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Carlos Castillo Peraza. Periodista.  Es autor del libro Disiento.

“El canciller eterno”

Así tituló el semanario alemán Der Spiegel un número dedicado a Helmut Kohl, primer ministro alemán que el 1 de noviembre rompió la marca de su compañero Konrad Adenauer en el cargo. Y el número es catorce años y un mes. Hay que ir muy atrás para encontrar otro canciller así de políticamente longevo: Otto von Bismarck, quien llegó a los diecinueve en la misma oficina. Pero eran otros tiempos. Muy diferentes. Y el campeonato no sólo es teutónico, porque en toda la Europa hasta hace poco llamada “occidental” ningún jefe de gobierno democráticamente electo ha llegado tan lejos. Mitterrand cumplió catorce años exactos en el Elíseo parisiense.

Kohl ingresó a la Unión Demócrata Cristiana Alemana (CDU) en 1946. Tenía dieciséis años de edad. Catorce después fue electo diputado local en su land natal que es el de Renania-Palatinado. Luego fue primer  ministro allí, a partir de 1969, y conquistó la dirección nacional de su partido en 1973. Pupilo, discípulo de Ade-nauer, Kohl tuvo que enfrentarse a una sólida alianza de gobierno entre socialistas y liberales, y soportar un desplazamiento en la dirección de la alianza cristiana por parte del bávaro Franz-Josef Strauss en 1980, pero el “toro de Baviera” no puede llevar a su grupo a la victoria electoral. Kohl regresa a conducir el tren y accede a la cancillería en 1982, en virtud de la ruptura de los liberales con los socialistas.

Mal recibido

La “intelectualidad” no lo aceptó. Tampoco los economistas. Más bien le expresaron una buena dosis de desprecio. Se les antojaba una especie de gigante torpe y rústico. Pero ya se sabe: los analistas suelen equivocarse y verse obligados a escribir por qué no se cumplen sus profecías y a explicar por qué pierden los candidatos que a su juicio deben ganar los comicios. Mucho más preciso que los profesionales de la opinión fue Mitterrand, quien escribió de su colega germano lo siguiente: “Me impresionó su rudo buen sentido, su conocimiento de las fibras humanas, su facultad de encajar golpes, su forma de inteligencia de la cual demasiados intelectuales menospreciaron la agudeza”.

Y cuando todos lo daban por derrotado en las elecciones siguientes… ¡se cayó el muro de Berlín! Entonces el Kohl acusado de dubitativo y lento mostró su talento de estratega y su visión de estadista: reunificó Alemania, recuperó la capital del país, hizo salir -a punta de marcos- a 380 mil soldados soviéticos de tierras alemanas, se mantuvo amigo de rusos y norteamericanos, “sedujo a Bush, compró a Gorbachov, neutralizó a Margaret Thatcher y amansa a Mitterrand”, aseguran Georges Valance y Gerard Moatti en L’Expansion.

Kohl tomó los marcos inútiles de sus compatriotas orientales al uno por uno y puso en las listas de la seguridad social occidental a dieciséis millones de personas -que no habían cotizado- en un solo día. El costo fue y sigue siendo altísimo, y se predijo otra vez que, en 1994, el canciller sería enviado a casa por los electores. De nueva cuenta se equivocaron los analistas -no sólo en México hay carlosramírez, jorgecastañedas y aguilareszínseres- pues con la sola foto del canciller como programa, la alianza CDU-CSU derrotó a los socialistas. El célebre Danny el Rojo (Cohn-Bendit, el de las barricadas parisienses del 68) reconoce ahora que “Kohl es el pueblo alemán en carne y hueso”. Y Günther Hoffmann, comentarista del semanario izquierdista Die Zeit no duda en afirmar que el canciller es una esponja que se empapa de la opinión pública y la restituye al pueblo perfectamente bien”. Las encuestas rubrican: 68 de cada 100 alemanes consideran que los catorce años de gobierno de Kohl han sido positivos, incluso a pesar de los sacudimientos que hoy agitan a los obreros por las reducciones a sus conquistas sociales.

Para desgracia de sus adversarios, no se ve hasta el momento a un líder opositor capaz de presentar batalla al canciller. Si éste vuelve a ganar las elecciones en 1998, llegará al año 2000 al frente de su país y podría hasta desbancar a Bismarck en los libros de records. Sería el primer canciller alemán del siglo XXI y el último del XX.

¿Llegara a las tres conquistas?

En junio de 1994, el famoso biógrafo de François Mitterrand -Francis-Olivier Giesbert- entrevistó a Kohl para el cotidiano francés Le Figaro. Habituado a las solemnidades galas, el periodista preguntó a su interlocutor en qué sitio de la historia se veía cuando, por las noches, despertaba a medio sueño. La respuesta al inquisidor fue desconcertante: “Soy mucho más normal que usted. Cuando  despierto  a  media  noche  voy  a  saquear  el  refrigerador”.   La  esposa  del     canciller -Hannelore- tiene fama de excelente cocinera y ha publicado, con fines altruistas, un libro de recetas caseras propias… y del agrado de su marido, célebre también por su buen comer y su fidelidad al vino blanco de su región.

Kohl, hijo espiritual de Adenauer, conquistó la jefatura de su partido y más adelante la del gobierno de su país. Ahora dedica su férrea decisión y su innegable talento político a la edificación de esa nueva unidad que se llama Europa. Edouard Balladur, exprimer ministro francés, afirma que el gran Helmut -algunos periódicos lo llaman “King Kohl” y otros schwarzeriese, schwarzehune o schwarzerecke, es decir “gigante negro”, por su tamaño físico y político, y porque a los democristianos se les conoce como “los negros” en el argot partidista alemán- destaca en dos virtudes: realismo sin ilusiones y voluntad sin titubeos, y que los ha puesto al servicio de la tercera conquista: el liderazgo europeo, no entendido como conducción alemana de la Unión, sino como resultado del esfuerzo y la diplomacia germanas.

El divino Marcelo

En el que la prensa italiana ha llamado “más esperado libro-entrevista de la estación”, uno de los más admirados e idolatrados actores decidió confesarse con uno de los más prestigiados periodistas de la patria de Miguel Angel. De tal decisión y de tal conjunción ha nacido La bella vita, con voz de Marcelo Mastroianni y pluma de Enzo Biagi, bajo los auspicios de la editorial Rizzoli.

Cifras, primero: el actor llegó a los 71 años de edad y a las 160 películas. Luego, agradecimientos: a Fellini, que para el biografiado fue el creador de su arte dramático en las inolvidables Otto e mezzo y La dolce vita; a Faye Dunaway, a quien Polanski calificó de “neurótica, irritable, arrogante y megalómana”, con quien el actor italiano filmó Amanti, por haber dicho de él: “es el primer hombre con quien soñé casarme, de quien habría querido tener hijos y con quien me hubiese gustado envejecer”. Pero el amor no pudo ser: Mastroianni declaró un día a Oriana Fallacci, y reconoce en la entrevista-libro, que ese naufragio le dolió mucho entonces -fines de los sesenta-, le duele hasta ahora y le dolerá siempre. Pero para él, “el primer nudo nunca se rompe”. Y ese amarre fue Flora, su primera esposa. Incluso después del tormentoso amor con Catherine Deneuve -del que nació Chiara-, Marcello regresó a casa. Pero la francesa asegura: “Quien bien lo conoció no puede olvidarlo”. Y ella filmó con él Tempo d’amore, en cuya confección hirvieron las aguas. ¿Cómo besar durante largo rato a Sofía Loren, a Ursula Andress, a la Dunaway o a la Deneuve sin que suceda algo? Sobre el tema abunda Marcello en sus conversaciones con Biagi.

Pero no hay unanimidad. Paola Pitagora, también actriz y compañera eventual, echa su carta a la mesa: “Mastroianni es un personaje banal, un hombre avaro de sí mismo, poco dispuesto a la confianza y a la amistad. No da nada a los demás porque no tiene nada. En cuanto a su encanto, me permito dudar. Puede ser hasta bello, pero no dice mucho”.

Tampoco todos los alemanes votan por Kohl…

El ultimo vampiro

¿Cómo fue que Nico, el hijo predilecto de Nicolás, se salvó del paredón cuando los rumanos se liberaron drásticamente de la tiranía de los Ceaucescu? No se sabe. Lo que sí se averiguó es que Nico -Nicu para los de casa- tenía colección de ropa interior de mujeres… y de mujeres jóvenes y mayores, que era un fanático de los juegos de azar y que gozó merecida fama de hombre violento.

Pues bien, Nicu acaba de morir en el cuarto 21-J del Hospital Municipal de Viena con el esófago y el hígado destruidos por el abuso de alcohol. Lo habían sacado de la cárcel rumana y trasladado a Austria por cuenta de los sobrevivientes enriquecidos y exiliados del equipo paterno de gobierno. Descanse en paz quien fuese llamado “el pequeño Stalin de los Cárpatos”.

Pero tampoco aquí hubo rechazo total, ni blancos y negros: Daniela Vladescu, cantante rumana que salió de su país antes de la tragedia y acudió en auxilio de Nicu cuando lo abandonaron todos, aseguró a su muerte que el hombre fue “inteligente, tímido; un hombre que nunca quiso el mal y, si lo hizo, fue empujado por otros. No fue un malvado. Si acaso fue conmigo un poco malo y frío”.

No hay maniqueísmos ni unanimidades en las democracias.