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Roberto Pliego. Escritor. Es editor de nexos.

Un primer atisbo de El arte de la fuga nos ofrece la perspectiva no muy común de un hombre que sólo parece vivir para los libros y gracias a ellos. Lo vemos martirizado por las agujas del insomnio, traduciendo a Gombrowicz, comiendo tardíamente con sus amigos en el Bellinghausen, dando con todos sus huesos en un barrio hippie de Barcelona, soñando algunas de sus novelas y bastante ocupado en satirizar a México y a sus ejemplares más exóticos como para no perderse ni un solo capítulo de su estancia europea. Lo vemos de todas estas maneras, viajando a casi todas partes, siendo seducido lo mismo por el buen soldado Schveik que por las trattorias de Mondino, los cuadros de Beckmann o el azar. Cuando volvemos a mirar, la perspectiva no ha cambiado: ahí tenemos a un hombre para quien leer es una inescrutable perturbación y al que la escritura se le antoja un modo de “embarcarse hacia una meta ignorada”.

Ahora miremos de nuevo. ¿Es que Sergio Pitol no puede estar quieto por un momento? No, es obvio que no. Y es obvio que tampoco El arte de la fuga. Basta una hoja falsa para que pasemos instantáneamente de Venecia a Coyoacán. Y aún más: basta un sólo párrafo para llevarnos de M. Verdoux de Chaplin a Nostromo de Joseph Conrad. Al repasar con calma las nuevas páginas de Pitol, uno se siente obligado a creer en los mundos simultáneos, el don de la ubicuidad y la eficacia cómica de los disfraces. En cuanto medida literaria, la itinerancia es un valor que para Pitol no deja de ser algo de lo poco que vale la pena tomar en seno.

Pero ¿adónde lleva este libro anfibio, en el que la memoria libresca sustituye de pronto a la crónica, y ésta a su vez al ensayo, al diario e incluso al relato? Según avanzamos, según somos transportados de un lado a otro, las zonas de interés se abren con mayor amplitud, hasta el punto de que nos dejan ver la fusión entre todo y nada. Todo: la memoria recorriendo sus paisajes naturales. Nada: la memoria incapaz de reconocer el pasado en los fastos del presente. Y es que Pitol construyó un libro donde un espejo se pasea por los viejos caminos, preguntándose a cada tramo a qué lugar se fue aquel café. a quién se le ocurrió llevarse de ahí esa esquina. Contemplamos esa devastación y sentimos querer aún más a Briones, Dante C. de la Estrella, Billy Upward y a Nikolai Gogol desnarizado.

Una y otra vez, Pitol insiste en que la experiencia que une a los dos momentos errantes de su vida es la literatura. Pocas veces una vocación tan definitiva y tajante se manifiesta con una energía tal que revela a cada paso su condición inacabable y dinámica, pero también la intención de apropiarse de cualquier acicate circunstancial de la aventura. La figura infatigable de Sergio Pitol acumula increíbles tareas: diplomático que todo lo ve, todo lo oye, aunque no todo lo cuenta; viajero que lo mismo se hospeda en un hotel nabokoviano que en un cinco estrellas; amigo tenaz de sus amigos y enemigo de la vulgaridad; jalapeño‑polacohúngaro‑checo‑ruso‑inglés‑italiano. ¿Y qué decir de otros asuntos mayores, como el de su fascinación por lo carnavalesco y al mismo tiempo su admiración por los trabajos y per plejidades que se someten a una forma? En sus percepciones es voraz casi hasta la demencia ocular, tactil, olfativo. Recibe una catarata de impresiones sensoriales y no desdeña ninguna Pero su encanto por el mundo visible es enteramente literario: se acercará a una capilla o una sobremesa con el propósito exclusivo de satisfacer su pluma atenta.

Así que las principales evocaciones vienen de las lecturas y los viajes heterogéneos. A menudo son nostálgicas y ricas en matices: un repaso de Tonio Kröger de Thomas Mann que se confunde con la imagen del escritor procurando el aislamiento; una cena en la embajada portuguesa de Praga que descubre que bajo el arte de oír está la necesidad creadora de eleva los recuerdos sobre un fondo imaginario; un encuentro en un café de Siena con Antoni, Tabucchi; una pesadilla; un perro que ladra. Rara vez nos confían un detalle privado. Gracias a dios, no hay ninguna intención autobiográfica. No hay, quiero decir, canciones infantiles malgastando el tiempo de los lectores, ruido de parrandas adolescentes que a uno le d espanto siquiera sugerir, estruendos amorosos de besos y copas que caen al suelo y confesiones de novato frente a un cantinero. ¿A quién podría importarle esa cháchara con su máscara de lujosa vulgaridad?

En El arte de la fuga hay, desde luego, revelaciones auténticas, verdades que se declaran por gusto, sin la desfachatez de convertir lo dicho en un talk show, moviéndose enteramente a sus anchas, como si fueran objeto de la más pura ficción. Hay pasajes de absoluta armonía como éste: “Un novelista es alguien que oye voces a través de las voces”. Hay un temor que no se anima: “A partir de cierta edad toda modificación que uno descubre en el entorno adquiere un carácter de agravio, de mutilación personal”. Los encontramos y nos alegra volver a pensar en ellos.

Pitol gogoliano: como el creador de La. almas muertas, Pitol no posee vida sin la literatura. Le sale de manera natural: hombre‑libro, un estilo, un ofuscamiento de la escritura Ya lo sabíamos, ahora tenemos la prueba. Per si Pitol dice que todo es literatura, debemos interpretarlo como que todo, siempre y cuando pase por el filtro de la discriminación, puede ser literatura. Es posible que algunos lectores descreídos pasen por El arte de la fuga sin volver los ojos hacia las batallas que debe emprender la forma para someter a sus materiales en estado salvaje. También es posible que un lector utilice los materiales que ahora tiene a la mano como la prueba de que lo vivido nunca será mejor sino hasta que la memoria escriba su propia versión. Así que no hay que buscar confesiones extraordinarias de última hora. Para Pitol la vida tiene la brillantez que le prestan los libros.

¿Cuáles? Los de antaño, según parece. Aunque no únicamente los libros son capaces de imponer su brillo nostálgico: también las cosas que pasaron hace tiempo, cuando Europa no estaba tan lejos, sino ahí mismo, bajando la escalera, del otro lado de la ventana. Es cierto: cuando Pitol quiere dar con el presente, no sale muy bien librado (su ensayo último sobre Chiapas traiciona las trescientas páginas anteriores; sus alusiones a Jalapa tienen el sabor del retiro), pero cuando emprende el viaje de regreso, una vez que pone la reversa, la narración no tiene otro impulso definitivo que el de hacer pasar los hechos vividos por el filtro de la mirada literaria.

Estoy convencido de que El arte de la fuga es una obra de inmersión, un gran momento del vigor imaginativo de Pitol. ¿Por qué? Porque refuerza las claves para ver un mundo en el que lo extraño es justamente no encontrar nada extraño en el mundo. Sondea y subraya. En estos días los libros de Pitol son piezas de un enorme tablero de ajedrez donde el rey anda con calcetines rotos y los peones discurren sobre modas y tomismo. Se trata -como escribió Nabokov en La defensa- de no tanto llegar a un final como de hacer un análisis retrospectivo de las jugadas que llevaron a que tal cosa fuera de esa y no de otra manera. Después de El arte de la fuga, uno entiende por qué Pitol no puede escribir distinto sino sólo aquello que ha escrito y debe seguir escribiendo.

Sergio Pitol es uno de nuestros escritores más carnavalescos, más aficionados a los disfraces. ¿Pero quién es en realidad? “Un hombre-libro, un estilo”.

Sergio Pitol

El arte de la fuga

Era

México, 1996

317 pp.