Rodrigo Morales M. Consultor político de GEA.

La invitación a pensar qué pasaría si ganara el PRD es ya de suyo novedosa y pertinente. Novedosa porque sin duda el partido del sol azteca atraviesa por su mejor momento, y sus posibilidades de triunfo ya no están fundadas exclusivamente en el voluntarismo y los buenos deseos de sus dirigentes, sino que están cada vez mejor implantadas en la realidad. Varios factores contribuyen a ello. Por un lado es innegable que al interior del PRD ha habido un cambio de mirada hacia las elecciones que los ha llevado a aprender, entre otras cosas, que llenar plazas no quiere decir llenar urnas, que sentirse poseedores de la razón no basta para seducir electores, que introducir entre sus seguidores la desconfianza sistemática a los procedimientos electorales no es la mejor estrategia para invitarlos al voto, en fin, que en algún momento había que hacer más política hacia afuera que hacia adentro.

Ello ha producido una mayor identidad entre la forma como el PRD se percibe a sí mismo y la manera como los demás los perciben. Su rendimiento electoral reciente sugiere que ese partido no sólo ha recuperado porciones importantes de un electorado que había perdido, sino que ha conquistado votantes nuevos. Así, un PRD verdaderamente competitivo es ciertamente una novedad en el escenario, un invitado que no estaba considerado.

Por el otro lado, la invitación a imaginar escenarios con triunfos perredistas es pertinente porque en torno a esa eventualidad, que hasta hace poco parecía lejana, se han tejido toda clase de prejuicios que distorsionan los alcances reales que tendría una victoria perredista. Habría que acotar qué se quiere decir con un triunfo del partido del sol azteca en los próximos comicios federales: entiendo que las posibilidades reales de ganar una elección se circunscriben al gobierno del DF, en mucho menor medida (y por cierto sin grandes efectos ni nacionales ni en la vida interna de dicha organización) Campeche, y en la Cámara de Diputados sus posibilidades se reducen a incrementar sustancialmente el peso de su bancada, pero aparece francamente muy lejana la eventualidad de que conquisten la mayoría.

El PRD se ha visto favorecido por las pugnas y recriminaciones que cruzan cotidianamente el PRI y el PAN; los registros alcanzados en esa disputa han conseguido situar al cardenismo como una opción que está al margen de la guerra sucia, como un referente cuyas características son la autenticidad, la honestidad o bien la lucha tesonera. Si bien se puede alegar que dichas cualidades las había poseído desde siempre el PRD, la valoración que se hace de ellas hoy día las eleva. En medio de una crisis que los otros dos partidos grandes se encargan de subrayar cotidianamente, las mismas prácticas que hace poco hacían poco confiable o inmaduro al partido del sol azteca, hoy aparecen como virtudes.

Por otro lado, el PRD consiguió transitar sin traumas por el pesado expediente que se impuso para elegir a su candidato al gobierno del DF, y salió incluso fortalecido de su justa interna. Las encuestas han registrado puntualmente el incremento de simpatizantes que se produjo desde la elección interna a la fecha. Pero además, el hecho que sea precisamente Cárdenas el candidato permite prever que el PRD podría articular todas sus campañas a nivel federal en torno a la campaña líder, la campaña de su líder indiscutible. Y esto sin duda representa una ventaja toda vez que Cárdenas es una figura que siempre ha mantenido niveles de popularidad superiores a los de su partido. En este caso, el candidato suma votos.

Si descartamos un vuelco tan espectacular que alcance a la Cámara de Diputados, imaginemos entonces el escenario con Cárdenas como jefe de gobierno del DF. A quienes aún se asustan con la figura del hijo del general habría que decirles dos cosas: es evidente que hay un cambio de actitud de Cuauhtémoc, y es realmente poco lo que se puede hacer -si el escepticismo se emplaza en los términos más radicales- en tres años de gobierno y con un diseño institucional que se parece más a una camisa de fuerza que a una organización racional de la representación política. De manera que si Cárdenas ganara los próximos comicios -él o cualquier otro de los candidatos- deberá hacerse cargo de al menos tres elementos: el factor tiempo, la pluralidad y el acotamiento institucional. Dicho lapidariamente, si la pregunta se plantea como transformaciones realmente fundacionales o revolucionarias, habría que decir que en DF de Cárdenas no va a pasar nada espectacular. Por supuesto que el futuro de la ciudad no será indiferente al resultado de los comicios, y si la pregunta se plantea de manera más moderada, en efecto pueden suceder una multitud de cambios, todos ellos importantes, pero ciertamente también todos ellos con minúsculas. 

Veamos. Si la Ciudad de México, aún pensada en el plazo largo de seis años, es un ser que recuerda cotidianamente su inviabilidad o al menos la profundidad de sus retos, pensarla en el corto calendario de tres años de gobierno debería suponer una correcta administración de los conflictos combinada con un moderado ejercicio por sentar las bases e incluso ensayar algunas soluciones estructurales. Pero es obvio que hay que priorizar la acción de gobierno. Apostar a cambiarlo todo puede conducir rápidamente a la sensación de desgobierno. Porque además son tres años que inevitablemente se acortan en la medida que la carrera por las postulaciones presidenciales se acelera, y para cualquier propósito práctico la pista del DF es y será una de los carriles más concurridos y visibles de la vida política.

Pero si el factor tiempo, junto con la complejidad inherente de los problemas del DF, constituyen una primera llamada de atención para aquellos que imaginan que todo puede cambiar como por arte de magia, un segundo elemento que invita a la desdramatización de una posible administración cardenista en la ciudad es la pluralidad política. Si las encuestas algo nos dicen es que ningún partido político tendrá los apoyos necesarios para gobernar por sí solo. Aun si se aplicara la cláusula de gobernabilidad en la Asamblea de Representantes, la concurrencia de esferas de poder, y la heterogeneidad política de la ciudad recomiendan sentar las bases de gobernabilidad en el reconocimiento de la pluralidad. Esto quiere decir que la búsqueda de acuerdos será un artículo de primera necesidad, ya no un gesto o una dádiva graciosa. La construcción de la gobernabilidad deberá ser una práctica cotidiana en la que sin duda Cárdenas o cualquiera pagará algunos costos del noviciado. El hecho de estar en la ruta de darle expresión cabal a la representatividad política de esta ciudad no es sólo una operación que atiende viejas demandas, sino que impone nuevos y desconocidos hábitos políticos. Así pues, la negociación será uno de los signos distintivos de cualquier gobierno de la ciudad.

Y un tercer elemento que caracterizará la gestión política del DF será la continuación de una larga y pausada secuencia de reformas políticas. Ciertamente las bases generales del diseño institucional están presentes desde las reformas constitucionales de agosto del año pasado; sin embargo siguen faltando definiciones centrales. Como nos recuerda Ignacio Marvan,1 el actual Estatuto de Gobierno del DF se aprobó en junio de 1994 y se correspondía a un diseño institucional que hoy puede ser inoperante. El estatuto asumía que el jefe de gobierno no era electo de manera directa, universal y secreta, y reglamenta por tanto las distintas relaciones de poder que concurren en el gobierno del DF.

Sin embargo, con la legitimidad que las urnas le darán al próximo jefe de gobierno, se antoja al menos complicado que el nuevo titular -sobre todo si proviene de un partido de oposición- asuma sin chistar, por ejemplo, que el nombramiento de los titulares de la seguridad pública o la procuración de justicia sigan siendo atribuciones del ejecutivo federal; o incluso parece conflictivo que la ARDF procese, sin reglas explícitas, las propuestas de delegados que le presente el jefe de gobierno. Es evidente que habrá tensiones para operar, desde el entusiasmo político que puede propiciar la elección directa del primer jefe de gobierno, el conjunto de normas que se hicieron pensando en un momento de la transición política del DF en que se descartaba la cabal legitimidad de la cabeza de gobierno. Ahora bien, hay que señalar que el conjunto de los actores políticos parece haber optado por hacer caso omiso de este conjunto de tensiones. Nadie hoy está planteando seriamente la necesidad de adecuar el estatuto de gobierno a las nuevas circunstancias políticas que inevitablemente se generarán después del 6 de julio.

Qué se puede esperar entonces de un gobierno cardenista en la capital. Me parece que la complejidad de los problemas y lo corto de la duración de la gestión son elementos que invitarían a la moderación; la pluralidad inherente a la vida política de la ciudad aconsejarían hacer de la negociación la divisa fundamental, y finalmente el acotamiento institucional podría funcionar como un incentivo para un intercambio racional de apoyos y disensos con otras esferas del poder político. En un esquema ideal, y suponiendo una repartición de parcelas de poder significativas entre los actores políticos centrales, se podría esperar que si ninguna fuerza política poseyera por sí misma las condiciones para imponer sus propios proyectos, la concurrencia de atribuciones y el intercambio de garantías para gobernabilidades particulares fuera la estrategia conducente para todos. Esto presupone también que a todos los actores institucionales involucrados les resulta más o menos claro la conveniencia de cooperar, de actuar corresponsablemente en aras de fines que superan sus propias agendas particulares.

Pero además me parece que si Cárdenas ganara la ciudad, sería esperable que hubiera una suerte de tregua social -en términos de movilizaciones- más o menos prolongada. Y esto, paradójicamente, podría generar, en medio de una trabajosa construcción de la gobernabilidad, una sana sensación de gobierno. No quiere decir que no exista el riesgo de que diversas organizaciones priístas desaten una suerte de boicot sistemático en contra de las nuevas autoridades, pero dicho riesgo habría que matizarlo por dos elementos, uno que la lógica antes clientelar que partidista de la mayoría de esas organizaciones abre una posibilidad de negociaciones que se sitúen en un plano distinto del que marca la lógica del enfrentamiento entre partidos, y dos, porque si bien todo gobierno entrante tiene una carga importante de promesas y expectativas sembradas entre sus simpatizantes, también es cierto que la alternancia también produce una tolerancia social mayor hacia los costos de aprendizaje; dicho de otra forma, el beneficio de la duda tiende a ser más benévolo.

Los saldos que para la transición democrática tendría un triunfo cardenista en la capital me parece que serían positivos. Más allá del grado de identidad o rechazo que pueda existir con el proyecto perredista, creo que es difícil dejar de apreciar que uno de los elementos que le darán más consistencia al sistema de partidos es justamente que todos los actores con representatividad política real dispongan de parcelas de responsabilidad pública. Y esto es algo de lo que el PRD tradicionalmente ha estado ausente. Sin menospreciar los aportes de dicho partido a la dinámica legislativa, sin dejar de ver la importancia que tiene el gobernar municipios tan complejos como Nezahualcóyotl o Texcoco, es evidente que nada de esto tiene la dimensión y el peso político que ostenta el gobierno de la Ciudad de México. Insisto, éste sería un dato novedoso que puede propiciar una maduración en el conjunto de los actores políticos. Es evidente que no necesariamente se producirá dicho desenlace. 

Contar con tres fuerzas políticas implantadas, no quiere decir que fatalmente se producirá la cooperación, ni que la moderación y la responsabilidad reinarán en el ánimo estratégico de todos los actores; es más: tres fuerzas que tienden al equilibrio entre ellas, a la igualación de influencias, puede ser el peor escenario para la estabilidad. Aquí simplemente se quiere llamar la atención sobre lo novedoso que resultaría un escenario en que nuestros tres principales partidos fueran corresponsables de muchas acciones de gobierno, y sobre las potencialidades que en términos de estabilización podría tener dicha circunstancia novedosa.

Finalmente, el triunfo de Cárdenas en el DF -o de cualquier otro candidato- podría (¿debería?) propiciar un debate racional y moderado sobre la pertinencia del diseño institucional en que vive el gobierno de la ciudad, podría (¿debería?) contribuir a situar las prioridades que las políticas públicas deban reconocer en el ejercicio de gobierno, podría (¿debería?) también abrir nuevos cauces para encauzar la pluralidad o la cohabitación de diversas fuerzas políticas, podría, en fin, dar un impulso definitivo a la normalización democrática, a la civilidad política. Pero también el nuevo gobierno de la ciudad (cualquiera) se podría significar por llevar al extremo las tensiones institucionales, por profundizar el divorcio entre lo que espera la ciudadanía y lo que las autoridades son capaces de ofrecer, por hacer de la soberbia, la intolerancia o el autoritarismo el signo de gobierno, y por ser una ilustración de los pendientes que aún tiene nuestra vida democrática. 

Mucho depende de la sensibilidad de las autoridades por venir, y mucho, por fortuna, de los pronunciamientos que todos nosotros tengamos a la hora de votar. Seguramente el próximo gobierno no será el crisol de la democracia, pero tampoco un estandarte de la intolerancia. Será un eslabón más en la secuencia de normalización democrática. Al tiempo. 

1Un buen repaso de los dilemas institucionales presentes en el DF se puede encontrar en el ensayo “DF: La reforma pendiente”, que Ignacio Marvan publicó en Enfoque el 6 de abril.