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Jorge Javier Romero. Politólogo. Investigador de la UAM.

En este país no deja de causar sorpresa que el PRI pierda ciudades o mayorías absolutas en los congresos locales, cuando no alguna gubernatura; hay quienes lo festejan como si sólo hubiera democracia cuando el PRI pierde, o quienes, desde el otro bando, comienzan a pedir que se detengan las reformas porque en ellas ven el final de su partido. Pero resulta que democracia significa precisamente la falta de unanimidad y la inexistencia de mayorías abrumadoras -aunque existan unos partidos más fuertes que otros- y que a veces ganen unos y otras veces otros. De eso se trata el juego, que además tiene rondas infinitas, lo que garantiza que todos los participantes tengan perspectivas de futuro que les permitan imaginar que pueden mejorar su posición en la siguiente vuelta, para lo cual deberán jugar sus mejores cartas en la oposición, de manera que puedan aparecer a los ojos de los electores como una opción viable de relevo.

Los comicios de noviembre en Coahuila, Hidalgo y México se hubieran visto, en un escenario democrático normal, como unas elecciones donde todos ganaron: el PRI, porque mantuvo la mayoría en los tres estados; el PAN, porque avanzó y ganó en las zonas urbanas tanto del Estado de México como de Coahuila; el PRD, porque también creció y ganó uno de los municipios más grandes del país; los partidos pequeños, porque no desaparecieron y lograron algunas posiciones municipales y legislativas. Empero, en este país, donde los políticos son poco adeptos a la pluralidad, todos tienen algo que objetar: el PRI se siente amenazado y comienza a tratar de que las reglas se interpreten ad hoc (por lo menos así lo consignó La Jornada en lo referente a la integración del Congreso del Estado de México); la oposición parece sólo esperar la derrota total de los priístas, sin tomar en cuenta que el priísmo sociológico existe y seguirá existiendo con votaciones altas que en muchos casos le permitirán tener mayorías relativas e incluso absolutas. Un ejemplo preocupante: como en el Estado de México nadie obtuvo la mayoría en el Congreso local, el PRI ha tratado de que la ley se interprete de una manera peculiar, mientras que la oposición ya habla de alianzas de todos contra el PRI. Nada importan las posiciones ideológicas o programáticas, lo que importa es pegarle al viejo PRI. Las alianzas antinaturales y las argucias legales le hacen, sin embargo, flaco favor a una democracia que apenas está asentándose.

Al PRI le aterra ser oposición; no sabe jugar en ese terreno y eso hace que sus militantes vean cada derrota como si se aproximara el juicio final. El único mecanismo de disciplinamiento que conocen es el que les ha impuesto tradicionalmente el ejercicio monopólico del poder y el único liderazgo que aceptan es el presidencial. Sus jerarquías internas son gelatinosas cuando no se asocian con la estructura formal de poder y sus vínculos ideológicos demasiado laxos como para encuadrarlos en una causa común fuera de las nóminas de la administración. Así, cuando pierden una elección se dan hasta con la mano de: molcajete y quedan en malas condiciones para volver a jugar, como se ha visto en el caso del priísmo bajacaliforniano.

Por supuesto que no es menor el dato del avance panista en las zonas urbanas. El PRI debe tomar en cuenta su retroceso en aquellas regiones donde se concentra una población relativamente más informada y con un peso creciente en la vida económica del país. Sin duda eso quiere decir que le cuesta trabajo atraer al electorado con mayo cultura ciudadana y que sigue siendo dependiente de sus redes clientelares y corporativas; pero ése debe ser el tema de sus discusiones internas y del replanteamiento de sus estrategias; debe ser también motivo para que busque nuevos perfiles de liderazgo local, con independencia de las cadenas de jerarquía tradicionales -que siguen siendo el motivo de que los gobernadores coloquen candidatos pensando en el tipo de empleados que prefieren y no en quién puede ejercer un dirección real en una sección partidaria determinada, con capacidad para conducirlos al triunfo en unos comicios. Lo que no puede hacer e PRI es buscar argucias para interpretar la legislación, ni pensar que puede recuperarse en las zonas urbanas sin revisar a fondo sus procedimientos internos y su imagen pública, sin nostalgias de un pasado irrecuperable.

No deja de ser curioso que en su última asamblea los priístas hayan pretendido aferrarse a viejas definiciones doctrinales de contenido dudoso, cuando no opuesto a la política del gobierno de Zedillo, mientras los que les ganan defienden sin tapujos precisamente lo que a ellos les avergüenza. La incapacidad de definirse con claridad frente a la situación nacional los hace vergonzantes sostenedores de un gobierno que -creen- les resta votos. Un elemento más de la falta de liderazgo internos con capacidad para aclararles las cosas a los propios militantes. En lugar de analizar los resultados con serenidad y franqueza, vuelve a usar el eufemismo: gran éxito el haber recuperado Ciudad Acuña.

El PAN va ganando en zonas con un enorme peso político. No puede dejar de lado que la democracia es un fenómeno asociado a extensión de la vida urbana y es precisamente en las ciudades más modernas, que concentran la educación y la actividad económica, donde Acción Nacional conquista más votos. El mundo rural sigue siendo predominantemente priísta y sólo el PRD, con métodos de captación votos bastante similares, logra competir en algunas zonas con la maquinaria de intermediación tradicional. Pero Acción Nacional ha logrado convertirse en el partido más atractivo para los ciudadanos, mientras que las otras fuerzas tienen dificultades para presentarse con opciones de futuro ahí donde éste se construye en la práctica.

Al PRD le ha vuelto a funcionar, como en Guerrero, su nueva línea política, más pragmática. Sin embargo, en el mayor partido de la izquierda no se ha encontrado un tono que le permita diferenciarse claramente del priísmo y del panismo; parece que se ha confundido pragmatismo con indefinición, lo que desdibuja la opción que ofrece y lo deja a merced de las personalidades de sus candidatos. En ocasión parecería que los perredistas quieren competir con los otros partidos usando los métodos del PRI y el lenguaje del PAN. Se echa de menos en el PRD una propuesta progresista y laica adecuada a las difíciles concreciones de la realidad nacional y que se haga cargo de las restricciones del entorno mundial. Con todo, resulta más eficaz, por lo menos en términos de resultados, su abandono del tono de protesta perpetua al que parecían haberse aferrado.

Los resultados de noviembre son los esperables en unas elecciones democráticas donde participan tres partidos fuertes: nadie gana todo y se establecen zonas de influencia de acuerdo con las características socioeconómicas de la población. Ahora cada quien tiene que continuar su trabajo: gobernar bien donde se ha ganado y hacer una buena oposición donde no se ha tenido éxito. Eso implica que se discutan las políticas públicas concretas y que se deje de hablar de las elecciones hasta la próxima convocatoria. Pero nuestros partidos siguen sólo enfrascados en el litigio por las reglas y parecen no tener nada que decir de los temas que afectan realmente a la población. Para acabar de normalizar la política hace falta que finalmente se conviertan en opciones distintas con propuestas atractivas, porque corren el riesgo de acabar hastiándonos.1