Francisco Umbral. Escritor español.

Este texto dibuja el retrato de Maria Grazia Cucinotta, la actriz de El cartero de Neruda. ¿En qué se fija? En los pechos abundantes de las mediterráneas, cargados de tercermundismo.

La moda la sacó Goethe: había que viajar a Italia para conocer el mundo clásico y muerto, que estaba tan vivo. A partir de Goethe, padre involuntario del romanticismo, todos los viajeros románticos de Inglaterra, Alemania, Francia, hacen su peregrinaje de Italia, desde Byron a Stendhal. Durante un par de siglos, estos ingeniosos ingenios nos han hecho creer que a Italia iban a ver ruinas, herborizar flores (Goethe), asistir a la ópera (Stendhal) y otras minucias sociales y aburridas. Luego, cuando hemos viajado nosotros mismos (uno se ha lavado mucho los pies, todas las mañanas, en la fontana de la Piazza di Spagna), descubrimos que a lo que iban los clásicos y románticos a Italia era a conocer a Maria Grazia Cucinotta, que no es sino la penúltima hija de las abundancias mediterráneas, los alimentos terrestres y la paganía tercermundista. O sea, las italianas de melena beligerante, boca tiburona y pechos barrocos y cargados como las naos de América, reventonas de oro, que morían entre Sicilia y Nápoles. Madonas del Renacimiento, contesinas y madoninas a quienes Stendhal llevaba el chal (alguna se benefició, según cuenta en Del amor, con probable farol). Luego, la Italia de Lampedusa, donde el pueblo sigue dando las mejores cosechas de tetas, como Claudia Cardinale avistada por el bujarrón Visconti, que no hacía a mozas, pero tenía un acertado esquema estético de lo que es una buena teta. 

La teta popular y romántica grana y desgrana en las óperas de Rossini, tanto en el escenario como en los palcos, y en ese perfume a seno con fiebre se hace la buena-mala música de nuestros abuelos, hasta que el cine le encuentra a las pectoralísimas italianas su Carta del Lavoro, que hubiera dicho Mussolini, su derecho al trabajo, o sea el neorrealismo y la postguerra mundial, cuando las grandes tetas jóvenes y sobrevivientes se nutren de la leche del plan Marshall o se bañan, flotantes (La dolce vita), en la fontana de Trevi y otras fontanas de semen. 

Anita Eckberg, Dios mediante, una nórdica que se atrevió a medirse con las abundancias y redundancias de Sofía Loren, Anna Magnani, Silvana Mangano, Irene Papas, María Callas, Ornella Muti y por ahí seguido. Alberto Moravia le hizo una entrevista anatómica a la Cardinale. Yo mismo he copiado ese modelo de entrevista con algunas famosas y famosillas, la Carmen Sevilla de los setentas, un suponer. Maria Grazia Cucinotta tiene el desorden fragoso del pelo partido en dos, los ojos largos, la nariz audaz, la boca peligrosa, afilada, sexual como un sexo, las manos largas y los pechos como una gloriosa acumulación de estíos en el pajar caliente y clásico de su cuerpo. Uno lamenta decepcionar al personal, pero esos soñados y magníficos pechos de las italianas no son otra cosa que tercermundismo. Cuando varias generaciones de mujeres, en una familia, han alimentado siempre a sus rorros, y largamente, las mamas acaban siendo suficientes, abundantes, desarrolladas, formidables. En los países nórdicos y en Estados Unidos, donde por razones de salud, economía, trabajo o estética, la mujer no da el pecho a sus hijos, estas glándulas van reduciéndose de tamaño, atrofiándose, digamos, y entonces nace “la brigada de los bustos planos”, como escribiera Elsa Maxwell refiriéndose a Grace Kelly. 

De modo y manera que Goethe, Stendhal, Byron y otros picarones y carrozas que acuden al mosconeo de unos grandes pechos “rena-centistas”, no están lucrando Renacimiento, como creen o dicen, los muy falsos, sino disfrutando los frutos tardíos, juveniles, violentos y dulces de la miseria mediterránea. Bendita esa miseria que ha dado al mundo mujeres como Maria Grazia Cucinotta, hija decente de sus antepasados pequeñoburgueses, serpiente negra de pelo vivo, ojos quemantes, ojos-espacio, y escotes de solterita atrevida que deja escapar todas las urgencias y turgencias por entre las decentísimas tetas. Maria Grazia pasea entre el pueblo con la combinación hecha un lío y un pezón fuera, el izquierdo, bajo el sol a contratipo de su pueblo, y ya el cine la ha hecho famosa con películas que todos ustedes conocen, mayormente El cartero de Neruda. Y qué oda elemental, elementalísima, le hubiera escrito Neruda a esta muchacha con calidad de mediodía y clima interior o temperatura de pecado mortal. 

Se rebordea los labios para barroquizar el beso. Se rebordea los ojos para espantar la mirada de yegua negra y valiente. Tiene manos trabajadoras de heredera del páramo y el hambre. Tiene lengua fácil a todos los sabores agudos y picantes, malvados y salvajes que viajan, de lengua en lengua, de boca en boca, como beso de sangre y sal, entre las islas y los mares, bajo un cielo cachondo y adriático. Si se juntan los pechos le queda una geometría de esferas tangentes y calientes. Si separa los pechos hay como un desparrame de continentes de canela y volcán, algo que uno quisiera contener entre sus manos, como la huida de una diosa o el carbón sonrosado del sol. 

Pasea por la ciudad, piernas esbeltas, quebrando las rodillas con una gracia niña, entrelazando las manos en látigo de venas, diosa de camareros y estupefacción de la hora. Una taza en sus labios es un beso negro en el corazón purísimo de lo blanco. Sus dos pechos desnudos alumbran como faros de mujer en la altamar de su cuerpo. Maria Grazia es aún la que sale de entre las cortinas turcas de lo inconfesable, como la capulina morena que soñamos todos los que profesamos en las malas musas brutales y hondas que nos dan de beber nada y miedo a los grandes solitarios. Es la que todavía asiste, con altivez y perfil de diosa popular, al senado de las viejas, que ven venir la muerte en ella, porque la muerte es joven y tiene grandes pechos de marzo. 

Es, en fin, la que rompe con violencia esas cortinas de peluquería sexual para salir de la negrura de lo puro al sol macho del día, pisando segura las viejas losas romanas, tumbas de dioses y prefectos que la lloran en esqueleto, y la aman. Nos mintieron los clásicos, nos mintieron los románticos. Italia no está en sus piedras con fiebre de criatura. Italia no está en su aristocracia garibaldina y operística. Italia está en el pueblo, en ese pueblo de gran tórax, lleno de sabias usuras y dormidos crímenes, que de vez en cuando trae al mundo un ángel de resplandor y cutis. Goethe, Stendhal, Byron no estaban tan inspirados como decían. Lo que estaban era cachondos.