Claudio Magris recuerda en El Danubio que en una de las primeras mesitas del Café Central en Viena puede verse el maniquí de Peter Altenberg, “el poeta sin casa, que amaba las habitaciones anónimas de los hoteles y las postales ilustradas”. Altenberg, que había nacido en Viena en 1859 con el nombre de Richard Engländer, y que en la primera postguerra rechazaba ofertas de trabajo aduciendo que sólo podía ocuparse de terminar su propia vida, escribió una obra hecha de esbozos, fragmentos y parábolas “dedicados”, explica Magris, “a esos pequeños detalles, una sombra en la cara, la ligereza de un paso, la brutalidad o la desolación de un gesto, en los cuales la vida manifiesta su gracia o su nulidad y la Historia muestra sus resquebrajaduras aún imperceptibles, los indicios de un próximo ocaso”. 

Altenberg murió el 8 de junio de 1919 a consecuencia de una pulmonía en un hospital del noveno distrito de Viena. Karl Kraus, que en 1932 publicaría una selección de sus escritos, pronunció ante la tumba las palabras de despedida: “les ofreció la vida inútilmente. Les dio la palabra, pero ustedes sólo leen novelas. Ustedes son papel, él era un elemento cuya ira y bondad no conocieron límites. El podía rebelarse, ustedes, sin embargo, se someten. Un loco abandonó el mundo, y el mundo se queda sumergido en la estupidez. Su presencia siempre me dio consuelo. Un mendigo nos abandonó. Ahora somos más pobres que antes”.

Sólo existe una indecencia de la desnudez: creer que la desnudez es indecente.

Considerar la propia vida no más seriamente que una obra de Shakespeare. Pero tampoco con menor severidad. Permitirse tomar posesión de la vida como en el teatro. El teatro de la vida. Ser el espectador ideal de uno mismo. Estar completamente dentro y, sin embargo, poder escapar de las complicaciones hacia el fresco sereno de la noche; haber vivido lo que no se ha vivido, no haber vivido lo que se ha vivido. 

Así te purificas a ti mismo. 

Y las “tragedias de ti mismo” te traerán la sonrisa -de la sabiduría. 

Las debilitaciones trágicas: comer cuando no se tiene hambre. Beber cuando no se tiene sed. Moverse cuando el reposo es necesario. Aparearse cuando se está libre de amor. 

La naturaleza nos conduce con sabiduría. Al pan cuando tenemos hambre. Al agua cuando tenemos sed. Al sueño cuando estamos cansados. A la mujer cuando estamos plenos de amor. 

El hombre deja el alma de la mujer en el lecho de Procusto de sus necesidades.

Todo le perdono al hombre -salvo la lucha inútil-. Oculta silenciosamente tu cabeza, César de la vida, cuando Bruto, el destino, te dé el golpe mortal. La pelea inútil le corresponde a la mujer, a la esclava de la vida. Suspendida en el abismo, todavía tuerce los dedos en busca de asidero. 

La incapacidad de unirse a otra mujer como aquella a la que se ama con el alma es potencia divina.

El hombre tiene un amor -el mundo. 

La mujer tiene un mundo -el amor. 

El hombre de la vida, prudente hasta la cobardía, traslada sus ideales por medio de la religión a las estrellas, al cielo, para probarse lo vano de un intento y acercar al mismo. 

El inofensivo y arrojado hombre-artista los traslada a su propio pecho para que no se le puedan escapar. 

La mujer es la divina muchacha-deseo, Brünnhilde puesta por el Creador en el mundo, el deseo “vuelto mujer” del propio Dios: ¡hombre, hazte semejante a Dios! ¡Hazte todo bondad, todo sabiduría y todo poderoso, el todopoderoso de ti mismo, teniendo el poder sobre ti mismo! 

Pero éstas otras exigen: ¡hombre, sé un animal! 

¡El interior del diablo!

El hombre-artista simplemente exige de su mujer una sola fidelidad: que no le degrade la raza. 

Sueña belleza y perfeccionamientos. Este es su amor. 

Pero éstas otras quieren reproducirse. Ja, ja, ja. Una forma también de soñar perfeccionamientos. 

Quiero ser un rey que mendiga ante una reina, no un mendigo que es rey para una pordiosera.

Los celos no son una pasión. Son un terror. El miedo profundo de la vida eterna, el miedo inevitable, orgánico a perder algo, sin lo cual ya no se puede seguir vivo -sus pulmones, su médula espinal, su cerebro, el corazón del otro, el cual se ha vuelto nuestro y el cual mantiene y preserva nuestra corriente sanguínea como el propio. Como cuando se apaga, silencioso, así es la pérdida del otro. Los celos no son una pasión. Los celos son un terror a tener que morir eterna, orgánica, inevitable, íntimamente. Un temor a la muerte. 

Mientras el poeta lleva en sí el “reino que vendrá” y vive el “reino que aquí está”, se encuentra en paz con aquellos nuevos anhelos del alma, los cuales destruyen a los viejos corazones de los otros y los condenan al desasosiego. Pues el desasosiego es la consecuencia de la “incertidumbre”. El poeta, sin embargo, sabe en sí lo que vendrá. Espera en calma y canta mientras tanto. 

Existen tres idealistas: Dios, las madres, los poetas. 

No buscan el ideal en la perfección: lo encuentran en la imperfección.

Nota y traducción de Javier García Galiano