Cinna Lomnitz.Geofísico. Investigador de la UNAM.

La materia de este artículo tiende a reconocer una noción científica fundamental: el de la existencia de un principio organizativo y creador.

El diputado Salvador Martínez della Rocca, más conocido como El Pino, está alarmado por la proliferación de textos escolares tales como Creciendo en el amor que navegan con bandera de ortodoxia religiosa esparciendo desinformación científica, política y sexual. Ejemplo: “Los anticonceptivos no protegen contra las enfermedades porque el virus es muy chiquito.” 

La adopción de tales textos por parte de algunas autoridades educativas estatales es evidentemente un error. El niño acaba por identificar la religión con la mentira y la perversidad. Sabemos que muchos autores ateos suelen atribuir su antipatía a las enseñanzas oscurantistas que les impartieron en la niñez. Es lo que trataba de impedir la Constitución de 1917 y que ahora, con las modificaciones a los artículos 3 y 23, ha quedado nuevamente en suspenso. En efecto, se pensó que era mejor permitir la libertad de conciencia para que las propias autoridades religiosas pudieran corregir los excesos de sus fanáticos. El Papa, por último, ya exoneró a Galileo y a Charles Darwin. 

El problema es que los fanáticos escriben pero no leen. Viven en un mundo poblado por fantasmas de su propia invención. Su ataque contra la ciencia como supuesta fuente de irreligiosidad es absolutamente infundado, ya que los principales creadores científicos tales como Newton, Darwin, Einstein y otros como el pastor Malthus, que es atacado ferozmente por el autor del texto escolar de marras, fueron creyentes. 

Es absurdo negar que el condón protege contra el sida, nada más porque también evita la concepción. El rechazar los anticonceptivos en nombre de la vida es una cosa; el mentir y exponer a nuestros hijos a una muerte horripilante es otra muy distinta. Bravo por El Pino. 

Conoce a tu enemigo

Hace poco más de un año, el presidente Clinton autorizó la publicación del expediente Corona. Se trata del secreto científico y tecnológico mejor guardado del mundo, que permitió evitar que la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética pudiera llegar a la catástrofe nuclear. 

En 1958, la CIA estimaba que la Unión Soviética poseía la capacidad para montar un ataque sorpresivo con 140 a 200 misiles nucleares intercontinentales. Algunos asesores militares del presidente Eisenhower recomendaban un ataque preventivo americano para ganarles por sorpresa. Afortunadamente, Eisen-hower consultó al Dr. James Killian, rector del MIT, quien decidió formar un grupo científico dirigido por Edwin Land, creador de la cámara fotográfica Polaroid. Otros miembros del mismo grupo fueron el brillante matemático aplicado John Tukey de los Laboratorios Bell, los doctores Purcell y Baker de Harvard, y Allen Donovan del laboratorio de aeronáutica de la Universidad de Cornell. 

Los científicos informaron al presidente que la información de la CIA era de muy mala calidad y que era necesario montar unas cámaras en el espacio para conseguir datos de primera mano. Eisenhower aprobó el Proyecto Corona para crear un sistema de satélites capaces de observar el territorio de la Unión Soviética desde una altura de 160 kilómetros, y con una resolución tan fina que alcanzaban a distinguirse los rusos que formaban fila diariamente para visitar la tumba de Lenin frente al Kremlin. Este objetivo se logró en menos de un año. Ya con el primer vuelo de los satélites Corona, en 1959, la estimación de la cifra máxima de misiles intercontinentales rusos se redujo de 200 a menos de 25. Como las fotografías espaciales indiscutiblemente reflejaban la realidad, el alto mando americano se tranquilizó. 

La tecnología empleada era muy sencilla. Se utilizó un cohete Thor y como segunda etapa, un cohete Agena. El satélite era muy pequeño y apenas cabía la cámara fotográfica. Usaban una película especial de 70 milímetros producida por la empresa Kodak. Después de varios días el rollo se acababa y el cassette era aventado automáticamente de regreso a la Tierra. A una altura de unos 15,000 metros se abría el paracaídas y el cassette era rescatado en el aire por unos aviones que patrullaban sobre el mar. Este sistema se usó hasta 1970, cuando fue reemplazado por un sistema más avanzado. 

Naturalmente los soviéticos no se quedaron atrás. Crearon satélites propios para sobrevolar el territorio americano. Pero nunca intentaron derribar los satélites contrarios. La información era demasiado beneficiosa para ambos contrincantes ya que servía para documentar el grado de preparación bélica del enemigo y sobre todo para tranquilizar a sus respectivos gobernantes. 

Los problemas tecnológicos resueltos por el Proyecto Corona fueron muy numerosos. Los primeros doce satélites fracasaron por diversas fallas, hasta que poco a poco se logró el éxito. Posteriormente la información producida llegó a ser tan voluminosa que la CIA careció de suficiente personal especializado para fotointerpretación y se tuvo que inventar un sistema automatizado de análisis de fotografías. Este mismo sistema se emplea hoy para detectar el cáncer de mama. 

El ejemplo del Proyecto Corona demuestra cómo se utilizaba el conocimiento científico para crear nuevas tecnologías para fines militares, tecnologías que servían para acrecentar el poder mortífero de las armas pero también para que nunca llegaran a utilizarse. Decía Sun Tzu, un autor chino del siglo quinto antes de Cristo, que “el que persiste en ignorar la situación del enemigo por no querer gastar unas pocas monedas de oro muestra una falta completa de humanidad. Ese no es general; no ayuda al soberano ni contribuye a la victoria”. 

El reencantamiento

En su reciente visita a México, el Dr. Immanuel Wallerstein, presidente de la Asociación Internacional de Sociología, nos habló de su reciente informe sobre la reestructuración de las ciencias sociales.1 Según Wallerstein, es posible lograr un conocimiento objetivo y universal de la realidad social siempre que se reconozca que todo conocimiento es necesariamente histórico y social. 

Uno de los miembros más destacados de la comisión de diez sabios que redactó el informe fue un representante de las ciencias físicas, el Dr. Ilya Prigogine. Este original pensador y premio Nobel hizo notar que Max Weber, hace 70 años, describió la tendencia dominante del pensamiento moderno como un supuesto “desencantamiento” del mundo. Ahora, dice Prigogine, lo que hay que hacer es lo contrario: el “reencantamiento del mundo.” Wal-lerstein asiente y comenta: 

El llamado al “reencantamiento del mundo” no es un llamado a la mistificación. Es un llamado a derribar las barreras artificiales entre los seres humanos y la naturaleza, a reconocer que ambos forman parte de un universo único enmarcado por la flecha del tiempo.

En el original alemán, “desencantamiento” es Entzauberung y no significa el resultado de una desilusión sino el de quitar un embrujo, como fue el caso del sapo que se convirtió en príncipe gracias al beso de la princesa. Se trata entonces de una metamorfosis en reversa. Supongamos, por ejemplo, que el autor de Creciendo en el amor lograra convencer a una princesa que lo bese: de inmediato el susodicho quemaría su obra maestra, reconociendo que es fea, perversa y desagradable, y se pondría a escribir un texto honesto, claro, auténtico y atrayente. 

Si interpreto correctamente el pensamiento de Weber, el “desencantamiento” consistiría precisamente en la transfiguración de un sapo de pensamiento deforme, cochambroso y lleno de pústulas de todos los prejuicios, en un príncipe de mente ilustrada y radiante de belleza y verdad. Esta metáfora de la evolución del pensamiento es discutible: Herodoto y Euclides no fueron sapos -ni Wallerstein es precisamente un príncipe. Pero en fin, suponiendo que así fuera, ¿qué quiere decir la pretendida necesidad de un “reencantamiento”? ¿Acaso la princesita ya se aburrió del príncipe y ahora busca la manera de transformarlo nuevamente en sapo? 

Pese a las protestas de Wallerstein de que no se trata de “un llamado a la mistificación”, es precisamente de lo que se trata. El tal reencantamiento que preconiza Prigogine tiene que ver con otra cosa. Se trata del descubrimiento (que debemos en gran medida al propio Prigogine) que los sistemas físicos y sociales complejos tienden a auto-organizarse. 

Tomemos un jarro lleno de moléculas de agua. Normalmente las moléculas se mueven desordenadamente en todas direccones y no pasa nada. Ahora supongamos que Prigogine coloque el jarro sobre una estufa. Al poco rato, las moléculas se organizan en forma coherente: empiezan a subir por el centro del jarrón y a bajar por las orillas. Esta corriente de agua es un patrón auto-organizado que se llama convección. 

Prigogine se imagina a unas moléculas inteligentes, capaces de observar y de estudiar su propio mundo (el jarrón): ¿no pensarían que existe un dios que creó el proceso de con-vección? Y no andarían tan equivocadas, piensa Prigogine, puesto que él fue quien colocó el jarro sobre la lumbre. Ese es el reencantamiento que propone: llegar a reconocer la existencia de un principio creador. 

Es un poco el mismo pensamiento que inspiró a Einstein cuando afirmó que Gott würfelt nicht (“Dios no juega a los dados”). 

Por otra parte, no basta creer en Dios para tener entendimiento. Volviendo al ejemplo de los virus “muy chiquitos”, bastaría reflexionar que una molécula de agua o de aire no logra atravesar la membrana de un condón. Por lo tanto, el virus del sida, que es mucho más grande que una molécula de aire o de agua, tampoco la atraviesa. 

Este es un razonamiento científico, pero no es concluyente, lo único que tiene fuerza de convicción es el experimento. Y el experimento nos demuestra que el uso del condón efectivamente protege contra el contagio del sida. Ahora bien, hay personas que prefieren seguir siendo sapos y escribir textos de primaria para sapos. Peor para ellos. Nunca van a encontrar una princesita que les haga el favor. 

1 Immanuel Wallerstein et al: Abrir las Ciencias Sociales. Siglo XXI-UNAM. México, 1996.