Una lectura de La historia de Oswald, un misterio americano, el libro que Norman Mailer le dedica al asesino de John F. Kennedy, resulta útil para abordar el asesinato de Luis Donaldo Colosio desde otra perspectiva.

Norman Mailer ha escrito un libro raro: La historia de Oswald, un misterio americano. En Estados Unidos se han publicado un buen número de libros sobre Lee Harvey Oswald y la muerte de John F. Kennedy. ¿Por qué uno más? Porque, evidentemente, Mailer no estaba satisfecho con lo acumulado. Pensó que la pregunta a responder no era, ¿quién mató a Kennedy?, sino, ¿quién era Oswald?, puesto que sólo contestando esta última pregunta, dice, podemos esperar responder la primera.

Para contestar esta pregunta, Mailer se pasó seis meses en la Rusia postcomunista, en 1993, y como resultado de sus investigaciones nos ofrece un fresco de la vida, costumbres y sentimientos de la URSS en los primeros años sesenta, las memorias de muchos personajes que estuvieron cercanos a Oswald. Se zambulle, para ello, en aguas tan turbias y poco novelescas como el peso de la KGB en la rutina diaria de la gente, o la vida sexual de Marina. ¿Era acaso Marina una promiscua?

Oswald llegó a la URSS como turista en 1961, quiso obtener la ciudadanía soviética, se la negaron, y él apeló al recurso extremo de los desesperados: intento de suicidio. Ante el escándalo, los rusos cedieron; no la ciudadanía, pero le permitieron quedarse. De algún modo él esperaba el asedio de los periodistas para conocer las razones de su deserción, pero los únicos dos periodistas que lo atendieron eran, en realidad, agentes de la KGB que buscaban “sopearlo”. Esperaba quedarse en Moscú y lo enviaron a Minsk, la capital de Bielorrusia. Esperaba un puesto acorde con sus altos vuelos intelectuales, y lo mandaron de simple obrero a una fábrica de radios.

Escribe Mailer:

Debemos de conocer a Oswald lo suficiente para saber qué tan desmoralizado estaba por trabajar en una fábrica de radios… El no había viajado desde el cuerpo de Marines hasta la URSS para volverse anónimo… El deseaba poner su marca y mantenerla. Entonces dramatizaba su presencia durmiéndose [en el trabajo].

De cualquier modo, Oswald no la pasaba mal en Rusia. Tenía un buen departamento, éxito con las mujeres, y de alguna manera “estaba de moda”, pues entre los jóvenes había avidez por conocer cómo se vivía en Occidente. Conoce a Marina, la corteja, son novios, y al fin se casa con ella.

¿Cuál es el método de aproximación del autor al sujeto? En vez de discurrir acerca de en qué tipo de complot estuvo Oswald inmerso, Mailer prefiere preguntarse por la naturaleza del hombre que disparó. ¿Por qué tantas preguntas sobre quién estuvo detrás y cuál conspiración fue la que operó? Porque, dice, “virtualmente no es asimilable para nuestra mente que un pequeño hombre solitario pueda derribar a un gigante en medio de sus limusinas, sus legiones, sus multitudes y sus cuerpos de seguridad. Si tal don nadie destruyó al líder de la más poderosa nación sobre la tierra, entonces un océano de desproporción nos engulle y vivimos en un universo absurdo”.

Dice Mailer: si vamos a decidir que Oswald mató a Kennedy por sí solo, intentemos al menos comprender si era un asesino con visión o un matón sin ella. Pues se debe reconocer

que hace alguna diferencia para nuestra salud pública, siempre y en todo tiempo, el que un asesinato se cometa sin horizonte ni pensamiento, o que sea el grito de ira que nace desde un oblicuo corazón enloquecido por su propia visión de la injusticia.

Así, se puede afirmar que la muerte súbita de un hombre de tan vastas hechuras como JFK es más tolerable si podemos percibir a su asesino más bien trágico que absurdo. Con alguna estatura.

Mailer fue a Rusia no porque pensara encontrar allá la respuesta al enigma, “después de todo, estamos tratando con la mayor montaña de misterio del siglo XX”. La mira era acercarse lo suficiente a este periodo de la vida de Oswald para estar en condiciones de sentar un “campo de base” en las sinuosidades del misterio. Oswald, dice Mailer,

siempre fue puesto en un lecho de Procusto para que diera las dimensiones del complot; fue presentado como cualquier cosa, desde mercenario hasta agente de la CIA o de la KGB. Nuestra habilidad para rebasar tales marcos podría ser mejorada conociendo a Oswald un poco mejor; podríamos al menos descartar complots en los que él no participó. Antes de poder comprender a un asesino —si lo es— tenemos que descubrir sus motivos. Y para descubrir sus motivos, tenemos que conocer al hombre…

Así, para conocerlo, Mailer sigue a Oswald desde su traumática infancia, pasando por su pubertad, hasta su adolescencia y su incorporación al cuerpo de Marines. Ya desde la pubertad Oswald “desarrollaba fantasías acerca de ser todopoderoso y poder hacer lo que se le antojara”. A los 16 años expresa por primera vez su deseo de tener una pistola, que planeaba robar, y por la misma época empieza sus lecturas de marxismo (el Manifiesto Comunista). Su paso por los Marines es accidentado, rodeado por el recelo y la suspicacia de sus compañeros, envuelto en situaciones de “tiros que se le van accidentalmente”, una herida de bala que se causa adrede, para no participar en misiones consideradas peligrosas, etcétera. Oswald está resentido con los Marines por un castigo de 4 semanas de fajina.

Mailer interroga a altos exfuncionarios de la KGB sobre la especie de que Oswald pudiera haber sido reclutado por ese servicio, durante su estancia en aquel país. La respuesta es seca: después del intento de suicidio de Oswald, cualquier posibilidad en ese sentido estaba cancelada. “La KGB jamás reclutaría a un hombre así”, se le dijo al autor. ¿Y la CIA? La agencia norteamericana tenía más razones para querer tener algún vínculo con Oswald, y en efecto aquí hay más indicios de relación, pero mediada, no directa. El vínculo principal es un tal De Mohrenschildt, exiliado de origen ruso, quien declaró que la CIA tenía “interés” en Oswald por el tiempo que éste pasó en la URSS.

¿Era Oswald capaz de intentar asesinar a Kennedy, se pregunta Mailer? La respuesta es sí. No sólo existió una motivación ideológica ampliamente documentada en escritos y acciones, sino que está comprobado que Oswald mandó comprar por catálogo, y recibió en marzo de 1963, el rifle Mannlicher Carcano, de largo alcance y mira telescópica, con el que después se le disparó al presidente de los Estados Unidos. No sólo: Oswald disparó, el 10 de abril de 1963, contra el general Walker, un político de extrema derecha simpatizante de la John Birch Society, aunque sin hacer blanco. Comenta Mailer:

en las profundidades de la lógica de Oswald yace una premisa: cualquier hombre que esté poseído por la suficiente pasión política para alcanzar en los hechos la intensidad del homicidio, está llamado a ocupar un lugar en la alta mesa de los líderes del mundo.

Mailer da cuenta de cómo, a mediados de 1963, Oswald se convenció de que el camino a su grandeza revolucionaria pasaba por Cuba y Fidel, y cómo a partir de ese momento todos sus esfuerzos se encaminaron a llegar a la isla. Cómo se atribuye la representación en New Orleans del Fair Play for Cuba Comitte (FPCC) y se dedica afanosamente a formarse las credenciales revolucionarias que le permitan tener acceso, en sus planes, a los dirigentes cubanos. De sus dudas y depresiones, manifiestas en su repentino deseo de regresar a la URSS, junto con Marina y June, la hija de ambos. En su desesperación por alcanzar Cuba, Oswald especuló con la posibilidad de infiltrarse entre los exiliados cubanos y acompañarlos en alguna incursión a la isla; o bien la propuesta que le hace a Marina de secuestrar un avión y desviarlo a Cuba, lo que hace a Mailer exclamar: “¡Qué peligrosos medios contemplaba!”.

Esta es también la razón de su misterioso viaje a México. Oswald juntó y ordenó todos los recortes periodísticos de su acción en favor de Cuba y las “causas progresistas”, y se lanzó en autobús a la Ciudad de México, donde esperaba conseguir visa para la isla. Aquí va a la embajada cubana, donde desconfiaron de él y le dijeron que los trámites eran muy largos, lo que chocaba con su prisa. Como se le informó que la única manera de acelerar los trámites era consiguiendo primero una visa soviética, se fue a la embajada de la URSS en Tacubaya donde expuso, ante los agentes de la KGB que lo atendieron, la urgencia que tenía de salir de los Estados Unidos, pues ahí estaba “bajo constante vigilancia del FBI”.

Después de mil peripecias con los rusos, ante los que imploró que le dieran la visa, sin resultados, Oswald todavía regresa a la embajada cubana a exigir le permitan entrar a Cuba, y después de insultar a los burócratas cubanos, es prácticamente echado a patadas de la sede. Comenta Mailer:

Es penoso pensar en Oswald caminando por la calle, sus documentos en su maletín sucio. Todo su esfuerzo se había orientado a juntar esas credenciales, que ahora a nadie parecían conmover.

En estas condiciones regresa a Dallas, consigue empleo en el depósito escolar de libros y, el viernes 22 de noviembre de 1963, decide llevar su rifle al depósito. En todos los periódicos de Dallas se había publicado que por ahí pasaría, al día siguiente, la comitiva del presidente Kennedy.

Después de disparar contra JFK, Oswald va a su casa, se cambia de ropa, toma el revólver y sale. Como ya se estaban radiando sus datos, Tippit, un oficial de policía, lo detiene en la calle. Oswald lo mata de cuatro balazos y, a la deriva, se mete a un cine. Alguien lo ve y lo denuncia. Ahí lo atrapa la policía, no sin antes golpear a un agente y forcejear por la pistola.

Pero ¿realmente Oswald lo hizo? En cuanto a evidencia, responde Mailer, uno encuentra una jungla de opiniones contradictorias de expertos acerca de si Oswald pudo hacer los tres disparos en tiempo, si era suficientemente bueno como tirador, si fue el único tirador en la Plaza Dealey; pero la evidencia en sí misma -dice-, nunca podrá proporcionar la respuesta a un misterio. “Así, la verdadera cuestión no es si Oswald tenía la destreza para realizar el acto, sino más bien si tenía el alma de un asesino”. Y apunta: cada introspección que hemos obtenido de él sugiere la naturaleza solitaria de su acto.

Ahora bien, ¿por qué el FBI se aferró, 48 horas después del atentado, a la tesis del asesino solitario? Porque, dice Mailer,

Hoover no podía dejar a los investigadores cruzar ciertas líneas pues, de hacerlo, la estrecha relación de trabajo entre tales personajes del hampa como Sam Giancana y John Rosselli con los más altos funcionarios de la CIA, en la misión común de asesinar a Fidel Castro, pudiera quedar al descubierto.

En cuanto al FBI, estaba el Cointelpro, una especie de departamento clandestino del Buró para la provocación, que tampoco debía ser expuesto al escrutinio público.

Más allá de las obvias analogías que saltan entre el caso Kennedy y el caso Colosio, y toda proporción guardada, es posible establecer también algunas similitudes entre Lee Harvey Oswald y Mario Aburto. Para empezar. Oswald era disléxico; Aburto también. Oswald escribe Lein en vez de Lenin, enorgies por energies, opions por opinions, etc.; Aburto escribe vusca por busca, apollo por apoyo y asiendoles por haciéndoles. Ambos tuvieron infancias traumáticas, familias separadas o desarticuladas, educación elemental, mala e incompleta. Oswald es malo para trabajar, en general es mal visto por sus compañeros, entra en conflicto con los patrones, virtualmente no tiene amigos; lo mismo Mario Aburto.

Oswald dice, con relación a unas fotos donde aparece armado y uniformado, que es un “fotomontaje”; Aburto asegura que el video donde aparece disparando a Colosio fue manipulado. Oswald grita, frente a las cámaras de televisión, “¡yo no lo hice, yo no lo hice!”. Aburto masculla, todavía en Lomas Taurinas: “¡Yo no fui, fue el ruco!”. Como Aburto, Oswald no quiso abogado y se negó a contestar pregunta alguna al iniciarse su interrogatorio. Como el de Aburto, el interrogatorio de Oswald es un desastre: mucha gente, reporteros, policías municipales, agentes del FBI, del servicio secreto.

Cuando se decide por un abogado, Oswald pide a John Abt, célebre penalista que defendió a los líderes del Partido Comunista norteamericano, Gus Hall y Benjamin Davis, cuando ambos fueron acusados de conspiración para derrocar al gobierno; Aburto pide a Manuel Camacho. Oswald niega matar a Kennedy, pero dice con desdén que la gente se olvidará de él en pocos días. Aburto dice que no quería matar a Colosio, pero reclama el que se le hayan hecho a éste honores funerarios de estadista. Los rumores en el sentido de que el FBI o la CIA habían participado en el complot para matar a Kennedy se levantaron, en Dallas, desde el primer momento. Las sospechas contra el PRI y Carlos Salinas en la muerte de Colosio también surgieron temprano.

Según Margarite Oswald, la madre, dos agentes del FBI, su nuera Marina y otro alto funcionario estuvieron detrás del complot para matar a Kennedy. ¿Ya se olvidó aquí el revuelo mayúsculo que causaban las tontas declaraciones de los parientes de Aburto? Mailer comenta el impacto de la película de Oliver Stone, JFK. Ahí, dice,

nuestro presidente fue asesinado por los arquitectos de un vasto complot que incluía a los más poderosos jefes de nuestras fuerzas armadas, nuestros servicios de inteligencia y nuestra mafia, una consigna general del establishment malvado que estremece nuestra necesidad de vivir imaginativamente, con grandes hazañas en grandes guerras; pero una tesis tal nos deja en el horror: somos pequeños, y las fuerzas del mal son enormes.

Por supuesto que las probabilidades de que tan gran complot pueda tener éxito y permanecer oculto son también pequeñas. “Y Oswald hubiera sido el último hombre que el cerebro de una tan vasta conspiración hubiera escogido para estar en la acción”, remata. Lo mismo he dicho, desde hace tiempo, de Aburto.

 

Gustavo Hirales
Escritor y periodista. Es autor de la novela Memoria de la guerra de los justos.