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La revista Harper´s de abril 1997, incluye esta anécdota contada por el director de cine Peter Bogdanovich:

—Debo decir que fue tremendo; había sangre en todas partes —empezó de pronto Alfred Hitchcock en la parte trasera del elevador. Estábamos en el Hotel St. Regis de Nueva York, bajando al lobby. Había un ligero rubor en sus mejillas por los varios daiquirís que se había tomado en su suite. El elevador se había detenido, entraron tres personas vestidas para una velada, y Mr. Hitchcock empezó a hablar de inmediato; su tono era el cuidadoso y familar de su programa televisivo. Siguió: —Un arroyo de sangre le brotaba del oído, y otro de la boca.

La gente había reconocido a Hitchcock de inmediato, pero ahora al parecer evitaban mirarlo, a propósito.

El siguió, mirando al frente con beatitud mientras el elevador se detenía de nuevo y entraba otra pareja bien vestida: —Claro, había un inmenso charco de sangre sobre el piso, y toda su ropa estaba ensangrentada. Aj, era una cosa horrible. —Me pareció que nadie respiraba en el elevador. —¡Sangre por todas partes! En fin, yo miré al pobre hombre y le dije: “Dios mío, ¿qué le pasó?”. —En este punto las puertas del elevador se abrieron hacia el lobby y Hitchcock dijo: —¿Sabes qué me dijo?- e hizo una pausa. Después de un momento, y con muy pocas ganas, los otros pasajeros salieron del elevador y voltearon a ver al director mientras se alejaban. Luego de varios instantes, pregunté: —Bueno, y ¿qué dijo?— y Hitchcock sonrió con benevolencia, me tomó el brazo, y dijo: “Pues nada: era sólo mi cuento para elevadores”.