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Jesús Silva-Herzog Márquez. Politólogo. Maestro del Departamento de Derecho del ITAM.

En el guión de Pulp Fiction hay una escena que no llegó a la versión fílmica, en donde Quentin Tarantino expone su visión sobre los dos arquetipos del ser humano. Al comienzo de la memorable cita de Mia Wallace (Uma Thurman) y Vincent Vega (John Travolta), Tarantino pone su teoría en labios de Mia. En el mundo hay dos clases de personas: el tipo Elvis y el tipo Beatles. A la gente Elvis le pueden gustar los Beatles y los fans de los Beatles pueden apreciar a Elvis Presley. Pero nadie puede quererlos igual. En algún momento todo ser humano tiene que tomar una decisión e inclinarse por alguno. Esa decisión define la personalidad del hombre. Atendiendo esta irrebatible bifurcación de la especie humana, vale la pena preguntar; ¿quién es Bill Clinton? ¿A qué bloque pertenece: Elvis o Beatles?

Difícil, quizá imposible, responder. La vida de Clinton ha sido, precisamente, un columpiarse entre mundos: la cultura de su madre y la de su esposa. Arkansas y Oxford, pragmatismo e intelectualismo, sus shorts y sus corbatas, afanes liberales y tiento conservador, fumar mariguana y no inhalar, emoción y cálculos: Elvis y los Beatles al mismo tiempo. La sobrevivencia de Clinton ha descansado en buena medida en esa capacidad para amarrarse a los dos mundos, en la decisión de atrapar una rama sin soltar la otra. Para Clinton el oportunismo proviene de un impulso vital, del más hondo instinto de supervivencia.

Ahí está, sin duda, la clave de su éxito. Clinton ha tenido la flexibilidad para desbordar su origen sin perderlo. Pero eso mismo ha cultivado muchas de las antipatías que despierta. Hasta los admiradores de Clinton advierten su inconsistencia. Se dice que es un tipo oportunista, que quiere ser todo para todos, que no tiene columna vertebral, que no toma decisiones y que brincotea de posición a posición. Ello es cierto hasta cierto punto. También debe reconocerse que el presidente demócrata ha sabido plantarse con firmeza asumiendo riesgos considerables. Ahí está su actitud frente a un congreso hostil y dispuesto a cerrar las oficinas del gobierno federal, su posición frente al libre comercio con México que lo llevó a enfrentar a las bases sindicales de su propio partido. Ahí está igualmente el riesgoso rescate financiero de nuestro país. Mucho se ha jugado el presidente con todas estas decisiones.

Lo cierto es que, para el presidente Clinton, la política es surf. No requiere la terquedad y la paciencia del alpinista, sino equilibrio y agilidad. Clinton ha sabido jugar con las aguas e, incluso, alimentarse de sus derrotas. Los castigos lo han sumido para catapultarlo. La derrota lo ha puesto en contacto con sus propios límites. Los votantes los echaron de la gubernatura de Arkansas en 1980 para que, unos años después, regresara un Clinton reinventado a la mansión de Little Rock. En 1994 los electores lo repudiaron, depositando su confianza en un Congreso agresivamente conservador. De la afrenta electoral, el presidente Clinton aprendió humildad, moderó sus ambiciones; se dio cuenta de que, dentro de la estructura norteamericana, quien corre se cae. Sólo se sostiene el que camina. Clinton aprendió a caminar y consiguió la reelección.

Aprendió también a sacar jugo del antagonismo. En el primer tramo de su gobierno, Gary Wills, el brillante historiador que ha estudiado la fibra del liderazgo, escribía en el New York Review of Books que Clinton era estupendo para hacer amigos, un auténtico seductor profesional. A todo mundo le caía bien. El político, sin embargo, debía aprender también a hacer buenos enemigos. El enemigo hace al político. Lo que resiste apoya, decía Reyes Heroles. Para un hombre tan hambriento de afecto como Clinton, la enseñanza es notable. Newt Gingrich, profeta de la “revolución conservadora”, se convirtió en el precioso enemigo del presidente Clinton. Fue la confrontación con el líder republicano lo que infló a Clinton para llenar el traje presidencial que en los primeros años le quedaba guango.

La liviandad de las convicciones de Bill Clinton, la ligereza de su equipaje ideológico empata con el temperamento pragmático de la sociedad norteamericana y la desaparición de las obsesiones ideológicas. No deja de ser interesante que la mayoría de los norteamericanos no sientan respeto por el hombre por quien votaron el 5 de noviembre. Las encuestas muestran que el 54% de los votantes consideraban que Clinton no era una persona confiable y el 59% pensaba que no decía la verdad. Con todo, el presidente se reeligió. En estos tiempos, los norteamericanos no quieren un predicador, un hombre fiel a un credo, ni siquiera buscan un hombre fiel a sí mismo. Quieren un político competente.

¿Muestra de cinismo ciudadano? Puede ser. También puede ser un signo de un juicio políticamente refinado. En efecto, los norteamericanos votaron por un presidente, no por un santo. En esto hay un proceso que resulta interesante: los electores trazan una línea entre sus afectos y sus intereses. El pragmatismo norteamericano apunta nuevamente el sentido del futuro. La política que viene será una “política sin amor”, como dice con perspicacia el filósofo Xavier Rubert de Ventós en su ensayo sobre la “política sin atributos”. Los políticos no son ni serán hombres queridos y amados por sus pueblos. Saludable entender que el espacio del amor es privado. No político. ¡Qué bueno que así sea! No hay que olvidar, dice el ensayista catalán, que una de las más importantes conquistas de la democracia es que no debemos “querer” a quien manda. De cualquier manera resulta paradójico que sea Clinton, un hombre apapachón, un político obsesionado con ser querido por todo mundo, quien muestre esta tendencia hacia la expulsión de lo afectivo de la política.

Clinton no es, pues, un hombre admirado por su visión del futuro sino por la comprensión del presente, por su extraordinaria capacidad de aprendizaje y adaptación. Ahí está la pasta del auténtico juicio político como lo expuso Isaiah Berlin hace muy poco: un talento más gimnástico que ingenieril. Ello implica un entrenamiento que sólo se cultiva en la experiencia, en la prueba y el error. Exige, por ello, capacidad para reconocer fallas. “Mucho me equivoqué en mis primeros dos años de gobierno, le dijo Clinton a un columnista hace poco en una rara muestra de sinceridad. Que Clinton ha crecido en su puesto nadie lo cuestiona. En sus primeros meses al frente del gobierno, perdía munición en absurdas batallas. Hoy es un presidente con foco y sentido de prioridad.

La noche del 5 de noviembre, al agradecer el voto que lo reeligió, el presidente Clinton seguía la tradición de la sensiblería norteamericana agradeciendo, como en la noche de los óscares, a su madre, que lo veía en el cielo, a su esposa, su hija y, por supuesto, a Dios por “haber nacido en América”. En el momento en que trató de dirigir la mirada hacia el futuro, Clinton llamó a la superación de: antagonismos partidistas. Existía ahora un espacio para la conciliación: el “centro vital”, lo llamó. Un terreno vivo y saludable que, según el presidente, debía ser el punto de arranque de una nueva política. Clinton, el surfista, ha logrado definir ese centro político no como un duro núcleo doctrinario sino como una zona líquida desde la que se practica una política fluida. Una política eficaz y sin ataduras ideológicas. Entre Elvis y los Beatles.