Pedro Angel Palou. Escritor. Es autor de la novela Memoria de los días. 

La segunda novela de Juan Villoro contiene una fuerte carga mítica: La ciudad de México es un río “y los coches lanchas entre las chinampas”.

Juan Villoro

Materia dispuesta

Alfaguara México, 1997

Juan Villoro, hasta entonces considerado por el público como un brillante cuentista (La noche navegable, Albercas) o un preciso cronista (Tiempo transcurrido, Palmeras de la brisa rápida), sorprendió a los lectores y a la crítica en 1991 con una primera novela, El disparo de argón, construida como un thriller que terminaba siendo una atroz fábula sobre la descomposición moral de nuestro país. A través del juego de la mirada y la ceguera y alrededor de una clínica de ojos Villoro urdía una complicada corrupción política. No dejaba de asombrar al lector la mediación dramática con la que el novelista lograba introducir todo un mundo mítico que, por debajo de las líneas argumentales, sostenía -con todo y el espejo de Tezcatlipoca- la mirada simbólica del autor. Villoro, hemos de apuntarlo, no estaba interesado directamente con la alegoría, le interesaba mejor contar una historia. 

En una entrevista reciente con objeto de promover su nueva novela, Materia dispuesta, declaraba que el mandamiento esencial del escritor debía ser: “No aburrirás”. Sin embargo, Villoro no ha apostado nunca por una literatura de concesiones, la feliz facilidad de sus historias radica, precisamente, en que es por debajo de la historia -al anudar los hilos de la trama- donde opera el sentido profundo de sus novelas. En esta última Mauricio Guardiola -Las tribulaciones del apático Guardiola se podría haber llamado la novela si Villoro hubiera querido poner el énfasis en la bildungsroman de Musil a la que tanto le debe- se enfrenta a una atípica educación sentimental. Materia dispuesta inicia contándonos las visitas del arquitecto Guardiola a sus amantes en viajes desde Terminal Progreso -frontera de la ciudad- hasta cualquier motel o casa acompañado por supuesto de su hijo Mauricio, pretexto para salir de casa. Con pericia narrativa Villoro cuenta en “Toallas ejemplares”, el inicio de la conciencia sexual -una de las líneas argumentales del libro- al contemplar a su padre haciendo el amor con Rita, la mujer en turno. 

El tercer capítulo, “El bello durmiente”, -un concurso de colchones que obligaba al concursante a estar en cama treinta días seguidos- después de un segundo, “La historia de la equis” que nos introduce de lleno en el submundo mítico de Villoro: la mexicanidad como apuesta, estamos ante el divorcio de sus padres, las vacaciones o el haber vivido en el centro de la ciudad, en casa de una historiadora de las mentalidades, Clarita Rendón, amiga de su madre. Se opone la primera experiencia de esa conciencia del otro. En una tienda de trofeos, La copa de bronce, conoce el soplo tibio, el dulce aliento de Regina y sus besos. La primera novia a la que tiene que dejar cuando regresa su madre de viaje y él vuelve a vivir a Terminal Progreso: “Luego vengo -prometí, y adentro se me rompió algo, un siseo de papel, el sobre que nunca llegaría”.

Si el primer amor se desvanece, la imagen de Verónica, la niña vecina que está en coma casi toda la novela, se convierte en metáfora de la ciudad y representación de la ingenuidad misma. La anunciada iniciación sexual, no con el mítico Vulcano reparador de llantas sino ante la mujer, ocurre cuando el tío Roberto lo lleva al Iris, a un show. Con sutileza Mauricio nos describe, ya en plena adolescencia, el impacto y la humillación de la experiencia de ver mujeres cuya única sensualidad consiste en abrir las piernas; “Si en el guardarropa de Rita sentí la atracción de las veladoras, los cierres, los broches, los encajes que podían llevar a un cuerpo, ahí el espectáculo funcionaba por reducción: las mujeres se desvestían hasta no ser más que unos centímetros de sexo expuesto”. La escisión adolescente -esa edad de la vida en la que todo parece perdido- se encuentra marcada en el libro por otra sutileza: el juego de las personas gramaticales. El capítulo pasa de un yo confesional como el que habíamos leído hasta entonces a una tercera persona -Mauricio- en un acto de malabarismo lingüístico. El yo de ayer -el niño Mauricio- queda suplantado por una distanciada tercera persona. La distancia no sólo es gramatical, marca el profundo dolor del aprendizaje, la pérdida del yo. La textura de la prosa de Villoro, en apariencia fácil -sólo en apariencia- oculta a un hábil tejedor. Si a primera ojeada podemos decir que sus novelas son realistas -incluso de un naturalismo psicológico exacerbado, sobre todo esta última-, esa apariencia de concordancia con lo real es sólo un sustrato sobre el que se tejen variaciones simbólicas, hasta llegar a una capa de tierra menos visible pero más profunda, que es el juego con los espacios míticos de México. A partir de este momento la novela continuará en tercera persona. 

Mitos, además, insospechadamente vivos, como podemos ver en la necesaria mexicanidad -incluso charra- del arquitecto Guardiola y los políticos que le permiten llenar la ciudad de edificios con equis, grecas y motivos prehispánicos. Lo irrisorio, lo profundamente curioso de la vida, es que ese México profundo le aparecerá debajo de la tierra obligándolo a claudicar en su proyecto más ambicioso. Verónica, que ha despertado de su letargo como el país, sólo alcanza a reivindicar el pasado como posible existencia. No es raro que ella trabaje con un biólogo serbio en el rescate del jardín perdido de los aztecas en Xochimilco, no es raro que se le ame por su debilidad: “Verónica me gustaba como tragedia. Ella afianzó mi aprecio por la belleza desmejorada. En los comerciales de remedios contra la gripe disfrutaba la parte negativa, cuando las modelos estornudaban con ojos hinchados, labios resecos, narices afligidas, voces rotas, infinitamente superiores a la banal alegría con que se aliviaban”.

Pero antes de eso Mauricio intentará ser actor para convertirse en taxista. En el México de Villoro, la ciudad sigue siendo un río y los coches lanchas entre chinampas. Es la única manera de entrar a un mundo donde los automóviles, pese a tener el año en el modelo, llevan nombres como Nausicaa, Uroboros del 72, Zoas. La parodia teatral nos permite insistir en el sustrato mítico. Un director teatral quien encuentra sus obras y no las escribe, porque sus actores no tienen parlamentos, propone un espectáculo plástico resumen de todos los kitsches posibles: Abraxas, pero la carcajada mayor radica en que sus actores no parecen mexicanos y la obra va a montarse en Europa. Para parecer morenos tendrán que someterse a infames baños infrarrojos en todos los balnearios posibles. Un país que quiere parecer sale a la luz en cada instante, pero emerge en un momento de decadencia, donde cada mito y cada símbolo son usados según la conveniencia inmediata y en realidad se encuentran vacíos. De taxista pasará a videoasta, donde encontrará sus quince minutos de fama -a decir de Warhol- y terminará haciendo programas de matemáticas para telesecundaria. La madre de Mauricio -que en un inicio es mamá y luego llevará nombre propio -Cristina Ferrán-, su tío Roberto, que ha entrado a una secta de la mexicanidad donde no puede usar su nombre y le llaman Tizoc, y Carlos, su pragmático hermano, el único que sabe sacarle provecho a vivir en México, completan el cuadro familiar. Pancho, un amigo y vecino que pasa por todas las posiciones -es quien lo invita a círculos y células y le regala su primera lectura marxista: “Cuando abrió el Manifiesto, Mauricio leyó tres palabras: “Un fantasma recorre_” No pudo seguir porque sonó el teléfono”- hasta terminar en actor de Abraxas y asegura haberse acostado con prácticamente todos los hombres del elenco. México es un mundo -según Carlos- dividido en dos: el lugar donde están los machos y el mundo puto, de donde hay que escapar a tiempo.

Al comentar un ensayo de Borges, El escritor argentino y la tradición, Ricardo Piglia ofrece una serie de condiciones sobre la situación del escritor latinoamericano que vienen a cuento. Para él estamos obligados a una mirada estrábica: “Hay que tener un ojo puesto en la inteligencia europea y el otro puesto en las entrañas de la patria”: pero es la conciencia de esa escisión la que le permite al escritor jugar con su tradición -y con las otras-. Villoro también es, en ese sentido, un extraditado, obligado siempre a recordar una tradición perdida, forzado a cruzar la frontera, ahí es donde se funde la identidad y la voz de toda su narrativa. Lo mismo decía Borges: las literaturas secundarias y marginales, desplazadas de las grandes corrientes, tienen la posibilidad de un manejo propio, irreverente de las tradiciones centrales. Materia dispuesta comprueba una vez más que se puede responder a la pregunta de Darío -¿puede un hijo de Metapa preocuparse por Atenas?-, siempre y cuando se lo haga con humor. La risa de Villoro -creo que su humor en esta novela ha ganado en profundidad, basado más en un complejo sistema metafórico que domina y no en el chiste fácil o en el equívoco gratuito de cierta literatura de la crónica en nuestro país- alcanza su punto más alto con los trofeos que recibe -no tan simbólicos en el recuerdo como los besos de Regina en la tienda La Copa de Bronce-: “Pasó horas ante su atlante de Tula, su pipa y su Artemisa sin gracia, sorprendido de la infinita tristeza que podían darle los trofeos”. 

La novela finaliza en el terremoto de 85, tal vez porque una vez reducidos a cenizas y escombros, los mexicanos tuvimos la oportunidad de volver a nacer: “Amanecía en la calle, amanecían de nuevo, se acercaban al borde de las cosas, a lo que empieza a ser distinto, futuro, definitivamente real”.