Carlos Castillo Peraza. Periodista. Es autor del libro Disiento.

Adiós hermano cruel

Junto con Cuba, Corea del Norte es uno de los últimos bastiones de la ortodoxia marxista leninista, puesto que ya está más que visto que la China conocida como “roja” se ha ido convirtiendo lenta e inexorablemente a las crueldades dobles del leninismo de mercado. Este reúne todas las marginaciones del mercado salvaje con todas las opresiones de la tiranía política. Cubanos y coreanos no padecen del mismo modo los rigores del capitalismo, pues la pobreza está más o menos igualmente distribuida y la democracia todavía permanece universalmente negada. 

Pues bien, el reducto asiático del dogma tal vez más efímero y más sangriento de la historia acaba de sufrir una especie de electrochoque. Resulta que quien fuese el arquitecto del pensamiento oficial norcoreano, el guardián más celoso del credo gubernamental, decidió poner pies en polvorosa y, aprovechando un viaje a Pekín, solicitó y obtuvo asilo nada menos que en la embajada de Corea del Sur. Se trata de Huang Yang-Yop, hombre de 73 años de edad. 

Lo peor del acontecimiento tal vez no es la fuga, ni el sujeto de la fuga, sino el destino. Precisamente el territorio del hermano en guerra desde los años cincuenta, es decir, Corea del Sur. El escándalo ha sido mayúsculo, según informes que publica la prensa francesa, pues el gobierno chino se ha visto entre la espada del socio político histórico y la pared del enemigo rico con el que quiere establecer relaciones económicas.

Historias e historietas

Huang fue durante más o menos medio siglo la eminencia gris, el poder intelectual tras del trono físico del desaparecido “dirigente bien amado” Kim Il Sung, así como de su hijo, delfín y heredero Kim Yong Il, soberanos indiscutidos de veinte millones de coreanos. Fue el creador de la “doctrina yuch” o de la autosuficiencia que le dio al primer Kim la argumentación para cerrar el país a cualquier influencia con el exterior y justificar la miseria en que sumió a su pueblo. 

También fue Huang el arquitecto de aquel culto a la personalidad desquiciado y universal que trajo hasta los periódicos mexicanos planas enteras de alabanzas al “bien amado líder” y, más tarde, al hijo de éste que, según la prensa europea, en especial Le Point, suele inclinarse más frente a las botellas de buen licor, las muchachas y los automóviles deportivos, que ante las necesidades del proletariado norcoreano o los dogmas del marxismo. Asimismo, Huang acuñó la expresión “reino ermitaño” para calificar a su país, una vez aislado éste del mundo en virtud de sus fantasiosas concepciones políticas.

Un muerto y muchos hambrientos 

Como se recordará, Kim Il Sung murió en 1994. Al fallecimiento del dirigente supremo o suryong, el cincuentón junior que lo sucedió dejó hacer y dejó pasar una serie de purgas que rozaron a Huang. Este sintió que la lumbre se acercaba a sus aparejos. Las cosas empeoraron cuando una catastrófica serie de inundaciones barrió con la raquítica producción agropecuaria de Corea del Norte. El agua ocasionó, según los expertos internacionales, daños y pérdidas por quince mil millones de dólares. Los escasos miembros de organizaciones humanitarias que han conseguido entrar a la ermita socialista informan de escenas apocalípticas. Cientos de miles de campesinos hambrientos, hombres y mujeres que en las ciudades rascan los jardines públicos en busca de alguna raíz comestible, mujeres enfermas que después de dar a luz devoran su propia placenta_ 

Todo esto ha conducido a una pérdida gravísima del poco carisma y prestigio que ornaban al nuevo gobernante. En consecuencia, el poder del inspirador comenzó a verse no menos mermado, sobre todo porque los jóvenes lobitos que rodean al heredero no quieren competencia en el séquito, en la corte ni en la asesoría. 

Huang, seguramente conocedor de las intrigas palaciegas y de los ritmos de la decadencia, supo que sus días estaban contados. Y aprovechó el viaje a China para dejar atrás privilegios y recuerdos. Habrá pensado que más vale pasar a la historia como un desertor glorioso que como un cortesano guillotinado. 

En fin, un “paraíso de los trabajadores” más que acaba entre estertores de los que se quedan y confesiones de los que se van.

Un general muy particular

Tiene 46 años de edad y goza de gran prestigio entre las tropas del abofeteado ejército que un día fue rojo y que ahora no sabe bien a bien qué es ni de qué color pinta. Fue candidato presidencial contra el enfermo Yeltsin y el fanático Ziouganov. Fumador sin complejos, militar con rango de general. Apellido: Lebed. Nacionalidad: rusa. Calificación actual: hombre-leyenda, aspirante convicto y confeso a la presidencia de lo que durante casi tres cuartos de siglo se llamó Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y hoy, sin doctrina y sin brújula, es un país grande y temible, pero corroído y decadente. 

Ha sido recibido en Washington, en París, en Bonn y en la comandancia general de la OTAN en Bruselas. Su voz, dice Bernard Guetta en Le Nouvel Observateur, es la de Rusia o, mejor expresado, es la de esos millones de rusos que se sienten traicionados por una revolución socialista y también por una revolución democrática. Esos que dicen tanto en voz baja como en voz alta: “Nos sacaron de las jaulas y nos arrojaron a la jungla, sin preguntarnos si queríamos lo uno o lo otro”. 

Lebed habla por ellos. No quiere volver al sistema de ayer, pues sabe a dónde los llevó. Reniega del de hoy, pues genera miseria, engendra mafias y produce opulencias insolentes por excesivas y por minoritarias. El militar reclama: “¿por qué no organizan en otros países transiciones como la que nos impusieron y a nosotros nos dejan hacer la nuestra?”. 

El general asegura que se necesitan quince años para enderezar a Rusia. “Conozco a mi pueblo. Requirió de cinco años para alzarse después de la guerra mundial. Como eso fue bajo el totalitarismo y ahora estamos en democracia, hay que ponerle el triple”. Pero no sólo no quiere volver al comunismo o “socialismo real”, tampoco sueña con una Rusia que repita los sueños de dominio de zares y secretarios generales: “El reloj de los imperios se ha detenido. No es cosa de hacerlos retroceder”. 

Poético y cartesiano, el periodista francés define así a este, ¿futuro?, líder de Rusia: “un Maquiavelo que todavía no llega a Talleyrand, pero cuyo pragmatismo se afirma día tras día”. 

Merienda de africanos

La colonización española de América dio a los Morelos, a los Bolívar, a los San Martín, a los Sucre. Las colonizaciones belga, francesa e inglesa del Africa produjeron a los Idiamines, Bokassas y Mobutus. Hubo, pues, sus diferencias en resultados, al menos en lo que toca a las calidades de los padres de las patrias ya independientes. Pero lo que ahora ocupa a los semanarios galos es el fin de la farsa que durante años protagonizó -con tantas complicidades occidentales- el tirano que se hizo del poder en Zaire con el propósito de liberarlo. Se trata del “general” o tal vez “mariscal” Mobutu Tsetse Tzeko, quien cuida su cáncer terminal en Francia -donde es dueño de uno o quizá varios castillos-, mientras su país navega y se ahoga en sangre. Tropas desalentadas, rebeldes bien pertrechados, venganzas pendientes desde hace decenios, mercenarios europeos tiran, bombardean, hieren y matan a mansalva. 

¿Por qué? Sin duda por razones, pretextos, convicciones y hasta ideales de diversa índole, que flotan sobre algo menos descarnado: el subsuelo de Zaire está lleno de oro, cobre, cobalto y diamantes. La paradoja es que el suelo está atiborrado de hombres, mujeres, ancianos y niños que nunca han recibido los beneficios de tanta riqueza, y sí han pagado los platos rotos por el desquiciado que los sometió y los desquiciantes que se disputan su herencia.