Luis Miguel Aguilar. Escritor. Cal y arena lanzará próximamente Nadie puede escribir un libro.

A quienes tenemos una ignorancia cabal de las lenguas clásicas, no nos ha quedado más remedio que, como decía Borges, ser expertos en traducciones de poesía china, griega o latina. No soy el único mexicano por ejemplo para quien el chino está efectivamente en chino y sin embargo en algún día feriado toma un poema de Li Po en la versión de Marcela de Juan. Luego busca el mismo poema en una versión al inglés de Arthur Whaley, luego en Versiones y diversiones de Paz, luego en un Penguin y en un Poche, luego en el voluminoso Sunflower Splendor con toda la poesía china clásica, luego en Pound, luego en un Treasure of Asian Literature, luego en un trabajo académico que acaba de realizar un investigador de El Colegio de México, luego en una antología de antigua poesía oriental, y así. 

En el fondo de esta manía se encuentra el espejismo de que uno, quizá, en fin, con el tiempo, si se aplica alguna vez, podría hacer su propia versión-de-versiones en español, su propio Cuaderno de. Por supuesto que esta bravuconada sólo es posible por la insondable ignorancia del chino que uno detenta. Lo cual lleva a una siguiente irresponsabilidad. Uno acepta que la traducción de lenguas clásicas es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de los legos. Pero una vez que el experto en griego, digamos, hizo lo suyo; una vez que trasladó el poema de una lengua a otra con absoluto respeto a la letra; una vez que no hay peligro de que el niño rompa el ánfora porque fue colocada ya en una repisa alta, y fuera de su alcance, la traducción es algo demasiado al gusto como para dejarla en manos de los expertos en lenguas clásicas. Mejor dicho, para un día feriado no hay nada más divertido o absorbente que jugar sin remordimiento con las versiones y que cada quien asunte su propio original o su propia idea de original. Ignorante o maleducado, uno puede romper el ánfora porque a fin de cuentas el ánfora es irrompible. 

De modo que cierta mañana vi en una librería un libro titulado Safo de Lesbos y escrito por un Arthur Weigall. La increíble portada tiene a una anacrónica Brigitte Bardot mirando a la cámara y cubriéndose los senos con los brazos sobre una cama de latón con colcha de terciopelo morado. Pensé por eso que me iban a dar un equivalente novelístico de Madame Bovary en cine con la ex pornotriz Edwidge Fenech; pero como nada de lo sáfico me es ajeno, debido a la manía antes referida, lo compré sin remilgar y, más aún, lo compré interesado en ver cómo se las arreglaría el autor, por malo que fuera, para darnos una novela porno-sáfica.

No fue así. El libro de Weigall es un estudio erudito, completo y animado sobre Safo. La editorial argentina que lo publicó no dice nada sobre el autor ni la edición original pero seguramente es el trabajo de un estudioso norteamericano. Sobre todo, el libro tiene una oferta que ningún mexicano ignorante del griego y, por lo mismo, maniático de sus epigramistas clásicos, puede rechazar: a lo largo del texto se incluyen todos los fragmentos de Safo. Es decir, el libro de Weigall ofrece una versión más qué consultar, o añadir a las otras versiones, en el famoso día feriado.

En el libro de Weigall busqué los fragmentos de Safo que son como mi manía dentro de la manía: los poemas que Safo le dedicó a Atis, la muchacha que se iba, volvía, se iba y volvía para irse. Entonces hice la ronda de siempre, empezando con el libro de Weigall. Fui a varias antologías de lírica griega, pasando por el libro clásico de Wolfgang Schadewaldt: Safo. Mundo y poesía. Luego las versiones de Juan Ferraté, luego Pound, luego Rubén Bonifaz Nuño, luego las aproximaciones de José Emilio Pacheco, luego Carlos García Gual, luego The Love Songs of Sappho (Signet Classics, 1991), luego Agustín García Calvo (que escribe Safó), luego Menéndez Pelayo citado por Paz, luego Marguerite Yourcenar, luego la Sappho más pequeña que tengo (un libro de 10 X 7 cm, Shambhala Pocket Classics, 1994), luego Thomas Hardy, luego C.M. Bowra, y así hasta que el público empieza a silbar. 

Y en una de esas andaba, en el fragmento en que Safo se queja de que el amor ha vuelto a apoderarse de ella, a romperle los miembros, a transportarla, mientras que Atis no quiere saber nada de ella, puesto que Atis vuela ya hacia Andrómeda, la rival de Safo en amores, cuando desde el fregadero de la casa vecina me llegó la música del radio que oía la sirvienta. Volvía a sonar la canción entonces de moda entre los fanáticos de la Onda Grupera, la canción de Los Broncos a la que muy pocos pudieron sustraerse:

Que no quede huella, mi amor, mi amor.

Que no quede huella…

Ante esta nueva versión de Los Broncos al viejo tema, del que Safo fue prácticamente la inventora, tuve el impulso de hacer un pequeño epigrama, algo así que dijera: “Atis, oh Atis, ¿ves lo que ocasionas en el radio / Veintiséis siglos después de que naciste?”. En vez de escribirlo, recordé otro libro y fui a buscarlo al librero.

La única novela sobre Safo que conozco es efectivamente Safo del escritor lituano Joachim Fernau, cuya versión al español publicó Seix Barral en 1989.* (Hay también un poema dramático de Lawrence Durrell, Sappho, pero es más o menos tedioso) La novela de Fernau es una espléndida reconstrucción ficticia, hecha a manera de cartas. Uno de los personajes con los que Safo se cartea es el poeta Alceo, no sólo contemporáneo sino de la misma patria chica de Safo, Mitilene. En una de las cartas, Alceo le dice a Safo sobre uno de sus poemas: “¿Qué musa te inspiró, Safo? ¡No se había oído nunca nada parecido! Pronto lo cantarán todas las sirvientas y esclavas enfermas de amor”.

Por medio de Los Broncos, en efecto, todas las sirvientas y esclavas del amor han seguido cantando a Safo, o siguen cantándole a eso que inventó Safo en el siglo VII o VI A.C. O pensemos en Selena, la reina mártir del Tex Mex y adláter de La Onda Grupera.

Con unas ansias locas espero verte hoy.

Espero ese momento en que escucho tu voz.

Amor prohibido, murmuran por las calles…

¿Selena “de los dedos rosados”? No, otra cosa. ¿Quién le puso ese nombre si no tenía nada de lunar? La cantante Selena fue, sin saberlo, con sus dos millones quinientos mil discos vendidos después de muerta, un jacinto pisado hasta la sangre, como dijo aquella otra Tex Mex llamada Safo. 

*De Joachim Fernau sólo sé de otro libro en español que hace tiempo compré pero no he leído porque un buen egoísta siempre debe reservarse cosas para unas vacaciones: Una historia de los griegos (EDAF, Madrid, 1992). El título en alemán es más bonito: Rosas para Apolo.