Rafael Pérez Gay. Escritor. Próximamente aparecerá su libro Cargos de conciencia en Cal y arena

Recuerdo la regencia de Carlos Hank González porque mandó hacer los Ejes Viales. Me tocó ver camellones levantados en vilo y palmeras como enormes ramilletes recostadas en largos camiones de redilas del Departamento del Distrito Federal. El taladro neumático y los bloques de cemento fueron la divisa de esa obra pública. El caso es que todavía hoy, cuando alguien me habla del Eje Cinco Sur, no sé si se refiere a la calle de Municipio Libre, de Juan Escutia o de Tehuantepec. Pero no voy a escribir un artículo sobre la destrucción que los gobernantes han infligido a la Ciudad de México, sino de algunos alcaldes panistas y de la memoria. 

Todo esto viene a cuento por un par de noticias que se publicaron en los periódicos hace unos días. El presidente estatal del PAN en el Estado de México decidió cambiar los nombres de calles y avenidas de los principales municipios gobernados por Acción Nacional. Los héroes y personajes que recuerden al PRI serán sustituidos por los de distinguidos panistas como Manuel Gómez Morín. 

Para abrir boca, Noé Tinajero, líder estatal, propuso cambiar el nombre del Boulevard Adolfo López Mateos, que pronto se llamará Manuel Gómez Morín. Los argumentos del líder panista fueron sólidos como una gelatina: “el expresidente de la República no le hizo ningún bien a la nación y, además, nunca se aclaró si era mexicano o guatemalteco”. Según Tinajero, en Villa Nicolás Romero la población ha vivido hundida en el oprobio porque todos los días tiene que atravesar la avenida Fidel Velázquez para llegar al trabajo. En Naucalpan, la avenida Luis Donaldo Colosio, prosiguió Tinajero, “no tiene razón de ser, porque, ¿quién fue Colosio?”, y de inmediato se respondió: “Sólo un candidato a la presidencia de un partido político”. Interrogado por los reporteros acerca de lo que haría con los nombres de las calles que llevan el nombre de Benito Juárez, Tinajero contestó: “También los cambiaremos, todos los priístas le han hecho daño a México; si Juárez viviera, sería priísta”, cerró como un huracán el líder panista. El gran momento ocurrió cuando Tinajero le cambió de título a las Jornadas juaristas; las solemnes jornadas llevarán el llano y despintado título de Jornadas naucalpenses, nada más, “no importa que ocurran en marzo, muy cerca de la fecha del natalicio del Benemérito, los festejos bien podrían celebrarse en julio o en diciembre, la fecha da lo mismo. Modificaremos todo lo que recuerde al PRI”, concluyó enfático Tinajero. Todo esto es aserrín para el olvido si lo comparamos con la puntada que se aventó el alcalde panista de Aguascalientes, Alfredo Reyes Velázquez, quien ahíto de votos, le puso su nombre a una calle que antes se llamó Benito Juárez. Sediento de posteridad, el edil le cambió de nombre a una de las colonias de “Las Siete Hermanas”, en Aguascalientes, y le puso el nombre de “Colonia 6 de Agosto”, fecha en que fue elegido presidente municipal. A los postres de este pequeño banquete de poder, el licenciado Reyes mandó poner las placas con los nombres de Manuel Gómez Morín y Efraín González en la colonia San Francisco. 

Cuando leí estas noticias no me desgarré las vestiduras de mi atuendo patrio. Asuntos como éste, me dije, serán comunes y corrientes cuando sea un hecho la alternancia en el poder. Ni hablar, cada quien sus héroes. Lo malo es que si cada panista ganador de un puesto de elección popular va a cambiar la nomenclatura de las calles, las ciudades se van a volver verdaderos manicomios. Ahora, si la idea es modificar todo lo que recuerde al PRI, la empresa va a ser colosal: hay que mandar remover, para empezar, el Monumento a la Revolución con todo y Rotonda; luego, con sofisticada maquinaria, llevarse a otro lado el Palacio de Bellas Artes y de paso jalar con el Hemiciclo a Juárez. Ya entrados en gastos habrá que desaparecer los monumentos, calles, plazas, teatros de los próceres del discurso priísta, ni modo de dejar sueltos los nombres de Hidalgo, Morelos, Zapata, Carranza y otros conspicuos priístas avant la lettre. La primera conclusión de este problema de nomenclatura es que los ediles del PAN no van a tener dónde guardar tantas estatuas. 

Aun así, no pude evitar una vaga congoja liberal cuando imaginé a las cuadrillas de trabajadores retirando todas las placas de las calles de los próceres para poner en su lugar las de Manuel Gómez Morín. Si así ocurre alguna vez, habrá diálogos extravagantes: 

-¿Nos vemos en la esquina de Gómez Morín y Gómez Morín? -refiriéndonos a las desaparecidas calles de Juárez y López. 

-¿En qué colonia, la Narvarte o Coyoacán? 

-En la colonia Gómez Morín. 

-La del Sur o la del Norte. 

-La del Oriente.

Vagaremos extraviados por la enorme calle Gómez Morín. Nuestra correspondencia la leerán extraños que viven en otra de las innumerables calles Gómez Morín. Se dará el caso en el que paguemos los recibos de la luz de gente que no conocemos y viva en el mismo número de otra calle Gómez Morín y nos cortarán la luz y quedaremos a oscuras. Nos equivocaremos cuando vayamos a un cine ubicado en la calle de Gómez Morín y veremos películas indeseables programadas en un cine de otra calle Gómez Morín y nuestro gusto quedará escaldado. Llegaremos a cenas a las que no hemos sido invitados por llegar a la calle equivocada de Gómez Morín, no la verdadera calle Gómez Morín donde sí hay una cena a la que hemos sido invitados precisamente en una casa en la calle Gómez Morín. Los fanáticos abandonarán los estadios de futbol; si ya no iban al Guillermo Cañedo, mucho menos a un estadio llamado Manuel Gómez Morín situado en la gran avenida Gómez Morín; de hecho, se darán premios a los que lleguen a las gradas de lo que fue el Estadio Azteca en avenida Tlalpan. Lo compré en la calle Gómez Morín, dirán los consumidores de aparatos electrodomésticos, a un costado de la Alameda Morín, cerca del Teatro Gómez Morín. 

Como salida de este laberinto infernal, se podrá recurrir a métodos más antiguos: atrás de donde estuvo el monumento ese como de bola, enfrente del edificio de los espejos donde aquel político se despachó con unos millones de dólares; sí, donde está el parque con una señora encuerada, en la explanada de la bandera grande, a un costado del restaurante de mariscos donde envenenan a la gente, a la vuelta de la torre alta. Y no faltará, lo aseguro, quien diga, por la fuerza de la costumbre, que tiene que ir a la calle Tomás Marín, con lo cual todos los esfuerzos para recobrar la memoria de Manuel Gómez Morín se vendrán a tierra, pues nadie sabrá quién es el señor Tomás Marín. Liberados de tanto PRI, viviremos encerrados en una Jornada naucalpense, como quiso el licenciado Tinajero. 

Dirán que exagero la parodia, pero ya pasó una vez algo parecido en la Ciudad de México. En 1891, las autoridades de la ciudad mandaron cambiar la nomenclatura de las calles por una númerica. La obsesión de modernidad porfiriana quiso trazar una ciudad parisina basada en la lógica de los puntos cardinales. Una mañana, las placas de las calles con los nombres coloniales empezaron a llamarse Norte, Sur, Poniente, Oriente. Resultó un fracaso, el caos dominó las calles de la pequeña Ciudad de México, nadie sabía bien a bien dónde vivía, si en Oriente o en Santa Isabel, en Juárez o en Sur. Tiempo después el rechazo cotidiano logró que se restituyera la antigua nomenclatura, las calles recobraron sus nombres y los habitantes de la ciudad su pasado, único bastión frente al horror de la nada o, si se quiere, frente al abismo del futuro. El callejón de La Olla era el callejón de La Olla y punto. Y así damos por concluidas estas Jornadas naucalpenses.