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Presentamos este texto inédito en español, una lectura toda ojos de uno de los aspectos más emblemáticos de la obra de la poeta estadounidense Marianne Moore. El gusto de Calvino por la precisión y la rapidez se manifiesta aquí con sobrada intensidad.

Lamento decir que nunca he visto u oído cantar a un ruiseñor pero siempre me alegra dar con uno en las páginas de narradores y poetas norteamericanos, donde esta ave aparece a menudo como un locuaz y misterioso spiritus loci. Encuentro ruiseñores en dos poemas de Marianne Moore, uno de los cuales es del tipo que más admiro dentro de la obra de esta poeta invariablemente magnífica: a saber, una instantánea de la naturaleza observada de tal modo que cobra un sentido moral implícito, al igual que en un emblema.

Ilustración: Estelí Meza

El poema arranca con tres ruiseñores, aún muy jóvenes para volar, que esperan en una rama a que su madre llegue y los alimente. Con brevedad y rapidez, Marianne Moore nos muestra a estos pichones tan grandes ya como su madre pero casi sin plumas, “débilmente serios”, con sus movimientos torpes y su insaciable glotonería. La precisión descriptiva que la poeta inyecta a sus versos, con su compleja levedad métrica y su elaborada aliteración (por ejemplo, “toward the trim trio in the tree-stem”),1 logra transmitir una gran cantidad de información dispuesta en torno a un tema sumamente conciso —en este caso, el dilema biológico del camuflaje visual (el plumaje, gris oscuro por fuera pero con rayas blancas bajo las alas y la cola) y sobre todo sónico (con las diversas clases de canto que se mezclan con el de otras aves).

Al ser alimentados, los tres pajarillos extienden sus alas y se hacen visibles. Su madre se da cuenta de lo peligroso que es esto, pero aunque su voz se ha tornado áspera como sucede después de empollar, recupera el armonioso gorjeo de una estación pasada. Su voz

vuelve en sí desde
el remoto frágil soleado aire de antes
de que la cría estuviera aquí

como para ignorar la presencia del nido y la tensión nerviosa que ello implica. Si existe un vínculo entre estos hechos, no se manifiesta. Un solo adjetivo —“astuta”, aplicado a la ave madre— nos da una pista. Y, en efecto, un gato los ha visto y trepa por el árbol. Los pichones, que no saben volar, se agitan en la rama; en ese momento, la madre vuela hacia el gato y lo ataca con su pico de bayoneta.

Este final aúna dos temas particularmente caros para Marianne Moore. Uno es el contraste entre el instinto relámpago del pájaro (el poema se llama “Ingenio de ave”) y la forma en que el felino se comporta en base a un plan minucioso, bien pensado: 

el gato intelectual 
cautelosamente se desliza.

El otro tema es el valor y en especial el poco lucrativo autosacrificio de la madre, ya que salvar a la familia significa exponerse a esfuerzos aún mayores (“recompensados por la esperanza”).

Este es uno de sus poemas más cortos y sencillos, lo que quiere decir que entenderlo con todas sus implicaciones podría llevar una tarde entera, incluso con un buen libro de ornitología a la mano (con una traducción en las páginas contrarias que sirva de iniciación a la materia). Pero de las muchas formas de disfrutar la poesía ésta es una de las mejores, aunque no la única.

El otro poema con ruiseñor, “Virginia británica”, es del tipo más depurado y difícil, con mayores ramificaciones, en el que me pierdo un poco. La sustancia temática es extraída no sólo de la reflexión moral y la observación de la naturaleza, sino de una infinidad de libros de diversa índole. En un mosaico de información y citas Marianne Moore nos da una semblanza histórica y biológica de Virginia, presentándonos las más variadas clases de vida vegetal y distintos destinos humanos (el ruiseñor es un símbolo de esta multiplicidad). También prevalece aquí el sentido de la crueldad existencial, biológica y humana: “Como higos sofocantes ahogando / a un baniano, ningún explorador, ningún imperialista, / ninguno de nosotros, al tomar lo que / queremos —al colonizar según reza / el dicho—, ha sido sinónimo de piedad”.

Si éste es el trasfondo, no puede sorprendernos la inclinación de Marianne Moore por el tema de la armadura o el escudo. Entre los animales de su bestiario abundan los equipados con caparazones o corazas de alguna especie, como el pangolín u oso hormiguero escamoso “vuelto grácil por las adversidades, con- / versidades”. (Imagino que “conversidades” es una palabra acuñada para la ocasión. ¿Querrá decir que las adversidades se convierten en modos de superarse a sí mismas?). Pero aunque ella los exalta como modelos de precisión, parece que no intenta erigirlos en paradigma para la humanidad: el hombre es el animal que logra exceder sus límites mediante un proceso creativo inconsciente, sólo porque no tiene defensas naturales. 

Digo “parece” porque con Marianne Moore las cosas nunca son tan sencillas. La exactitud matemática de la naturaleza (por ejemplo, los nidos de las aves construidos “en curvas parabólicas concéntricas”) y el apego evolutivo a la complejidad y las soluciones fastuosas son elogiados por Marianne Moore en comparación con los fallidos cálculos de la codicia humana (“La iconósfera”).

Lo que es cierto (ver “La extenuante humildad de la armadura”) es que si a esta poeta le fascinan siempre los animales acorazados, ya que la imagen corresponde a algún ineludible conflicto existencial propio, la solución que le da al problema es radicalmente opuesta al blindaje, espectacular y bélico, del que la zoología nos regala una amplia variedad de muestras (como las estampas de los Caballeros de la Mesa Redonda, que, apunta Marianne Moore, no tienen que ver con la verdad histórica: ellos deben haberse vestido como soldados romanos).

La auténtica coraza debe ser moral. Esto lo propone un excelente ensayo de Randall Jarrell, quien al analizar “La extenuante humildad de la armadura” hace una observación con la que podríamos coincidir aun si se aplica a la poesía completa de Marianne Moore: “No entiendo todo pero lo que entiendo me gusta, y lo que no entiendo me gusta casi más”.

El poema más significativo sobre este tema (“Su escudo”) arranca con un listado de criaturas espinosas —erizo, puercoespín, erizo de mar, rinoceronte con hocico encornado. Pero en cuanto a defensa la poeta prefiere la piel de la salamandra. Esta fue usada por el mítico Padre John, que dominó una tierra de increíble riqueza aunque “su escudo era la sencillez”, ya que “el poder de renunciar / a lo que uno puede tener; eso es la libertad”.

El último consejo de este poema es, aunque parezca insólito, “sé débil”: la moraleja más deprimente que se haya expresado. Más desalentadora que represiva, pese a que nuestra poeta adolece de cierta dosis de represión. Para ella algo importante es lo que puede “tolerar la tolerancia”. Quizá se identifique con “el apasionado Händel”, de quien “nunca se supo que se hubiera enamorado”. En otro de sus famosos poemas, “El jerbo”, se refiere a la rata del desierto, admirando su capacidad de sobrevivir con lo mínimo y contrastándola con la excesiva opulencia del Imperio Romano.

Marianne Moore nunca habla de sí misma ni de su estado de ánimo, pero la punzante moral que emerge a menudo de sus versos nos da una idea de la historia de esta solterona de Missouri, que vivió gran parte de su vida con su madre (y su hermano, un capellán del ejército) y a la vez se integró a la más sofisticada vanguardia literaria. Lo que quiero subrayar es la lucha interior por urdir una armadura psicológica en torno a su fragilidad, y una radiante paciencia basada en una mirada aguda y alerta. En sus retratos podemos reconocer a una dama vigorosa y mordaz, toda ojos (como sus ruiseñores), ataviada siempre con un sombrero de ala ancha.

Durante algunos años trabajó en la Biblioteca Pública de Nueva York y, al igual que otros escritores-bibliotecarios, fue una lectora omnívora, enciclopédica. Sus versos acogen un sinnúmero de citas bibliográficas que van de la zoología a la heráldica, la historia local o la biografía, suplementos geográficos, memorias de exploradores o tratados económicos sobre el uso del acero.

En “Poesía”, uno de sus manifiestos poéticos, responde a Tolstoi, quien veía la poesía en todo salvo en “documentos comerciales y textos escolares”, que un auténtico interesado en este arte pide por un lado “la materia prima” y por otro “lo genuino”.2

Pocos poetas comparables a Marianne Moore en su forma de combinar al mismo nivel bibliomanía erudita y la observación directa, instantánea, de un fotógrafo de la naturaleza. Los animales son el elemento común a estas dos laderas opuestas de su territorio. La fauna imaginaria de los bestiarios medievales, las peculiaridades de la fauna doméstica o exótica —todo le atrae por igual. En “Unicornios marinos y unicornios terrestres”, en “El búfalo”, la gama va del emblema mítico al documental zoológico. En “El basilisco emplumado” y en “Elefantes” sucede al revés. No conozco Las fábulas de La Fontaine en traducción de Marianne Moore, pero creo que podrían ser reveladoras en cuanto a este asunto. De cualquier manera, lo importante es el tránsito de la vida animal a la vida moral, como en el poema de Montale llamado “La anguila”. (El bestiario de T. S. Eliot es otra cosa. Sus versos deliciosamente rimados están por entero al servicio de la alegoría teológica.)

En “El pelícano de fragata”, “la incrédula ave de navío” ilustra la relación con las fuerzas naturales, mientras que los otros pájaros “vuelan hacia atrás, dejando que el viento invierta su rumbo”; en medio de este deslizarse de alas surge el término Festina lente. Y Marianne Moore remata esta máxima latina, como en un intento de traducción, con una pregunta: “¿Ser festivo / civilmente?”.

El caracol, por otro lado, nos da una inolvidable lección de estilo político: “contractilidad”, modestia sin adornos, fiel al “principio de que está oculta”; aun la ausencia de patas deviene “modo de determinación”. (No puedo evitar recordar los Caracoles de Francis Ponge. Era otro gran zoomoralista, aunque en comparación su obra se antoja menos concreta.)

Los animales ayudan a Marianne Moore a expresar su postura moral antirromántica (el hombre mira a la Luna mientras el ave de fragata se cuida de la serpiente pitón), que es antimoralizante (al hablar de las víboras dice: “la pasión por corregir a la gente es en sí misma una penosa enfermedad / El enfado que no se toma en serio es mejor”). También es antisofisticada (“Gola en su mayor parte, la sofisticación donde siem- / pre ha estado -en las antípodas de las gran- / des verdades básicas”), enrevesada (Randell Jarrell señala que a Marianne Moore sólo la mueven los esfuerzos pueriles y las dificultades enfrentadas por mero apego a la dificultad, como la compleja concha del nautilo) y antiampulosa debido a su feroz renuncia y a su amor fati.

Como
el amor en la sima, luchando por ser
libre e incapaz de serlo,
en su abandono
encuentra su continuidad
así el pájaro cautivo nos dice con su canto que
la satisfacción es cosa
inferior, qué intensa cosa es la alegría.

El ideal de Marianne Moore (como en el poema “Propiedad”, con su percusión monosilábica) es la Precisión y la destreza en las palabras, los ritmos y las imágenes: una nota en Brahms y en la garganta de un ave, el picoteo del pájaro carpintero al “subir en espiral por un árbol- / arriba arriba arriba cual mercurio”.

 

Italo Calvino
Escritor. “No pisar tierra —escribió Michel Tournier—, tal parece ser el primer principio del italocalvinismo”.

Traducción de Mauricio Montiel Figueiras.


1 He optado por mantener el verso en inglés para que se capte la “elaborada aliteración” de Moore. Una traducción aproximada, en la que por supuesto se pierde todo sentido eufónico, sería: “Hacia el pulcro trío en la arboleda”. (N. del T.)

2 Los versos de “Poesía” están tomados de la traducción de José Emilio Pacheco recogida en Dos siglos de poesía norteamericana. Tomo I (Selección y prólogo de Eva Cruz, UNAM, México, 1993, 980 pp. (N. del T.)