocios”. Caroline se acercó para examinarla. Se escandalizó bastante, pero trató de que no se le notara.

Abril 22, 1941. Ayer se fue Pete. Va a pasar una temporada con su amigo Wilson, en Washington, como para cambiar de aires. (Espécimen de la conversación de Wilson: “¡Hombre, quedé tan humillado que no supe si cagar o volverme ciego!”.) Haverford [donde estaba el centro cuáquero de ayuda a emigrados] se ve muy aburrido y vacío. Extraño terriblemente a Pete, pero a la vez, curiosamente, es un alivio que se haya ido. Ahora puedo volver al espeso tedio cuáquero que odio, pero en el que de modo extraño me siento a gusto. A menudo detesto a los cuáqueros y a los judíos por ser tan pesados, y cautos, y por vivir siempre a lo seguro; pero los entiendo porque, en el fondo, yo también soy pesado y cauto. Soy una cauta tía viejita que, en el fondo de su corazón, detesta ser alborotada y desarreglada por sus sobrinos vivaces y ruidosos, como Pete y Denny. Esa es la verdad.

Abril 28, 1941. ¡Cuánto les gusta teorizar [a los emigrados judío-alemanes]! Recuerdo que, el invierno pasado, estábamos viendo un partido de futbol en el campus de Haverford, con el señor Caro y el señor Seidemann. Nos pusimos a discutir sobre Shakespeare. Yo afirmaba que el Shakespeare inglés y el Shakespeare alemán son dos escritores completamente diferentes. El Shakespeare alemán es un filósofo, y el inglés no. Caro y Seidemann protestaron con energía. Nos absorbimos tanto en la discusión, que cuando un espectador que acababa de llegar nos preguntó el marcador, no teníamos la menor idea. Se quedó mirándonos como si estuviéramos locos.

Junio 17, 1942. Ayer envié la forma 47 a la junta de reclutamiento [como residente, Isherwood tenía ciertas obligaciones militares en los Estados Unidos], solicitando la clasificación 4-E como objetor de conciencia. Cuando escribes tales cosas en el papel, para consumo oficial, suenan terriblemente beatas y falsas -porque te estás presentando a ti mismo como un ser humano estrictamente lógico y racional, con “principios”, una “filosofía de la vida”, etcétera-. Mientras que yo, personalmente, soy más como un caballo que de repente se para y dice: “No. Esto está yendo demasiado lejos. De ese estanque no voy a beber”. Tengo mis razones, desde luego, y una filosofía. Y puedo explicarlas -con bastante lucidez, si es necesario-. Pero qué secas y frías pueden ser si el factor personal no está detrás de ellas: la simple ecuación que ninguna junta de reclutamiento podrá jamás entender. Heinz [el amante alemán de Isherwood, reclutado a fuerzas por los nazis] está en el ejército nazi. Yo no voy a matar a Heinz. En consecuencia, no tengo derecho a matar a nadie. 

Junio 28, 1942. Wystan se está quedando en la casa de Caroline Newton en Daylesford. Hoy dio una lectura de poesía para un gran grupo de damas ricas. Ninguna entendió una palabra, pero las impresionó mucho. Se impresionaron con el desaliño y la brusquedad de Wystan. Nunca está más desaliñado que cuando se pone su mejor traje. Leyó en voz alta con un tono aburrido e indiferente, checando repetidamente cuántas páginas más tenía que leer.

Septiembre 29, 1942. Fui a la peluquería. Siempre que he estado un tiempo fuera de la ciudad, Hollywood Bulevard me afecta con una depresión de las más violentas. Las botellas de Brillantina Wildroot y Tónico para el cabello Wildroot parecen ya no poder seguir sosteniendo ni un momento más sus pretensiones patéticas. “Sabemos que no somos el mejor tónico -emiten tristemente-. Sabemos que en realidad no podemos impedir que tu cabello se siga cayendo. Sabemos que en realidad no importa nada andar bien arreglado, ni atraer a las chicas, ni obtener el título, ni vender tu personalidad. Sabemos que vas a envejecer y a morir, y que otros nacerán, y que nuevos tónicos nos reemplazarán, con nuevos slogans con viejas mentiras en la etiqueta”. Entonces desaparecieron. Y la peluquería, llena de azulejos, con el letrero MOVIE-LAND resaltado en letras de oro en un arco, sobre los lavabos, era como un trágico museo del anquilosado glamur veinteañero. Y el lascivo cliente cincuentón, con un preciso bigote militar, que le contaba chistes cochinos al peluquero y flirteaba con la manicurista desapareció, detrás de su sonrisa alerta y socarrona. La manicurista se miró en el espejo con entusiasmo: ya no era una chica completamente fresca. Su voz se oyó desgastada cuando le platicaba al cliente sobre su perro. ¿Y qué edad tenía el perro? “¡Oh, diez años, es viejo!”. Esta gente, y la muchedumbre en la calle, y la chatarra en los aparadores, y los anuncios de películas, y la publicidad que te recomienda hacerte sabio, listo, relajado, sano, bronceado, emocionado, rico -y los periódicos con los japoneses en el cielo y Stalingrado que aún no cae-; todo esto, en silencio o en voz alta, gritaba su desesperación porque la “vida” de la revista Life está más muerta que la muerte, y no hay nada -ni esperanza, ni comodidad, ni refugio en ninguna parte-, sino en la impensable, insondable, horrible inmensidad de Dios.

Octubre 20, 1942. Denny salió del hospital y se ha alojado en el Hotel Beverly Hills. Decidió que necesita un poco de lujo para ayudarse a convalecer. Hoy fui a verlo y nadé en la alberca del hotel, que está afiliada a los servicios de apoyo para los soldados en licencia, y permite a ciertas horas la entrada gratuita a los reclutas. Había un joven marinero muy borracho, nos dijo que estaba de licencia y que iba a ver a su gente en Alabama. Chiflaba como máquina de vapor, desentonado, y se aventaba de chapuzón a la alberca, mojando a todo mundo de la cabeza a los pies. Creía tener una cita con una estrella de cine llamada Ellen, o tal vez Helen, no estaba seguro; así que le preguntaba a cada chica que pasaba: “Hey, guapa, ¿cómo te llamas?”. Una morena de apariencia engreída, que debió haber sido sensual en los años veinte, sufría mucho al mirarlo: estaba leyendo el libro de Vivekanda sobre el raja yoga. Denny afirmaba que ella era un personaje de una novela de Scott Fitzgerald, desaparecida durante una fiesta salvaje, que se había quedado dormida durante veinte años. Se acababa de despertar y pensaba que todo esto era un sueño horrible. Finalmente, el chico de Alabama, que hasta entonces había sido tolerado con sonrisas indulgentes, escandalizó a todo mundo al gritarle a una viejita, tullida a causa de la artritis: “¡Hey, guapa! ¡Vente para acá! ¡El agua está rica!”. 

Agosto 18, 1943. Ayer por la tarde, como estaba aburrido, me vi haciendo lo que menos hubiera esperado: buscando a Tennessee Williams. Lo encontré, después de algunos tanteos, en una pensión escuálida llamada The Palisades, en el otro extremo de la ciudad. Escribía a máquina un argumento cinematográfico, con un kepí de yate, en medio de un desorden de vacías tazas de café, sábanas amontonadas y periódicos viejos. No pareció asombrado de verme. De hecho, tenía el aspecto de un sabio meditativo a cuya humilde cabaña finalmente regresa el trotamundos. Pretendió, divirtiéndose discretamente en secreto, como si fuera la cosa más natural en el mundo, que me tocaba un día de vacaciones del monasterio [donde Isherwood se preparaba para ser monje yogui]. Cenamos en el embarcadero; yo tomé muchas cervezas y hablé de sexo toda la tarde. Tennessee es la criatura más relajada que se pueda imaginar: trabaja hasta que se cansa, come cuando tiene apetito, duerme cuando se le antoja. El autoglide se descompuso hace tiempo, de modo que Tennessee dejó de pagar; el contratista lo está demandando, y a él le vale gorro. También tiene un pleito con la Metro. Es probable que no se quede mucho tiempo.

Septiembre 20, 1943. Cena con los Brecht. Hablamos de la adaptación de La duquesa de Malfi [la obra de John Webster], que Brecht ha hecho para Elizabeth Bergner. Además de algunos arreglos ingeniosos y de unos cortes, el objeto de Brecht ha sido darle a Ferdinand un motivo más fuerte para perseguir a la duquesa. Brecht dice que debe estar enamorado de ella. Para sostener esto, ha escrito una docena de versos en alemán, que quiere se traduzcan al inglés isabelino. Así que pone en funcionamiento todo su encanto, para galantearme como posible colaborador.

Hasta que llegó Berthold [Viertel, el director de cine]. Entonces, fatalmente, entramos en el tema del Vedanta, y Brecht estalló. Para él, es puro fascismo y tontería supersticiosa. La señora Brecht se le unió -como muchacha del Ejército de Salvación- para hacerme arrepentir y que recordara mi deber como escritor revolucionario. Berthold [Viertel] se puso de mi lado -o más bien, pidió disculpas por mi desviación y trató de sugerir que era sólo temporal; que, de hecho, yo podía ser considerado como un espía en el terreno enemigo-. Con que sólo -después de dos o tres años- escribiera un libro “exhibiendo” de una vez por todas el misticismo, mi retiro habría valido la pena. Todo esto fue bastante divertido, hasta que me soltaron y la agarraron contra [Aldous] Huxley [quien a su vez andaba en busca de filosofías orientales]. Brecht dijo que era un verkauft -que se había vendido-. Me enojé tanto que estuve a punto de pararme e irme a la casa en el acto. Y me fui muy poco después. 

Brecht es obviamente sincero, a su modo. Pero, humanamente, no tiene más derecho en criticar a Aldous del que yo tengo en criticar al Swami [su gurú]. El es tan consumado individualista como yo, y mucho más oportunista. Le pregunté qué haría si a un comité soviético local de campesinos no le gustaran sus escritos, y me contestó que los convencería para que les gustaran. En otras palabras, Brecht acepta la voluntad de la mayoría en tanto que sea la suya propia. Creo que es extremadamente hábil y realista de su parte alinearse con los comunistas: es probable que ganen en Alemania, y él quedará en la cima. Lo que objeto es su pretensión de ser más honesto que un hombre como Aldous, y su convicción de que todo aquel que no está de acuerdo con él está recibiendo un salario de los patrones capitalistas.

Septiembre 22, 1943. Tomé prestado el coche de Denny y recorrí Long Beach -la tenebrosa ruta por Manchester Avenue, tierra adentro, donde la ciudad nunca termina-. La nueva casa de Pete en la Cuarta Avenida Este es una pequeña construcción de madera, con un gran porche, mosquiteros de alambre ya oxidados, el emblema de la Cruz Roja y la estrella del Servicio Militar en las ventanas -como mil otras-. Estaba ahí toda la familia: el canoso padre, de bella apariencia, que apenas hablaba una palabra de inglés, y que me saludó con un ademán; la madre pequeña, de ojos muy negros, algo trágica, con su hijo mayor ya muerto y ahora temerosa por el más joven; las tres hijas, Dolores, Carmen y la más chica, con su bonita naricilla, cuyo nombre olvido. Las tres eran encantadoras, pero destacaban poco junto a su vivaz hermanito prodigio, con sus ojos y dientes luminosos, su vigoroso cabello de corte militar, y su figura compacta y poderosa (ha subido de peso), en su tosco uniforme de soldado y sus botas. Comimos tacos, y Pete sacó una botella de tequila que bebimos bajo la mirada vacilante, no muy condescendiente, de la madre. Y no porque la familia realmente desapruebe cualquier cosa que haga Pete. Sus anécdotas de fiestas en Nueva York, sus fotografías de ballet [José Martínez era un exitoso bailarín de ballet], sus imitaciones de amigos y enemigos -todo era aceptado con gratitud, sin crítica, casi como Sagrada Escritura-. Carmen (apodada Butch) ha recibido una proposición de matrimonio grabada en un disco, de parte de un sargento extraordinariamente guapo a quien sólo ha visto una vez. El sargento mandó otro disco a los padres, pidiendo la mano de Carmen. Lo escuchamos, entre muchas carcajadas. Luego Pete y sus hermanas cantaron canciones mexicanas, en sus alegres tonos que rompen el corazón. Me pidieron que leyera poesía, en una antología popular; lo que hice -el tequila empezaba a obrar su efecto- con audaz libertad de expresión. La madre y el padre oyeron “Juventud y Arte”, de Browning, con el mayor placer, sin entender una sola palabra. Parecía perfectamente natural que yo estuviera ahí bebiendo, y fumando un cigarrillo tras otro. (Es un extraordinario hecho psicológico, que he comprobado varias veces, que un exfumador pueda fumar cuando está borracho, sin revivir la adicción a la nicotina.) Me sentí como una diferente versión de mí mismo -el Christopher de Pete-, que no había sido sacada del clóset durante mucho tiempo, pero que siempre había estado ahí, esperando que la llamaran. Toda la leyenda, el culto de Pete, que Lincoln [Kirstein, el fundador del New York City Ballet] ha establecido, hizo del cuarto una especie de santuario, con el propio Pete sentado en el piso, de piernas cruzadas, como una deidad menor pero auténtica.

Septiembre 27, 1943. Anoche llevé a la terminal y despedí a Pete. Tomamos antes unos tragos en un bar. Pete dijo: “Siempre querrás ser diferente, Chris -hagas lo que hagas-. Quieres combatir a todo mundo. Quieres sacarte el alma y contemplarla”. Cree que ya nunca volverá a bailar. Tiene treinta y un años. Toda la vida que amó ha transcurrido ya. Nos dijimos adiós en la barrera de la estación y desapareció, todavía entero, todavía tan maravilloso como siempre, rumbo al futuro gris, para convertirse en una pequeña parte de este tristísimo embrollo militar.

Octubre 2, 1943. Letrero de hotel: Hotel Cosmos: no vacancy.

Julio 30, 1944. Escribir un nuevo tipo de flujo de la conciencia [stream of consciousness]. Como una fuga. Ciertos motivos mentales recurren en intervalos regulares: Inglaterra, Dentista, Dios, X, Dinero, Guerra, Novela, Inglaterra, Dentista, Dios, etcétera. Sobre este modelo suenan los pensamientos más conscientes y fugitivos, los pensamientos conectados con los externos estímulos inmediatos. Quizás todo el asunto tendrá que ser escrito en compases, como música. Quisiera mostrar el pensamiento como sentimiento, el sentimiento como pensamiento, pues ambos son inseparables. Siento una punzada en las coyunturas y pienso en Inglaterra. Inglaterra es la punzada, la punzada es el pensamiento. La aspereza del estuco en la pared son los granos en la cara. La dureza del acero en tu mano es el impuesto sobre la renta. La amargura del café hervido es la angustia respecto al dinero. La mayor parte del tiempo, la gente no irrumpe en mi conciencia como entidades completas, ni siquiera como imágenes completas. Hay momentos en que un amigo sólo es aprehendido como un par de piernas arqueadas, o un seso, o algo que está preparando la cena. En otros momentos, la gente y las cosas del mundo exterior llegan a foco mucho más agudamente, y nos exigen toda la atención. Los personajes, para ser subjetivamente realista, deben emerger así, y retroceder de nuevo. Pero, ¿cómo hacerlo?

Agosto 29, 1943. Creo que su hermano Wolfgang debe haberle dicho algo sobre Ivar Avenue [el monasterio yogui], pues Gottfried Reinhardt estuvo rondando el tema, un poco provocador, un poco vacilante: “Háblame de Krishnamurti -me pidió-. ¿Ha leído a Voltaire? Quiero saber cómo le responde a Voltaire”.

Traducción y nota de José Joaquín Blanco