A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Silvia Tomasa Rivera. Poeta. Entre sus libros, Duelo de espadas.

1

Bocasierra es un mercado negro.

Allí se encuentra todo:

maderas finas, aves exóticas,

compuesto de aguardiente

con mariguana y juncia

y muchachas que bailan 

al calor de una banda de salterios.

Un estruendo de vida

ante los ojos mudos del ejército.

Marchan tan bien las cosas

que pareciera

que esa bandada de serranos

se entiende con la ley.

Y a lo mejor es cierto,

porque se mueven como si vendieran

conejos o criolina.

Como si vendieran puro rastrojo.

Puro ganado herrado que no trilla.

2

Con el rostro inclinado

como si el tiempo

le hiciera mal,

le dañara deveras el cerebro,

precisamente a él, quién fuera

un gavilán de cuentas.

Gavillero de origen.

Donde ponía los ojos,

ponía el dolor más ciego.

Pero ahora ya no quiere

bajo ningún relieve

volver a las andadas.

El amor lo mantiene

en un latido eterno de paloma

ajena prohibida.

Y el corazón vigila

las deudas del oficio,

cuando él, ebrio de emociones

ofrece al enemigo

su última pasión: el desamparo

3

Entre todos los hombres

que trafican con aves

se mueve La Halconera.

Mujer de poca historia:

no se sabe gran cosa de su vida,

pero sí, que un día llegó de Lerdo

enredada con un tahúr de mesa

que había apostado el alma

por sus ojos; además

de un rancho inexistente.

Aquel le duró poco

pues venía perseguido;

y fue ella misma quien le dio

sagrada sepultura

en el áureo panteón de Bocasierra.

Nadie reclamó el cuerpo,

como siempre,

y ella quedó como una triste viuda

por seis meses.

Después fue la estrella que alumbrara

desde las tierras altas

el triunfo de los hombres,

aquellos que más que habitar

anidaban sin riesgo, protegidos

por un cerco de ley

en la espesura brava de la niebla.

Hablar de La Halconera en estos tiempos

es hablar de una casa encantada

allá, en Bocasierra,

donde los tigres se transforman en 

hombres

y las mujeres son como palomas

que en la noche, cuando se abre lo 

oscuro

salen a los jardines, y enlunadas,

se pierden a los ojos del alba.

Así es la casa de ella;

un resguardo de todos:

punto de convergencia donde se tratan

los asuntos más serios.

Ahí, no hay delatores, los que hablan

pareciera que pactan con el viento.

Por eso La Halconera es bienamada.

La buscan las mujeres y los niños

porque tiene el remedio de la risa

en su casa encantada.

Es extraño que una mujer así,

permanezca sin hombre por la sierra.

Ya están acostumbrados.

Su voz, ha llevado la luz a las montañas;

ya consiguió una escuela

y habla con la gente del gobierno

sin comprometer a nadie.

Algunas veces también se pone triste.

Al no escuchar su risa,

las mujeres la buscan y la encuentran

Piensan que recuerda a aquel tahúr

que le enseñó el camino a Bocasierra,

y que aparte del vicio por el juego

tenía otro más, 

la cacería de halcones peregrinos.

Ella no dice nada. Comienza a sonreír.

Ciertamente le apodan La Halconera

pero su nombre

todo el mundo lo sabe:

es Lucila Mendoza.

La obra poética de Silvia Tomasa Rivera es de una sorprendente eficacia lírica. Ahí el paraíso está poseido por imágenes de carnalidad y violencia.