En septiembre de 1976, Alba Rojo me llamó por teléfono con una invitación alarmante: Carlos Pellicer acababa de publicar su libro Esquemas para una Oda Tropical y había pedido que yo se lo presentara. ¿Quiénes más estarían en la mesa? Sólo él y yo. Acepté automáticamente, desde luego, y me quedé mirando al techo.

Era típico de la arrogancia y del sentido del humor de Pellicer preferir un novato a los señorones de la literatura mexicana para la presentación de su libro, ¿pero qué diablos iba yo a decir? Pellicer hacía gala de su desprecio por la pedagogía y por la crítica (luego me enteré que había sido pedantísimo como profesor, como en algún curso universitario sobre Díaz Mirón, al que asistió el joven Jaime Sabines; y llegué a presenciar conferencias suyas en la Casa del Lago, donde hacía oralmente crítica literaria densísima, particularmente diestra en cuestiones métricas y sonoras), de modo que ir a leerle a la cara un ensayo me resultaba embarazoso.

Además, Pellicer tenía mucho de un comediante socarrón, sobre todo con discípulos tímidos y embobados como yo; capaz que se me ponía a bostezar abiertamente mientras yo lo elogiaba; y si se me ocurría alguna crítica —como ya había pasado en nuestras conversaciones en su casa, junto a los pequeños Velascos que le robaron—, ¡qué tremolina de gran guiñol era capaz de armar! ¡Cómo se llamaba a la guerra del fin del mundo!

Pellicer

Había visitado casi semanalmente durante más de un año a Pellicer para platicar sobre Vasconcelos, y el trato amable y generoso con que me distinguió en ese tiempo se estaba convirtiendo en una pequeña camaradería, ahora que mi libro vasconceliano estaba terminado y en trámites de publicación (lo aprobó y recomendó generosamente, pero dudo que haya leído todo el manuscrito). Me invitaba con frecuencia a platicar sobre cualquier cosa y me insistía en que le llevara poetas y escritores jóvenes. Quería “oír” sus textos. (Le daba flojera leerlos, pero podía pasarse un buen rato oyéndolos leer en voz alta. Claro que interrumpía mucho, no con observaciones sobre el texto, sino sobre la forma de leerlo en voz alta.)

Sí escribí, de cualquier modo, un comentario sobre Esquemas para una Oda Tropical, que se publicó en Siempre! y que no le disgustó del todo. Pero urdí para la presentación una especie de entrevista arreglada. Esbocé un pequeño cuestionario, que él corrigió y aumentó, y se suponía que después de cada una de sus respuestas él leería un fragmento oportuno que yo había seleccionado. Mecanografié y fotocopié un verdadero guión de la entrevista, con los fragmentos transcritos, y lo ensayamos (a petición suya) en su casa.

Llegamos al auditorio Gonzalo Robles del Fondo de Cultura Económica (a las siete de la noche del 25 de agosto) con sendas copias del guión. Pellicer iba muy echeverrista, con una chaqueta clara de cuero, partiendo plaza por Avenida Universidad. Se veía fresco y vigoroso; nadie imaginó que le quedaba apenas medio año de vida.

Y empezó el lío. Cuando le tocaba hablar, digamos, del sentido cristiano de la muerte —tema en el que él había insistido muy enfáticamente—, se ponía a contar anécdotas chuscas, como aquella de la sobrina con quien Díaz Mirón quería casarlo… ¡porque, desde luego, los dos grandes poetas debían emparentar!

Me llamé a paciencia: había que dejar jugar al viejo. Prendí nerviosamente un cigarro. Pellicer entonces suspendió la charla, con cómica cara de escándalo, una mueca casi de cine mudo, y señaló con todo el brazo el letrero rojo de “Prohibido fumar”. Más tardé en apagar mi cigarro que él en prender el suyo, tosiendo de risa: “¡Pero señor Blanco, no hay que tomar la vida tan en serio!”. Y para desenfadarme se soltó algunos alegres pronósticos sobre mi futuro literario, que todavía estoy esperando que, desde el cielo, me haga efectivos.

Algo, sin embargo, quedó de la entrevista que tan concienzudamente habíamos planeado y ensayado. Nunca lamentaré bastante no haber llevado un diario en esos años —sí lo llevaba, pero lo rompía a cada rato, cuando se me ocurría leerlo: sólo se puede escribir un diario cuando uno se garantiza no leerlo jamás—, para recordar esa conversación. Por fortuna asistió una reportera del El Día, Cheli Zárate, armada de grabadora, que reprodujo textualmente algunos momentos de la entrevista.

Maestro, en la nota que encabeza el libro, dice usted: “La publicación de estos dos poemas es el testimonio de una frustración: no pude escribir la Oda tropical de acuerdo con el proyecto de hace muchos años”, ¿nos podría contar algo de ese proyecto, de las experiencias de las que surgió y del hecho extraordinario que un poeta persiga durante casi cuarenta años un poema que le es fundamental?

Hace cerca de cuarenta años concebí la construcción de un poema que se llamaría “Oda tropical” y que se realizaría a base de coros. Coros de los dos sexos. Entonces yo pondría los cuatro elementos en la zona tropical y de acuerdo con esos cuatro elementos habría cuatro solistas. Una soprano coloratura para el Aire. Una soprano dramática para la Tierra. Una soprano menor para el Agua. Un barítono para el Fuego. Dentro de ellos había un pequeño coro de diez personas, cinco de cada sexo, que tendrían las voces adecuadas para cada una de las partes del poema, lo que sería el color de cada uno de los elementos. Esto estaría, en principio, dirigido por mí. Había calculado el número de versos para cada elemento y los coros mezclándose a veces en una operación audiovisual… Pero me sentí frustrado. Pensé luego en un poema sobre el Valle de México, para equilibrar mi vida de escritor, entregándome a la vivencia humana en el Valle de México…

Al final de la Primera Intención del poema, las Cuatro Voces Fundamentales se confunden con la del poeta. Maestro, ¿podrían considerarse ambas intenciones como un camino hacia la identificación de la voz humana con las naturales, de la vida personal con la vida de la naturaleza?

Creo que aun cuando parezca vanidoso ante ustedes, mi convivencia con la naturaleza se dio cuando yo tenía seis años y vi el mar por primera vez. La impresión que me dio tiene un motivo de fuerza, después el bosque no alcanzó a darme la salud primera que me dio el mar. Cuando conocí el bosque mi vida espiritualmente cambió. El recinto vegetal y el agua han conformado la parte espiritual y la física de mi ser. Llegué a ser un montañista, aunque de segunda…

Comentó la reportera: “Más que una presentación fue un diálogo. El joven poeta José Joaquín Blanco se encargó de hacer las preguntas al autor… El maestro rompió con la seriedad de las preguntas y habló de los grandes poetas castellanos y latinoamericanos, y de su convivencia con algunos de ellos, a veces sus maestros, a veces amigos, como Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Santos Chocano y Díaz Mirón. También se refirió a Chichén Itzá [y a algún cenote] ‘en cuyas aguas navegaba cuando vi deslizarse una serpiente llamada nauyaca, considerada como una de las más terribles del mundo’… El interlocutor y el autor estuvieron totalmente de acuerdo en la parte final de la conversación: en una de las últimas estrofas ocurre el momento más dramático del poema: ‘El drama de la vida se hizo para verse, no para ocultarse’, del que surge un impulso de gloria y resurrección: el quetzal que retoña del árbol destruido, dejando el poema abierto a una realidad de esperanza”.

Fuentes: Cheli Zárate: “Charla entre el poeta Carlos Pellicer y José Joaquín Blanco en torno a Esquemas para una Oda Tropical”, El Día, 27 de agosto de 1976, Cultura, p. 24; JJB: Crónica de la poesía mexicana, Departamento de Bellas Artes de Jalisco, Guadalajara, 1977. n

(Núm. 232, abril de 1997)