Lester C. Thurrow. Profesor de administración y economía en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. Su libro más reciente es El futuro del Capitalismo.

El libro de One World Ready or Not: The Manic Logic of Global Capitalism ( Simon and Schuster), de William Greider, pone al descubierto una de las paradojas más extremas de nuestros días: el capitalismo necesita del gobierno; el problema es que el capitalismo no quiere admitirlo.

Ya que “la delirante lógica del capitalismo global” no puede entenderse sin atender la vehemencia del lenguaje en el libro One World, Ready or Not, preste oídos a las tesis de William Greider en sus propias, casi siempre elocuentes, palabras. 

“La lógica del comercio y del capital ha dotado de poder excesivo a la inercia de la política y ha precipitado una época de grandes transformaciones sociales”.

“Nuestra máquina maravillosa, con todo su vasto poder y creatividad, parece correr fuera de control hacia una suerte de abismo”.

“Los inversionistas financieros amonestan y castigan a las corporaciones o a sectores industriales enteros si sus ganancias flaquean. Las finanzas disciplinan a gobiernos o incluso a regiones enteras del mundo, si en esos lugares parece que se crean obstáculos para la empresa lucrativa o sorpresas desagradables para el capital”. 

“Empresas bien conocidas [Volkswagen, General Motors, Volvo, IBM, Eastman Kodak] han padecido las severas consecuencias de apartarse del sendero de la revolución. Sus valores fueron rematados; sus administradores, despojados; decenas de miles de empleados, descartados”.

“La actual revolución industrial de ‘un mundo’ ya alcanzó su etapa patológica”. 

“Evidentemente, enormes conflictos aguardan a los pueblos del mundo: enfrentamientos políticos y económicos, que posiblemente incluyan la violencia de guerras entre rivales económicos”.

“Mientras las inseguridades económicas aumentan, se endurecen los resentimientos hacia los pobres que gozan de subsidios”.

“No presagio la repetición de la historia política del siglo XX, el advenimiento de un nuevo Hitler o de la Tercera Guerra Mundial y de otro Holocausto. Pero observo que las mismas fuerzas socioeconómicas están, de nuevo, en un profundo conflicto, urdiendo los mismos disparates y las reacciones extremas que animaron el último gran cataclismo de la revolución industrial”.

Esta es la fuerte argumentación al servicio de la audaz propuesta de Greider de que la lógica del capitalismo global conduce al mundo a un desastre financiero histórico. ¿Pero qué tanto de esto es verdad? ¿Qué parte es debatible? ¿Qué se ha omitido? 

Efectivamente, las tecnologías de comunicación modernas han deshilachado las finanzas globales. Tan claro como que los mercados financieros capitalistas son inestables. Pero las bancarrotas financieras son tan antiguas como la manía por los tulipanes en Holanda en la década de 1630 o tan jóvenes como la bancarrota japonesa de la década de 1990. Y, como vimos recientemente en Japón (un mercado de valores que cayó en dos tercios, valores de propiedad que han bajado de un 60 a un 80% y siguen cayendo), ni siquiera las bancarrotas espectaculares cambian la estimación por el sistema económico, mucho menos lo derrumbarán. 

Las finanzas globales efectivamente socavan la regulación gubernamental. Las Islas Caimán, con una población de 35 mil habitantes, es la quinta nación más importante en cuanto a créditos bancarios, porque los negocios en Taiwán, y en cualquier otro lado, los utilizan para evitar las normas gubernamentales locales que impedirían a las compañías invertir en China continental. Pero muchos argumentarían que la desregulación tecnológica es algo bueno, pues evita que los gobiernos hagan lo que de cualquier forma no deberían. 

Los gobiernos nacionales están enfrentados uno contra el otro en guerras de incitaciones para atraer industrias, así como Alabama cuando, ofreciendo contra otros estados, fue autorizada para pagar un subsidio por la ocupación de baldíos para su fábrica de automóviles Mercedes. Pero los gobiernos (estatales o nacionales) que hacen ese tipo de pagos son los tontos económicos del mundo. Los ganadores saben que otras formas de gastar su dinero -educando y entrenando a sus fuerzas laborales- otorgan una salto económico mucho mayor que el de los sobornos. 

Existen anteojeras ideológicas del libre mercado que benefician a los mercados desregulados y privatizados. Cuando Nueva Zelanda -un país con un crecimiento de cero por ciento per cápita en su Producto Interno Bruto durante los pasados siete años- fue catalogado en el tercer lugar de la clasificación del Foro Económico Mundial en cuanto a la competitividad nacional -en gran parte porque se ha dedicado a la desregulación y a la privatización más que ningún otro país- la ideología, evidentemente, dominó a la realidad. Pero existen ires y venires en esas modas, y la sabiduría convencional volverá a un punto de vista más equilibrado.

La incisiva excepción, de cualquier forma, puede otorgarse a la visión explícitamente marxista de One World, Ready or Not: los excedentes de producción, la sobrecapacidad, los precios a la baja, las descendentes tasas de recuperación del capital, y un flamante “ejército de reserva para los desempleados” global, generarán una crisis financiera que hará caer el sistema. Tras un siglo y medio de estar equivocado, no parece que el análisis de Marx acierte súbitamente. 

La visión de Marx de la sobreproducción capitalista no considera el cambio tecnológico y las aisladas oportunidades de inversión que genera. Los teléfonos celulares expandieron el mercado de los teléfonos. La videocasetera se convirtió en una necesidad del hogar pero también expandió el mercado para las películas. El turismo masivo nació con el jet, y junto con él vino la necesidad de hoteles, aeropuertos y taxis en sitios extraños y antes aislados. Los instrumentos de comunicación electrónicos han hecho de la cultura y del entretenimiento una de las industrias más grandes del mundo. Las películas y las series de televisión son de las principales exportaciones estadunidenses. Las inversiones en compañías de Internet hacen rica a la gente de la noche a la mañana. 

Las inversiones privadas en infraestructura proporcionan grandes oportunidades para absorber capital, tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado. Por sí solas, las necesidades en China de transporte y telecomunicaciones pueden absorber mucho de la reserva de capital del mundo. La deteriorada infraestructura de Estados Unidos también requiere de una buena cantidad de capital. En tanto que los gobiernos se apartan de estas inversiones bajo la presión de los déficit presu-puestales, se abren vastas y flamantes oportunidades para los inversionistas. 

Tarde o temprano los bancos centrales de Estados Unidos, Japón y Alemania, obligados a reconocer que los peligros inflacionarios de los noventas no son aquellos de los setentas y ochentas, deberán ceder y permitir tasas de crecimiento reales para acelerar más allá de los menguados niveles actuales. Las democracias no permitirán que los aviesos miedos de banqueros centrales limiten el crecimiento de modo que destruyan tanto al sistema económico como a la democracia misma. Incluso una modesta aceleración en las tasas de crecimiento del mundo absorbería una enorme cantidad de capital: la producción excedente que Greider vislumbra acechando al capitalismo del siglo XXI. 

El capitalismo cuenta con un mecanismo automático de retroalimentación que previene una acumulación excesiva de capacidad. Al ver la caída de las ganancias en nuevas inversiones, los capitalistas prefieren consumir sus ingresos que ahorrarlos e invertirlos. La demanda de los productos de consumo crece; las inversiones en nuevas fábricas de productos de consumo decrece. 

La visión de Greider de la sobrecapacidad y las ganancias decrecientes choca con sus propios argumentos en otra parte del libro, cuando afirma que un “régimen rentista” -con “tasas de interés realmente de largo plazo y que se atascan en las marcas históricas”- ha sido creado por un lento crecimiento y por las políticas represivas de los bancos centrales. El pago de intereses está a la alza desde principios de los setentas. Existe, también, suficiente capacidad para elevar las ganancias del capital promoviendo la caída en las participaciones de la mano de obra; desplazando -o amenazando con desplazar- la producción a zonas de salarios bajos. 

Greider también es inconsistente en su argumento de que los negocios globales actualmente negocian desde una posición de fuerza aplastante vis-à-vis con los gobiernos nacionales y en su opinión de que los gobiernos fuera de Estados Unidos utilizan el modelo japonés de comercio dirigido para minar la fuerza de la economía estadunidense forzando infraestructura para cerrar en Estados Unidos y reabrir en sus propios países. Los gobiernos con gran poder para dirigir el comercio y las corporaciones con gran poder para evitar la administración gubernamental no pueden existir simultáneamente. 

Greider lo señala correctamente: 

Las ideas y programas que formaron el Estado de bienestar moderno se originaron tanto en los valores de la derecha como en los de la izquierda, desde el impulso conservador religioso por defender la potestad de la familia, la comunidad y la iglesia contra los efectos brutales y desintegradores de la economía de mercado, hasta el igualitarismo del socialismo anticapitalista. El Estado de bienestar era, de hecho, un intento para formular un compromiso fundamental entre la sociedad y el capitalismo de libre mercado.

La democracia es escencialmente una creencia en la igualdad radical: una persona, un voto, sin importar que tan inteligente o que tan tonta, que tan trabajadora o perezosa, que tan bien informada o ignorante sea. Una ideología igualitaria así no puede existir fácilmente con incesantes desigualdades en los ingresos. Greider desatiende el papel del Estado como un inversionista en la educación, investigación y desarrollo, la infraestructura necesaria para crecer en las actuales empresas creadas con el potencial intelectual del hombre, y para la invención de las industrias del mañana. Al final, nuestras sociedades triunfarán o fracasarán no por algún boom o una crisis financiera, sino por su disposición -o indisposición- para realizar este tipo de inversiones. Estas son nuestro equivalente a los sistemas de irrigación que determinaron la prosperidad de muchas sociedades antiguas, y si se mantuvieron o no. 

Greider termina su libro con una oscura paradoja ambiental:

El dilema colectivo, compartido por ricos y pobres, fusiona estas dimensiones sociales y económicas: si el crecimiento industrial procede de acuerdo a su patrón de aceptación, todos están amenazados. Incluso si se prohibe que la industrialización continúe, la mayoría de los ciudadanos del mundo está confinada a un estatus permanente de segunda clase, despojados de vestigios industriales que mejoran la calidad de vida, las herramientas que multiplican las aspiraciones humanas.

La proposición subsecuente, de cualquier forma incómoda para los ambientalistas, es, sin duda, verdadera. Por eso es importante decir que el conflicto de Greider entre el ambien-talismo y el crecimiento económico no es tan sencillo como él lo describe. Las economías de mercado se entienden amablemente con las limitaciones de los recursos naturales. En la medida que los recursos escasean e incrementan sus precios, el consumo cae; se encuentran sustitutos, y los depósitos de los recursos que eran demasiado caros para explotarse se vuelven explotables. El incremento en los precios del petróleo propicia automóviles con mejor aprovechamiento de combustible. Los automóviles eléctricos comienzan a considerarse como una opción viable; y las arenas de resina del norte de Alberta se convierten en una buena fuente de petróleo. 

Los problemas ambientales locales (es-mog, ríos contaminados) no se pueden atribuir inmediatamente al mercado, pero el deseo de los consumidores-votantes de vivir en un ambiente limpio y sano conducirá a regulaciones gubernamentales que rápidamente obligarán al mercado a limpiar su comportamiento. La mayoría de las mediciones de contaminación local han mostrado importantes mejoras durante los últimos veinticinco años en Estados Unidos. Mientras los ingresos despuntan en el mundo en desarrollo, los votantes tendrán un interés equivalente en un ambiente vivible. 

Donde fallan tanto el mercado como el proceso político es en solucionar los asuntos ambientales del mundo, como el calentamiento global de la Tierra y el adelgazamiento de la capa de ozono sobre los polos, cuyos efectos ocurren durante largos periodos de tiempo y sus consecuencias son muy inciertas. Las decisiones no son claras; las soluciones pueden pospo-nerse, y los problemas caducan. La baja en la calidad de vida es tan lenta que no nos percatamos de ella y por lo tanto no hacemos nada al respecto.

Si el sistema económico actual termina, no será en un colapso espectacular, sino en una muy lenta decadencia, consumada por la inhabilidad del sistema para invertir en su propio futuro. 

He aquí las soluciones de Greider:

Restablecer los controles nacionales sobre el capital global. Gravar más a la riqueza, menos al trabajo. Estimular el crecimiento global promoviendo la demanda del consumidor desde abajo. Compeler a las naciones comerciantes a que acepten relaciones más balanceadas y absorber más de la producción excedente. Perdonar a los deudores, especialmente los casos desesperados entre las naciones más pobres. Reorganizar la política monetaria para enfrentar las realidades de un suministro global de dinero, tanto para lograr mayor estabilidad como para abrir el camino a un mayor crecimiento. Defender los derechos laborales en todos los mercados, prohibir los antiguos abusos, reeditados en la “oscura caldera del diablo”. Remover el antiguo campo de batalla entre el trabajo y el capital universalizando el acceso a la propiedad del capital. Reformular la idea del crecimiento económico para escapar de la naturaleza del desperdicio del consumo. Y, entretanto, defender el trabajo y las ganancias y la protección social contra los despojos por el lugar en el mercado.

Sería bueno realizar muchas de estas cosas. Uno no tiene que creer que las ganancias estén siempre a la baja para pensar que un sistema obligatorio de ahorro, que expanda la propiedad del capital, sería algo bueno. Uno no tiene que creer que las tasas de crecimiento per cápita ambientalmente correctas son una cosa mala para buscar eliminar algunos de los efectos negativos que existen. Creer en un capitalismo global de libre mercado no requiere que se crea en el trabajo infantil ni en condiciones inseguras de trabajo. 

Pero estas recomendaciones políticas olvidan el problema económico central. El capitalismo es miope y no puede hacer las inversiones sociales a largo plazo en educación, infraestructura, e investigación y desarrollo que requiere para su propia sobrevivencia futura. Necesita ayuda gubernamental para hacer esas inversiones, pero su propia ideología no le permitirá siquiera reconocer la necesidad de esas inversiones o solicitar la ayuda del gobierno. Esa es la paradoja ideológica de nuestro tiempo.

Traducción de Jaime Ramírez Garrido