Jean-François Prud’homme. Politólogo. Investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas.

Todavía sabemos muy pocas cosas en torno a las motivaciones del elector mexicano. Apenas se están realizando los primeros estudios en torno al comportamiento electoral nacional. Sin embargo, según las conclusiones de un artículo publicado por dos politólogos norteamericanos en una prestigiada revista de ciencia política, parece que la oferta programática de los partidos cuenta poco en la definición del voto en México. Es un hallazgo que seguramente no satisface a muchos comentaristas de la política nacional que desde hace tiempo lamentan la falta de importancia de la oferta programática de los partidos en la vida política nacional. 

No obstante, la ley obliga a los partidos políticos a presentar una plataforma electoral detallada antes de cada elección. Los partidos cumplen cabalmente con esta disposición de la ley. Aun si las deliberaciones partidistas que llevan a la adopción de las plataformas son poco publicitadas, es un hecho que éstas logran dibujar perfiles partidistas bien nítidos. Ello, no sólo en cuanto a propuestas políticas sino también en cuanto a estilo e imagen de las distintas formaciones políticas. Vale la pena examinar más de cerca las plataformas que presentaron los principales partidos para la elección legislativa de 1997. 

El primer elemento que llama la atención en la lectura del conjunto de los programas de los partidos es la importancia de la forma que, de entrada, contribuye a distinguirlos los unos de los otros. Así, la plataforma panista refleja su larga tradición de partido de oposición legislativa. A cada propuesta política corresponde una iniciativa de reforma a las leyes que viene con la indicación de todos los pasos a seguir desde la reforma constitucional hasta los aspectos reglamentarios. En muchos casos, la precisión conlleva a formular textualmente el contenido de la ley reformada. Es un partido que asume su vocación legislativa. 

En el caso del PRD, las propuestas están formuladas con trazos grandes, un tanto desordenados, que recuerdan un cierto estilo en la práctica de las ciencias sociales universitarias. El énfasis está puesto en la crítica y en la formulación de una oferta política en la cual los objetivos globales predominan sobre los mecanismos precisos de su aplicación. Es una plataforma de movilización más que una agenda legislativa. 

Finalmente, la plataforma electoral del PRI refleja su carácter de partido en el gobierno. En más de un aspecto es un documento que recuerda por el lenguaje, el contenido y la manera de sustentar los argumentos, los numerosos planes e informes de actividades que publican las diversas dependencias del gobierno. Bien documentada, con un claro propósito de abarcar todas las esferas de la actividad gubernamental, esta plataforma electoral se caracteriza, por un lado, por la prudencia y generalidad de sus compromisos y, por otro, por su inscripción en la continuidad sexenal. 

Pero la forma no es todo. El contenido también importa. La oferta programática del PAN se apoya en un diagnóstico de la realidad nacional en donde la raíz de los problemas reside en la excesiva concentración política y geográfica del poder político. En este contexto, no es de sorprender que las soluciones a los problemas observados en las distintas áreas del quehacer gubernamental pasen por una reivindicación constante de un federalismo más activo tanto en cuanto a facultades como en cuanto a manejo de recursos fiscales. Así, en materias como la salud, la educación, la cuestión agraria, la ecología y las reservas territoriales, Acción Nacional aboga a favor de una devolución de facultades a los estados mientras que mediante la creación de un Consejo Nacional Tributario, propone la instauración de un esquema de redistribución de las participaciones que se acerque gradualmente al 50-50 entre gobiernos federal, por un lado, y estatal y local, por el otro. 

El énfasis en la descentralización como solución a los problemas del país es congruente con la tradición doctrinaria y legislativa panista pero refleja también los intereses de un partido cuya fuerza política sigue residiendo en fuertes bastiones regionales y que todavía no siente -o asume- una vocación de gobierno central. 

Más allá del énfasis en el federalismo, la plataforma panista reproduce también las reivindicaciones tradicionales de este partido que han contribuido a que sus adversarios denuncien sus rasgos conservadores: la reforma al artículo 123 en materia de relaciones laborales, la abolición del libro de texto gratuito único, la promoción de la educación libre y no laica, la profundización de la reforma al artículo 27 en materia agraria y la inclusión en la Constitución del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte son algunos ejemplos de esa continuidad ideológica. Las incursiones esporádicas en temas como los derechos indígenas o la eliminación de estereotipos sexuales en los manuales escolares no bastan para modernizar la imagen de ese partido y desplazarla más hacia el centro según el deseo que manifestó su nueva dirigencia. 

El eje del diagnóstico que hace el PRD de la situación actual del país es la denuncia de lo que se ha dado por llamar neoliberalismo, definido como una alianza entre poderosos nacionales y extranjeros. Frente a esa alianza, se encuentra un pueblo marginado y empobrecido y una nación despojada de su soberanía. La solución a esos problemas pasa por la resurrección del papel rector del Estado, la reactivación de la economía que se apoya en un incremento de la aportación del trabajo en la generación del ingreso nacional, la definición de las prioridades económicas y políticas en función del interés nacional y la promoción de una forma de democracia política participativa. En las propuestas más específicas -y no más concretas- de la plataforma, llama la atención el desequilibrio entre el número de programas que incrementan los egresos del Estado y disminuyen sus ingresos: el lector mejor intencionado no puede sino pensar: ¿cuánto costaría todo eso? 

La oferta programática del PRD refleja más claramente una vocación contestaria que una vocación inmediata de gobierno. Su sobreoferta política no lo compromete directamente con la realización de las promesas políticas a la vez que amplía su convocatoria e incrementa su capacidad de presión legislativa. Esa vocación se refleja de manera más lograda en los capítulos en donde el partido asume las reivindicaciones sociales de grupos políticamente desfavorecidos como las mujeres, los pueblos indios y los jóvenes. A pesar de ello, no deja de decepcionar la falta de imaginación y de innovación en las propuestas del PRD que siguen apareciendo como un viejo recetario del populismo de izquierda. Todavía le queda mucho por hacer a ese partido para renovar su discurso e imagen y adaptar sus propuestas a las capacidades reales del país, condición esencial para ejercer el gobierno. 

Finalmente, la plataforma del Revolucionario Institucional refleja también la vocación pasada y la naturaleza de esa organización política. De todas las plataformas electorales es probablemente la que abarca más aspectos vinculados a la gestión del país. Sus diagnósticos parecen bien informados y, por supuesto, aprobatorios de la labor de gobierno realizada en los tres últimos años. La agenda legislativa se inscribe en la continuidad y el mejoramiento de las reformas pasadas. La dirección es clara: recuperación económica mediante las fórmulas empleadas en los últimos años, consolidación de las instituciones en el sentido de dar más garantías y seguridad y lucha contra las desigualdades mediante la búsqueda de igualación de las oportunidades. En materia de educación y de rol del Estado en la vida económica, por ejemplo, están presentes los elementos que permiten distinguir al PRI de sus principales contendientes. 

A pesar de todo ello, y de muchas buenas intenciones en materia de ética política, hay algo en la plataforma electoral del PRI que causa una curiosa sensación al lector. Hay muchos buenos propósitos que no se traducen realmente en propuestas legislativas. En varios capítulos, la agenda legislativa se reduce al desglose de las reformas aprobadas en la legislatura anterior; en otros, se limita a anunciar la consolidación de lo efectuado. Ante ello, el lector se queda con la impresión de que en ese partido la iniciativa legislativa está en otra parte y se pregunta: ¿dónde está el partido? 

Más allá de esas impresiones generales que contribuyen a dibujar el perfil de los partidos principales y de su oferta programática, las plataformas entran en detalles que permiten situar más precisamente la posición de los partidos en torno a ciertos aspectos de la política pública. En ese sentido, merecen una divulgación que su formato y extensión no favorecen: son documentos largos y a veces tediosos y técnicos. Sin embargo, los cambios introducidos por la nueva legislación electoral van a permitir a los partidos tener un acceso mayor y más ágil a los medios de comunicación electrónicos. Además, los partidos parecen por fin estar convencidos de los beneficios de la mercadotecnia como manera moderna de tener acceso al electorado. No estaría mal que usaran esta oportunidad para divulgar de manera accesible al gran público sus plataformas electorales. Así, quizás, el comportamiento electoral se vería más influido por las ofertas programáticas.