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por David Mamet

David Mamet. escritor y director de cine. A él le debemos el guión de Los intocables

El niño estaba sentado con la cabeza entre las manos, meciéndose hacia adelante y hacia atrás.

-Y si no lo querías, no debías haberlo pedido -dijo la mujer-, porque no sabes qué significa merecer algo, no sabes qué es trabajar por algo -hizo una pausa-. ¿Verdad?

El niño no levantó la vista. Y al parecer la mujer no se lo exigía. Ella se frotó el ojo un instante y, al hacerlo, su boca se relajó. El niño continuó meciéndose.

-Ahora -dijo ella-, cuando lleguemos a casa, ¿sabes qué voy a hacer? Voy a barrer con tus juguetes y los voy a meter en una caja. Y voy a enviarlos muy lejos. ¿Crees que estoy bromeando?

Los otros dos niños, pues, pensó el hombre, debían ser su hermano y su hermana. Observaban, no desapasionadamente, pero a cierta distancia.

En efecto, pensó el hombre. Si intervinieran, ¿qué dirían?

El niño dejó de mecerse y abandonó el banco y empezó a caminar, las piernas rígidas, la cabeza gacha.

-¿A dónde vas? -dijo la mujer.

El alzó la cabeza, la mirada vacuna, para indicar su destino -el letrero de un baño de hombres al otro lado de la sala de espera.

-¿Y entonces por qué caminas así? -preguntó la mujer-. Te estoy hablando. ¿Por qué caminas así, por amor de Dios?

Por un momento, la boca del niño tembló como la de un pescado.

-Siéntate -dijo ella-, yo te diré cuándo quiero que vayas a alguna parte.

El niño aguardó un instante y luego se hundió en el banco. Tenía la boca abierta, las manos apretadas contra los oídos. Inclinó la cabeza, casi sobre las rodillas, y comenzó a mecerse de nuevo.

La mujer se dirigió a los otros dos. Los acercó a la pila de equipaje y les habló suavemente.

Correcto, pensó el hombre. Sí, correcto.

Ella señaló el equipaje y apuntó a los niños, que asintieron; luego indicó el baño y asintió y, al igual que ellos, miró al otro niño. Se irguió rápidamente y, cobrando fuerzas, se alejó con paso firme.

Los dos niños miraron con aire culpable al tercero y después resolvieron entretenerse con sus libros.

Y bien, ahora es cuando, pensó el hombre, y tenía esta fantasía: caminar hacia el niño y sentarse a su lado.

-¿Sabes quién soy? -le preguntaría. El niño levantaría la vista-. Tu ángel de la guarda. Me han enviado a decirte esto: no eres malo sino bueno. ¿Comprendes? No eres malo sino bueno. Sólo tengo un minuto, pero debes guardar esto -le diría.

Oh, ¿qué le daré?, pensó, registrándose los bolsillos.

-Debes guardar esto -le diría-. Es una moneda mágica. Siempre que la veas, siempre que la toques, recordarás por arte de magia que no eres malo sino bueno. ¿Comprendes?

“Ahora escucha -un día perderás la moneda. Es parte del plan. Cuando eso pase, querrá decir que cada vez que veas cualquier moneda recordarás que eres bueno.

En su fantasía, el hombre colocaba la moneda en la mano del niño y se levantaba apresuradamente y desaparecía en la estación.

Al terminar su ensueño vio a la mujer salir del baño y regresar junto a los dos niños buenos; vio a los tres sonreír e incorporarse y organizarse alrededor de sus maletas y alzarlas y echar a andar. Mientras se iban, la mujer lanzó una mirada furiosa al niño del banco y le dijo.

-¿Entonces?

Y el niño se levantó y fue tras ellos.

Concebido como un cuento de hadas este texto es una muestra del difícil arte de Mamet para contar mucho con pocas palabras.

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras