Cinna Lomnitz. Geofísico. Investigador de la UNAM.

Esta vez, Cinna Lomnitz nos ofrece algunos detalles de la vida del creador del evolucionismo y varias consideraciones sobre la imagen deteriorada de los ambientalistas.

La palabra “darwinismo” no se refería originalmente a Carlos Darwin sino a su abuelo Erasmo, quien había basado su teoría de la evolución o “zoonomía” en los escasos datos sobre embriología y anatomía comparada de que se disponía a fines del siglo XVIII. Erasmo Darwin fue un pensador original quien tuvo influencia sobre Lamarck y Malthus, cuyo Ensayo sobre la población se basó en gran parte en la obra del distinguido abuelo de Darwin. 

Como era médico, Erasmo Darwin tuvo oportunidad de observar cómo los fetos se parecen a animales primitivos. Posteriormente, Ernst Haeckel proclamó que “la ontogenia resume la filogenia”, queriendo decir que las etapas de desarrollo de los seres vivos van recapitulando las etapas de su propia evolución. Así, por ejemplo, los fetos de los vertebrados (incluyendo al ser humano) poseen agallas como los peces. Sin embargo, esta “ley” de la evolución no se cumple al pie de la letra. Así, los diferentes grupos de vertebrados se van diferenciando ya en la etapa embrionaria, y ningún feto se parece a algún antepasado adulto. 

Lo que dijo Carlos Darwin fue algo mucho más profundo. Combinó una serie de hallazgos de diferentes disciplinas (principalmente de la geología, la paleontología, la anatomía comparada, la botánica y la zoología), para demostrar el mecanismo mediante el cual las características propias de cada una de las especies van modificándose según los desafíos del medio ambiente. Como no era especialista, Darwin supuso que sus ideas no serían aceptadas por los biólogos y que primero necesitaba demostrar su prestigio como naturalista. Escribió un tratado en cuatro volúmenes sobre las lapas, pequeños moluscos redondos que viven pegados a las rocas o a los cascos de los navíos, señalando que existen 500 especies diferentes de estos crustáceos. Ocho años en la vida de Darwin fueron dedicados a esta obra erudita, que sigue considerándose como un clásico de la zoología. 

Sin embargo, sus ideas científicas ya estaban formadas. Al observar las aves de las islas Galápagos, frente a la costa de Ecuador, se había dado cuenta que cada isla poseía especies de pinzones ligeramente diferentes, con distintos picos según el tipo de alimento disponible. Esto no podía ser una casualidad, ya que todos los pinzones eran descendientes de un mismo antepasado venido del continente sudamericano. Así, la diversidad genética resultaba ser la causa del progreso y de la supervivencia de estas especies. Sin embargo, Darwin no sacó las consecuencias de esta lección en su vida privada, ya que apenas de regreso de su viaje a América Latina y a los mares del Sur se casó con su prima Emma, hija de un adinerado tío materno. Ello le permitió vivir de sus rentas, dedicándose a sus estudios sin necesidad de trabajar. 

Darwin recordó a América toda su vida. Sin embargo, nunca logró regresar. Se lo impedía la enfermedad de Chagas, contraída en Argentina. Antes de contagiarse, Darwin había sido un joven atlético, muy saludable y un gran jinete. Competía con los gauchos de la pampa en sus suertes de equitación, y supo ganarse su respeto a pulso. Muchos años más tarde, los gauchos recordaban la figura gallarda de “don Carlos”, cabalgando con su martillo de geólogo en la mano y sus dos pistolas al cinto. Era muy popular. 

Hubo una suerte que Darwin nunca aprendió. Los gauchos eran expertos en cazar guanacos y otros animales con las bolas, dos esferas unidas por un mecate. El jinete giraba las bolas sobre su cabeza y las arrojaba con tal destreza que se enredaban en las patas de la víctima y la inmovilizaban. Cuando Darwin intentó la misma suerte, las bolas se enredaron en las patas de su propio caballo y lo derribaron en plena carrera, para alegría de los gauchos. Fue la única vez que Darwin falló. Se hizo bolas. 

Ciencia internacional

El doctor Julio Fernández, distinguido investigador de la Clínica Mayo en Rochester, Nueva York, acaba de comentarnos sobre el hallazgo reportado por un grupo de colegas que vieron por primera vez cómo se produce la actividad celular durante un proceso de secreción. 

Con la ayuda de un microscopio de fuerza atómica, los investigadores observaron una serie de hoyuelos de un micrómetro de diámetro en la superficie de una célula de páncreas. Para liberar la secreción de amilasa, una enzima digestiva que produce el páncreas, unas vesículas que nadaban en el líquido intercelular, obedeciendo algún estímulo externo, se anidaban en los hoyuelos y trataban de fundirse con la célula. Con ello se abría un poro por el que el vesículo descargaba su contenido de enzima al exterior de la célula. 

Lo mismo sucede cuando una neurona emite una sustancia neurotransmisora. Todas las secreciones internas del organismo aparentemente se producen gracias a estas estructuras que se forman en las membranas celulares. El proceso puede ser extraordinariamente rápido, como en el caso de un impulso nervioso que viaja de neurona en neurona segregando sustancias neurotransmisoras, o puede ser más lento como en el caso de la producción de serotonina o de histamina. 

El grupo de científicos que realizó la investigación es notable por su internacionalismo. Se compone de un americano, dos hindúes y dos alemanes. Las observaciones básicas se realizaron en las Universidades de Yale y de Würzburg. Tal internacionalismo hoy nos parece normal; sin embargo, hace apenas cincuenta años hubiera sido inconcebible. Es muy conocida la historia de los científicos expulsados de Alemania y de cómo contribuyeron al esfuerzo científico americano; pero la internacionalización de la cultura no abarcó únicamente a las ciencias. Basta recordar algunos nombres de exiliados de las artes y de las letras en Estados Unidos: Thomas Mann, Salvador Dalí, Piet Mondrian, Ludwig Mies van der Rohe, Walter Gropius, Max Reinhardt, André Breton, Roberto Matta, Oskar Kokoschka, Max Beckmann, Marc Chagall, Bertold Brecht, Arnold Schoenberg, André Masson… La lista es infinita. Además, igual que México, Estados Unidos también tuvo su exilio español. 

El fascismo fue el gran promotor de estas migraciones de científicos e intelectuales. En un principio, se intentó controlarlas mediante medidas restrictivas y xenófobas de Washington y de todas partes. No se comprendió el regalo involuntario que nos estaban haciendo Hitler y sus congéneres. No era solamente la transfusión de talento que se estaba efectuando al Nuevo Mundo; era el hecho mismo de que gentes de diferentes razas, religiones, ideologías y culturas pudieran colaborar y crear en un plano de absoluta igualdad. 

Ecología y política

Una de las ironías de nuestra situación de fin de siglo es el enorme poder y la eficiencia de los mecanismos económicos y financieros internacionales, cuando no hemos sido capaces de proteger la naturaleza y sus recursos, sin los cuales no podrán existir las generaciones futuras. En teoría, todos apoyamos la ecología; pero en la práctica nos aburre. Es muy poco lo que hacemos a favor del ambiente. 

El movimiento ecologista nació en la Inglaterra victoriana. Las primeras organizaciones ambientalistas nacieron allí entre 1890 y 1910. Hoy la Sociedad Británica para la Protección de las Aves tiene más de un millón de miembros y el Fondo Nacional para la Protección de la Naturaleza más de dos millones. 

Sin embargo, según David Evans,1 el éxito del movimiento ha sido relativo. Los números de los censos y las membresías crecen día a día pero no reflejan la verdadera fuerza de la ecología. Por el contrario, a mayor agresividad y publicidad del movimiento menores han sido sus logros. En Inglaterra, después de cien años de campañas incesantes en pro de la conservación de la naturaleza, puede decirse que la situación es más difícil que antes. 

El autor del libro que comentamos ha producido una recopilación realista, cuidadosa y aleccionadora de lo que es y ha sido el ambientalismo en el país que lo vio nacer. En sus inicios, la protección de la naturaleza fue cosa de caballeros excéntricos; uno de ellos rodeó su propiedad rural con una barda que costó más que la misma hacienda, con el objeto de impedir el acceso a los cazadores. Cuando se inició el movimiento para la protección de las aves se pensó que era necesario destruir las aves de rapiña. Fue hasta después de 1950 que se cayó en la cuenta que todas las especies merecían una misma protección. 

Hoy la inmensa mayoría del público británico apoya las iniciativas ecológicas y se preocupa por el futuro del planeta. Por otra parte, los activistas del movimiento se han ganado una reputación de conflictivos, necios y prepotentes. Dice Evans, quien es teniente de la policía rural en el condado de Gloucestershire, que sus contactos con el público le permiten afirmar que la primera prioridad del movimiento es la de mejorar su imagen. 

¿Por qué los activistas del movimiento ecologista han adquirido este tipo de imagen? La pregunta es interesante ya que las mismas tendencias se observan en México y en muchos otros países. Evans propone que la respuesta es compleja y no depende siempre de los propios activistas, lo que hace que el cambio de imagen sea difícil de lograr. 

Por una parte, las grandes empresas han ido apoderándose del problema ambiental y como tienen muchos recursos, tienden a hacerlo suyo. Es una movida publicitaria. Resulta que las industrias que más contaminan (como la petrolera), gastan más en publicidad ambiental. Pero cuando se trata de hechos, suelen oponerse a las medidas de protección ambiental y los gobiernos ceden con facilidad a sus razonamientos. 

Por ejemplo, en Gran Bretaña se ha gastado muchísimo dinero en tratar de promover la protección a unas cuantas especies a punto de extinguirse, pero los ecólogos saben que estas especies desaparecerán de todas maneras y que sería mucho más beneficioso crear más áreas verdes y más zonas recreativas en el campo. No se le ha dicho al público que la mayoría de las especies que hoy sobreviven en la naturaleza es porque han logrado un modus vivendi con el hombre. Si excluimos al hombre de las reservas ecológicas será a costa de esas especies, que tienen tanto derecho a sobrevivir como las demás. 

Las posturas carentes de realismo suelen tener apoyo comercial porque no amenazan los intereses de los auspiciadores. Se prefiere promover acciones ampliamente publicitadas a favor de la lechuza negra escocesa, en vez de apoyar la rehabilitación de las playas, que es costosa, y que los propios patrocinadores contribuyen a ensuciar. 

La agresividad de los líderes ambientalistas se explica en gran parte por un creciente sentimiento de impotencia. Han perdido una batalla tras otra. Además, la política se ha apoderado de las organizaciones ambientales y las ha convertido en grupos de intereses creados, con sus propios líderes de carrera. El discurso estridente es un medio para ganar acceso político a estos puestos. El resultado es la indiferencia del público. De esta manera (concluye Evans), el movimiento ecologista está cavando su propia tumba. 

Es importante que en México nos enteremos de las experiencias de movimientos más antiguos que el nuestro, para evitar caer en los mismos errores.

1A History of Nature Conservation in Britain. 2a. edición, Routledge. Londres, 1997, 288 pp.