Rodrigo Morales M. Consultor político de GEA.

Los recientes comicios en Morelos arrojaron resultados que superaron casi cualquier pronóstico, y la mejor prueba de ello es el escenario especulativo que heredan. Me parece que hay dos grandes saldos a resaltar. Por un lado, la enorme movilidad de las preferencias ciudadanas, su escaso apego a los partidos, y por el otro la consistencia de un activo institucional que ha demostrado ser capaz de procesar elecciones con un alto grado de incertidumbre. Los vuelcos en las preferencias, el ineludible avance del PRD como referente ganador, la consolidación de cierta clientela panista, y los retrocesos del partido oficial, en Morelos fueron sospechas que se materializaron de manera amplificada. 

Difícil de imaginar que la votación pudiera reconocer vuelcos tan importantes si se apela únicamente a las referencias convencionales del comportamiento electoral: es evidente que la crisis económica, el crecimiento del PIB o el control de la inflación han dejado de ser los componentes principales para entender la actitud de los votantes; tampoco es demasiado claro que sean los referentes programáticos los que preponderantemente expliquen los modos de votar de la gente. Así, en una entidad cuyo perfil de electorado era en teoría más proclive al priísmo, los vuelcos desmienten el lugar común. Para los buenos entendedores resulta evidente que el volumen de voto que puede aportar el aparato priísta tradicional está acotado, o al menos resulta insuficiente para garantizar victorias. No es menor la evidencia. 

Si esto es así, habrá que trasladar el debate a que hay una franja creciente de electores a los que hay que seducir con argumentos, con ofertas políticas competitivas, y que es justamente este tipo de ciudadanos el que determinará el derrotero electoral. No hay ingenuidad. Por mucho tiempo se asumía que el PRI poseía una porción dura de votos que no entraban al mercado electoral moderno, que eran indiferentes a la pluralidad, y que esos electores eran suficientes para darle continuidad a cualquier proyecto. Morelos (y antes muchas otras entidades) es una prueba que dicha convicción debe ser revisada. Si los votos duros se han ido ablandando ineludiblemente, lo que queda es justamente la disputa por esa franja de lealtades leves. Y ahí los aparatos cuentan menos, la competencia apela a la credibilidad de los líderes, a los valores que encarnan, a la esperanza que venden. 

Así las lecciones para el PRI son más o menos evidentes, pero no por ello de fácil solución. Es obvio que la variable crisis económica o crecimiento del producto ha dejado de jugar en automático en favor o en contra de sus votos. Por otra parte, es también claro que los votos que aporta el aparato ya no alcanzan para garantizar victorias. Ahora el fraseo autocrítico del PRI apela a fallas en la selección de candidatos como la variable central, y el punto aquí es saber exactamente qué se quiere decir con esto, y si es posible adoptar procedimientos de selección que efectivamente garanticen la idoneidad de sus abanderados. 

El PAN por su parte pudiera exhibir cuentas alegres y subrayar el avance logrado: de no haber tenido presencia en la entidad, ahora consolida su tendencia a ganar las capitales de los estados, y conserva una franja del electorado urbano. Sin embargo, los comicios de Morelos debieran ser ocasión para revisar sus estrategias. Habría que descongelar el triunfalismo y hacerse cargo de que ha aparecido un nuevo contendiente capaz de disputarle en las urnas el sentimiento de hartazgo o de castigo. Ya no es, como lo fue por mucho tiempo, el referente partidario que se beneficia de los tropiezos de sus otros dos contendientes.

Finalmente el PRD aparece como el gran ganador. De manera consistente el partido del sol azteca ofrece a sus seguidores la imagen de partido con vocación de triunfo, con posibilidades reales de acceso al poder. Acaso ello se deba a que han empezado a invertir más en la construcción que en la denuncia, a que han logrado organizar mejor a sus cuadros, y han podido colocar de mejor manera su oferta política. Al margen de la nueva obsesión priísta por atacar todo lo que huela a panismo, el PRD se ha podido beneficiar de contar con la imagen de no ser la fuerza amenazante. Y ya ha crecido lo suficiente como para que los cálculos se revisen.

Mucho se ha escrito de que los comicios de Morelos son una suerte de anticipo de lo que serán las elecciones federales de julio. No creo que se puedan trasladar las condiciones particulares que se dieron en aquella entidad, pero sin duda que sí constituyen un aviso para todos los partidos, una llamada de atención para recolocar sus estrategias, para identificar de nuevo sus propias fortalezas y debilidades. Las elecciones en Morelos, al menos han demostrado que los niveles que pueden alcanzar los vuelcos, obligan a revisar los cálculos y supuestos que animaban los pronósticos de los comicios federales. 

El otro gran saldo que arrojan las elecciones, y que no habría que dejar de insistir en destacar, es el incremento en la capacidad institucional para procesar comicios competidos. No sólo hay una mejor construcción del entramado institucional, sino que se puede acreditar también una madurez de los actores para entenderse. El expediente electoral, para fortuna de todos, sigue implantándose entre nosotros como la mejor vía para procesar las diferencias. No es menor el dato. Como gusta decir el consejero Lujambio, se acrecenta la certidumbre en los procedimientos, y la incertidumbre en los resultados. Antes no había demasiadas dudas sobre quién iba a resultar el ganador de la contienda electoral, y en cambio había muchas suspicacias sobre la transparencia de los procedimientos. Hoy parece que se empiezan a invertir los términos. Activos institucionales al alza, partidos políticos cada vez más implantados y un electorado cada vez más exigente parecen ser la fórmula que se abre paso. Enhorabuena.